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Las 6 Preguntas para avanzar hacia un nuevo contrato social.

Cuando creíamos tener todas las respuestas nos cambiaron las preguntas.

Hasta ahora, cuando las personas perdíamos el norte en algún momento de nuestra vida y nos preguntábamos ¿qué debo hacer?, automáticamente teníamos una serie de respuestas válidas y aceptadas desde un consenso general: estudiar, esforzarse, aprender un oficio, ser un trabajador obediente… Si las recetas se aplicaban correctamente,podíamos aspirar a un trabajo seguro y una vida digna, contribuyendo a su vez al desarrollo del conjunto de la sociedad. El problema ha llegado cuando esto ha dejado de funcionar, obligándonos a cambiar las preguntas y buscar nuevas respuestas.

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¿Cómo será el aula del futuro? Tú vas a ser la primera persona en conocerla.

Quienes trabajamos en la educación solemos emplear poco tiempo en pensar y diseñar los nuevos espacios del aprendizaje, pese a ser un aspecto crucial para la calidad educativa y el futuro de la sociedad. A menudo nos preguntamos cómo será el aula del futuro, pero apenas dedicamos esfuerzos para diseñarla y construirla. No obstante, si te embarga la curiosidad, vas a tener la suerte de ser de las primeras personas en poder conocerla ahora.

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El reto de la digitalización ¿Estamos preparados para abordarlo?

La crisis del coronavirus está acelerando la digitalización de la economía, el trabajo y la vida, un viaje sin retorno que no va a ser un camino fácil porque para abordarla necesitamos un cambio de mentalidad y de prácticas, una transformación cultural en toda regla.

La inversión en digitalización va a ser cuantiosa en los próximos años. España, por ejemplo, va a recibir decenas de miles de millones de euros que le pueden servir para transformar su economía, pero para hacerlo debemos entender qué es la digitalización y poner bien sus cimientos. ¿Podremos lograrlo? De momento estamos cometiendo muchos errores de bulto.

De todas las realidades de nuestro mundo físico (trabajo, ocio, productos, servicios, actividades…), vamos a construir réplicas virtuales de ceros y unos. Para hacerlo nos vamos a ayudar de las tecnologías disruptivas que nos trae la Cuarta Revolución Industrial (big data, algoritmos, blockchain, inteligencia artificial, realidad aumentada, robótica, fabricación aditiva…). Pero dar el salto del mundo analógico al digital no solo es cuestión de tecnología, precisa del desarrollo de nuevas habilidades que no son tecnológicas (soft skills) y que tienen que ver con nuestra capacidad para crear posibilidades con otros, innovar, trabajar en equipo, emprender y liderar. La curva de aprendizaje y la implantación de las competencias digitales es rápida, frente a las soft skills, cuyo desarrollo es más complejo y difícil. 

No es posible una transformación digital con individuos y organizaciones de mente analógica.

No puede haber administración digital con funcionarios analógicos, por muchas tecnologías y aparatos que manejen.

No es factible tener empresas digitales con un modelo de gestión tradicional de liderazgo vertical y gerentes-capataces, por muchas tecnologías disruptivas que apliquemos.

No es posible acceder a las formas de producir riqueza revolucionaria con las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial desde un sistema educativo que reproduce mentes analógicas (personas que memorizan y repiten), pues dichas funciones son las primeras en ser digitalizadas.

No puede haber ciudadanía digital si no posee habilidades para crear valor con la tecnología, no basta con ser usuarios, hay que saber crear economía (nuevos productos y servicios) con ella.

Toda revolución tecnológica y productiva se sustenta en un cambio de paradigma que obliga a las personas y organizaciones a acomodarse a sus nuevas reglas, quienes no se adaptan, tarde o temprano terminan desapareciendo o convirtiéndose en irrelevantes o marginales. En plena transformación digital, nuestras mentes siguen siendo analógicas, y esto nos va a traer muchos problemas.

Aprender de los errores del pasado y poner los cimientos para crear riqueza revolucionaria.

Países como España van a disponer de una oportunidad histórica para transformar su economía y modelo productivo en los próximos tres años, una emergencia positiva que trae el coronavirus, la cuestión es si tendremos el diagnóstico correcto y el plan adecuado para hacerlo.

La revolución digital y sus ventajas en cuanto a disminución de costes, aumento de la productividad y creación de riqueza, no se materializa con el simple hecho de inyectar capital y tecnología. Necesitamos un plan para aprender nuevas competencias, y además hacerlo de forma rápida y práctica. No podemos caer en los errores del pasado, como cuando pensamos que la revolución de las Tecnologías de la Información y la Comunicación y la modernización de la educación pasaba por llenar las aulas de ordenadores conectados a Internet, sin darnos cuenta que los profesores eran analógicos; y parece que vamos encaminados a tropezar en la misma piedra.

La clave no es incorporar tecnología para seguir haciendo las mismas cosas y con el mismo propósito, sino tener una visión de futuro y un plan para transformar el mundo con esa tecnología.

Si no somos conscientes que para enfrentar la digitalización e incorporarnos a la Cuarta Revolución Industrial partimos de una Administración del siglo XIX, un sistema educativo que amenaza ruina, un modelo de gerencia empresarial obsoleto… Lo vamos a pasar muy mal, por muchas decenas de millones de euros que se inviertan en big data, blockchain, machine learning, realidad aumentada…

La propia Comisión Europea (que ya conoce nuestros defectos), tiene la duda de si seremos capaces de absorber la financiación y utilizarla eficientemente, pues sabe que nuestras administraciones públicas son un mastodonte analógico, que aunque cuenta con ordenadores y otros medios tecnológicos, es una máquina arcaica e ineficiente.

Para abordar la digitalización, nuestros cuadros directivos, administraciones, empresas, trabajadores, profesores, estudiantes y ciudadanos en general; tienen que aprender a descubrir nuevas posibilidades, a hacer ofertas valiosas para los clientes, a colaborar, a crear equipos, a trabajar juntos… a navegar en la incertidumbre, a ser sensibles al cambio, a ser flexibles, a explorar las tendencias del consumo, los escenarios económicos… En un mundo globalizado donde la competencia es atroz y despiadada.

Si quieres dar el salto a la digitalización sobre cimientos firmes, podemos ayudarte.
Trabajando en el diseño de una estrategia y un plan, desarrollando habilidades directivas y para el emprendimiento con los equipos de dirección y los trabajadores, entrenando en la identificación y creación de posibilidades, inventando nuevas ofertas para los clientes… definiendo las tecnologías necesarias  para la transformación digital y enseñando a los trabajadores a crear valor con ellas.

No hay tiempo que perder.

Adelante!!!

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¿Por qué hay tantas posibilidades y no somos capaces de verlas?

Las personas que nacían en la Edad Media tenían una o dos posibilidades en su vida, ahora tenemos millones delante de nosotros, el problema es que no estamos preparados para verlas y aprovecharlas. La cosa más importante que podemos aprender en estos momentos es a descubrir e inventar posibilidades. ¡Vamos a hacerlo!

Incertidumbre, aceleración, cambio y obsolescencia, son los rasgos que mejor definen nuestro tiempo. Una nueva realidad que rompe en pedazos una y otra vez los planes de futuro que levantamos. El futuro de una persona, empresa u organización depende de su capacidad para observar, descubrir e interpretar posibilidades en lo que acontece en el día a día; una habilidad a la que la mayoría de las personas somos ciegas.

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Los responsables educativos y la orquesta del Titanic.

Cuando miro a las instituciones educativas, su discurso y las cosas que hacen, me recuerda a la orquesta del Titanic cuando optó por seguir  tocando mientras el barco se hundía ante la perplejidad del respetable. Justo como se están comportando los actores de la educación ante el desmoronamiento de un entramado que amenaza con dejar atrapada a toda una generación bajo sus escombros.

Y es que el mundo ha evolucionado mucho en las últimas décadas, mientras que las instituciones educativas y sus actores siguen en sus planteamientos seculares, como el guerrero quemado que cuenta sus batallitas pero en cuyo relato no cabe el futuro. Si resucitásemos a un muerto de algunos siglos atrás y le llevásemos a un hospital o a una fábrica creería estar en otro mundo, pero si le trasladásemos a un centro educativo, rápidamente lo reconocería e identificaría las mismas formas de enseñar y aprender que él conoció.

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