
Hay lugares donde uno llega y, sin saber muy bien por qué, queda atrapado por su magia. Sitios donde el saludo no es un mero gesto de cortesía y el “¿cómo estás?” no suena a impostado, sino a preocupación verdadera. Allí, la vida se convierte en una experiencia amable. No porque sobren infraestructuras ni porque exista una promesa inmediata de prosperidad, sino porque hay algo más raro y más decisivo: una comunidad que acoge y abraza, una red humana que te reconoce y te hace sitio.
Frente al despoblamiento rural y el reto demográfico, el factor más determinante —y el mayor atractivo real para atraer personas— es crear comunidad. Y una comunidad no aparece por generación espontánea. Se construye. Nace del liderazgo de una persona capaz de convocar a un grupo para hacer algo juntos. El elemento que aglutina, cohesiona, vertebra y da sentido a la vida en común es el liderazgo. Por eso necesitamos identificar a los líderes y lideresas que ya existen en los territorios, equiparles y, al mismo tiempo, crear una cantera, un semillero de nuevos líderes.
La forma más inteligente de hacerlo no es diseñar teorías desde un despacho o una cátedra, sino localizar los “laboratorios vivos” donde esto ya está ocurriendo, convertirlos en lugares de peregrinación, aprender allí —in situ— y reproducir modelos inspirados en su saber hacer. Un ejemplo vivo es Pescueza. Porque los líderes reproducen seguidores, pero los líderes de primer nivel reproducen líderes. Ese es el secreto que hace verdaderamente atractivo un lugar para vivir.
Lo que nos impulsa a vivir en un lugar es sentirnos parte de una comunidad
Ante el fenómeno global del despoblamiento rural, en la mal llamada España vaciada, que realmente es la España Llena de las cosas importantes para vivir, muchos siguen pensando que el problema se resuelve con infraestructuras y grandes inversiones: alta velocidad, autovías, polígonos industriales, fábricas. Todo eso es importante. Pero con demasiada frecuencia se pasa por alto un aspecto esencial para el ser humano: la necesidad de sentirse parte de una comunidad.
En el mundo hay pueblos con edificios históricos magníficos, paisajes prístinos, eventos memorables y alimentos deliciosos. Son lugares donde nos gusta pasar un rato porque deleitan los sentidos y nos regalan recuerdos. Pero visitar no es lo mismo que pertenecer. Y sin pertenencia no hay arraigo.
Hay rarezas: pueblos que no deslumbran, pero atrapan
También existen lugares que no destacan especialmente por su historia, su singularidad urbana o su entorno. Pueblos normales. Y, sin embargo, cuando uno llega, hay una energía difícil de explicar que lo envuelve. Una fuerza invisible que atrapa. Una de esas rarezas es Pescueza.
Lo extraordinario no es su postal, sino su gente. Y, sobre todo, la forma en que esa gente ha aprendido a organizarse para que la vida no sea una suma de individuos aislados, sino un “nosotros” en movimiento.
Los lugares cuyo mayor atractivo es su comunidad
Uno puede estar en el sitio más bello del mundo y quedar fascinado durante un tiempo. Pero donde uno desea permanecer es donde siente que forma parte de algo. Por eso, aunque las infraestructuras y el empleo sean condiciones relevantes para tomar una decisión vital, no garantizan que alguien quiera quedarse.
Cuando no hay comunidad viva, la autovía se convierte en una vía de escape rápido; el tren, en un billete de salida; la fábrica, en un salario que termina financiando la hipoteca en la ciudad más cercana. Ni siquiera el empleo público garantiza el arraigo si la vida cotidiana es fría, solitaria o carente de vínculos.
Sin comunidad, lo material no ancla. Solo facilita el movimiento de escape. Y en los territorios rurales, la fuerza dominante es centrífuga.
En busca de referentes: de la población a la comunidad
España está llena de miles de pueblos pequeños. Encontrar lugares donde vive gente es sencillo. Encontrar comunidades es mucho más difícil. Se puede vivir en una urbanización sin conocer a los vecinos, en un barrio sin participar nunca en una actividad común, en un pueblo sin vida social o, más aún, en una gran ciudad sin experimentar jamás lo colectivo.
Por eso resulta imprescindible estudiar esos “ecosistemas humanos” capaces de dar un salto cualitativo y convertirse en comunidad. Pescueza lo ha hecho.
Pescueza es una comunidad de poco más de cien habitantes. Un pueblo que, paradójicamente, es más conocido en Inglaterra o Alemania que en su propia región. Uno de esos lugares que desafían la lógica de la despoblación y obligan a hacerse una pregunta incómoda y necesaria: ¿qué hay aquí que no haya en otros sitios?
¿Qué hay en Pescueza?
Hay vida común, cuidado de las personas, sistemas de atención a los mayores, participación vecinal, intergeneracionalidad real, grandes eventos compartidos y órganos de representación y toma de decisiones colectivas, como la Asociación de Amigos de Pescueza.
Cuando uno llega puede ir al bar de Satu y quedar atrapado en la conversación de los vecinos; ir a pescar con Sergio al pantano; participar en la garbanzada del sábado en la plaza; formar parte de la organización del Festivalino. Al pasear por sus calles se percibe algo poco habitual: las personas cuidan a las personas, mientras todas se cuidan.
Los vecinos se detienen a hablar con Tina, que más que alcaldesa actúa como madre civil del pueblo. Se asiste a un concierto improvisado de acordeón en la plaza. Andrés y Venancio siguen ejerciendo de alcaldes eméritos en tareas de protección ciudadana. Pepa y Paola trenzan una comba de “ceborrinchas” como si el tiempo no hubiera roto del todo su hilo conductor.
Por separado, muchas de estas cosas existen en otros lugares. Juntas, constituyen una rareza.
Cuando uno está en Pescueza experimenta lo que es la buena vida. Y entiende que ese nido de confort no lo crean las cosas, sino las personas. La clave para construir espacios habitables a escala humana está en la vida social, no solo en los factores materiales.
El liderazgo como factor determinante
A lo largo de mi vida profesional he participado en el diseño de modelos de liderazgo y vida comunitaria en distintos contextos, como las Factorías del Conocimiento en Centroamérica y América del Sur, trabajando con comunidades y líderes locales para descifrar y reproducir ecosistemas sociales útiles para el diseño de políticas públicas, junto a expertos internacionales de primer nivel. Esa experiencia me ha proporcionado una lección: cuando una comunidad florece, no es casualidad.
Por eso resulta tan valioso identificar modelos replicables. Porque el reto demográfico no es solo español; es global. Y porque la despoblación del medio rural y la concentración en grandes ciudades no se afrontan solo con presupuestos, sino con inteligencia social.
La vida comunitaria no se organiza sola. Hace falta alguien que convoque, aglutine, vertebre y dé sentido a la acción colectiva. Detrás de todo proceso comunitario hay siempre una persona líder o lideresa. Ocurre en contextos culturales muy distintos, desde experiencias de desarrollo comunitario en la India o América Latina hasta Pescueza.
Los verdaderos líderes no apelan a identidades abstractas: convocan a la acción. A hacer cosas juntos. Y cuando ese proceso se realiza de manera consciente, sucede algo aún más valioso: del propio camino surgen nuevos líderes.
Una lección para las políticas públicas
Si queremos que el reto demográfico deje de ser un lamento recurrente y se convierta en una estrategia eficaz, es imprescindible cambiar el enfoque, mirar donde otros no han mirado y ver donde otros no han visto. No basta con invertir más; hay que saber apostar mejor. Eso implica identificar a los líderes y lideresas reales que ya existen en los territorios, personas que desde hace años sostienen y organizan la vida común. Implica dotarles de formación, recursos, apoyo técnico, red, reconocimiento y tiempo, porque el liderazgo sin soporte se quema. E implica apostar por la creación de semilleros de nuevos líderes, apoyándose en la juventud, las asociaciones, la cultura, los cuidados y los proyectos intergeneracionales, para garantizar continuidad y evitar que cada experiencia comunitaria dependa de una sola persona irrepetible.
Pescueza se ha convertido así en un modelo de referencia para el mundo: una universidad práctica donde aprender liderazgo y cómo revertir la decadencia del mundo rural. Todo ello gracias a una decisión individual —la de José Vicente, que regresó a su pueblo— capaz de generar un impacto colectivo duradero.
Quienes trabajan en políticas públicas e innovación social tienen aquí un laboratorio vivo y un libro abierto. Porque donde hay liderazgo, la vida florece y surge la comunidad. Y en el mundo actual, crear comunidad es quizá la mayor competencia para generar riqueza revolucionaria: la única que no se deslocaliza y la que convierte un territorio en hogar.
Adelante!!!
