Hay lugares donde uno llega y, sin saber muy bien por qué, queda atrapado por su magia. Sitios donde el saludo no es un mero gesto de cortesía y el “¿cómo estás?” no suena a impostado, sino a preocupación verdadera. Allí, la vida se convierte en una experiencia amable. No porque sobren infraestructuras ni porque exista una promesa inmediata de prosperidad, sino porque hay algo más raro y más decisivo: una comunidad que acoge y abraza, una red humana que te reconoce y te hace sitio.
La metáfora del pozo explica el liderazgo desde lo esencial: convocar a las personas en torno a un propósito práctico.
Vicente Ferrer lo demuestra con hechos. No apeló a identidades ni discursos, sino a la acción compartida. Un pozo bastó para crear comunidad.
De ahí nace la pregunta ¿Cuál es tu pozo?. Todo liderazgo comienza con escucha, comunidad y una propuesta concreta para hacer algo juntos.
Para avanzar hacen falta herramientas. Los picos y las palas para cavar el pozo son las competencias que se aprenden haciendo y solo cobran sentido cuando se aplican a proyectos con valor.
Mientras se avanza, conviene sostener Las tres preguntas que has de formularte mientras cavas el pozo: quién eres, en quién quieres convertirte y qué puedes ofrecer.
El liderazgo pleno llega al Crear una comunidad de personas que sea dueña de su destino, capaz de construir más pozos. Ahí nace el legado.
Todavía no hemos entendido qué es realmente la Inteligencia Artificial ni el lugar que está llamada a ocupar en nuestra historia. La IA no es solo una tecnología, es algo mucho más profundo, más amplio, más retador y más incómodo. No es una herramienta: es un nuevo paradigma y un cambio de época. Aprender a usarla no es suficiente; la IA nos obliga a diseñar una estrategia vital y colectiva para integrarnos en ella. Ignorar esta realidad no la hará desaparecer, solo nos dejará sin capacidad de influir en su forma final. La IA ya genera conocimiento y, en muchos casos, supera al razonamiento humano en velocidad, precisión y alcance. Debates que hoy consideramos centrales pronto serán irrelevantes. Las barreras de lo que creíamos fijo e irrefutable están cayendo una tras otra. Tendremos que redefinir qué significan palabras como inteligencia, creatividad o consciencia. La IA pone en cuestión las funciones que creíamos genuinamente humanas. Nos está desplazando del pedestal del humanismo que ocupábamos. No es un eslabón más de la cadena tecnológica, es una tecnología de otro orden que cierra una era y abre otra. Posiblemente estemos ante la última gran tecnología creada por nuestra especie. La cuestión no es si la IA avanzará, sino hacia dónde y con qué propósito. Alinear su desarrollo con el bienestar humano es el mayor desafío estratégico de nuestro tiempo.
Donald Trump no es un loco: detrás del histrionismo del personaje hay una estrategia basada en el control del lenguaje y de las emociones colectivas. Utiliza la palabra como arma política para abrir escenarios mentales, normalizar lo impensable y condicionar la conducta de gobiernos y ciudadanos. Primero siembra ideas extremas, luego las repite hasta que se vuelven plausibles y, cuando actúa, el terreno psicológico ya está preparado.
Su método se apoya en el miedo: se anuncia el desastre para que el daño real parezca aceptable. Después construye relatos justificativos —seguridad nacional, libertad, protección económica— fabricando enemigos y presentándose como salvador. Aplica la madman theory, heredada de Nixon y usada también por Putin, proyectando imprevisibilidad para intimidar.
Trump ha sustituido el poder blando por el poder duro, cuya violencia empieza en el lenguaje. No está loco: tiene un plan. El reto para el mundo es saber leerlo a tiempo y enfrentarlo con inteligencia y firmeza.
En 2026, la Inteligencia Artificial ha dejado de ser una simple herramienta para convertirse en una infraestructura vital, equiparable a la electricidad o internet. Para el mundo rural, este cambio de paradigma representa una oportunidad histórica de igualarse en oportunidades con las ciudades: una tecnología capaz de cerrar brechas territoriales si los Grupos de Desarrollo Rural (GDR) asumen el liderazgo de su adopción.
Si 2025 consolidó el paso de la respuesta al razonamiento sistémico (modelos o1, o3 y Gemini), este 2026 se define por la multimodalidad y la eficiencia operativa. El arsenal profesional cuenta hoy con aliados estratégicos: ChatGPT (GPT-5) para la planificación de proyectos LEADER; Gemini para el análisis masivo de expedientes en Workspace; NotebookLM como un «exocerebro» especializado en fuentes locales seguras; Copilot para la automatización administrativa y Sora para democratizar la promoción territorial mediante vídeo cinematográfico.
La gran revolución actual es la IA agéntica: sistemas que ya no esperan instrucciones paso a paso, sino que ejecutan objetivos complejos de forma autónoma, como diseñar estrategias integrales contra la despoblación. La tendencia apunta hacia modelos más transparentes, bases documentales «vivas» y modelos pequeños que funcionan sin conexión, garantizando la privacidad y operatividad en cualquier rincón rural.
Adoptar la IA es hoy una necesidad profesional ineludible para convertir el flujo inabarcable de datos en impacto social real. En esta encrucijada, 2026 se erige como el año del «gran salto adelante». El futuro del medio rural no se espera; se construye hoy entrenando nuestra capacidad de colaborar con esta inteligencia.