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Los hombres que prompteaban antes de que llegara la Inteligencia Artificial

Este artículo ha sido elaborado por Juan Carlos Casco, Fernando Barrena y Damián Pérez y forma parte del libro El Manual de trabajo en la era de la Inteligencia Artificial que verá la luz en los próximos meses 

RESUMEN DEL ARTÍCULO

La Inteligencia Artificial ha llegado a nuestras vidas con apariencia de revolución tecnológica, pero en el fondo está poniendo en el centro de la escena a una de las competencias más antiguas y decisivas del ser humano relacionada con la Filosofía del lenguaje: saber pedir. Lo que hoy llamamos prompting no es otra cosa que el viejo acto de formular un pedido, ahora dirigido a una inteligencia no humana capaz de responder, crear, ordenar, analizar y ayudarnos a pensar.

Desde el primer llanto de un recién nacido hasta la dirección de una empresa, toda nuestra vida se organiza en torno a conversaciones que abren posibilidades. Pedimos, prometemos, ofrecemos, escuchamos, interpretamos y evaluamos. Sobre esa red invisible se construyen las familias, las organizaciones, los proyectos y la civilización misma.

La IA no ha inventado el lenguaje ni el pedido. Lo que ha hecho es revelar su importancia estratégica. Quien pide sin contexto obtiene respuestas pobres; quien pide con precisión, intención y criterio convierte a la máquina en una aliada poderosa para crear valor.

Por eso, el futuro del trabajo no pertenecerá solo a quienes sepan manejar herramientas, sino a quienes sepan conversar mejor con humanos y con sistemas inteligentes. El Modelo 6-9 de Emprendedorex anticipó esta revolución al situar los actos del habla en el centro del liderazgo, el emprendimiento y la transformación organizacional.

La nueva era de la IA exige volver a una disciplina central: hablar para actuar y transformar. Y pedir bien es una de las formas más poderosas de hacer que el futuro comience a suceder.

Adelante!!!

ARTÍCULO COMPLETO

La irrupción de la Inteligencia Artificial generativa ha puesto de moda una palabra nueva para nombrar una competencia muy antigua: el prompting. Hoy llamamos así a la habilidad de comunicarnos con sistemas como ChatGPT, Gemini o Claude mediante instrucciones precisas, contextualizadas y orientadas a resultados. Sin embargo, no nos damos cuenta que estos modelos de lenguaje antes que datos, algoritmos y cómputo son lenguaje. Y dentro de esa tecnología, el acto más decisivo de todos ha sido siempre el mismo: aprender a pedir.

La civilización se basa en el acto de promptear (pedir que alguien haga algo para mí)

Los cimientos sobre los que se sustentan las organizaciones, las empresas, las instituciones y las relaciones humanas se levantan sobre un acto aparentemente sencillo: pedir que alguien haga algo por mí.

Pido a otra persona que me ayude, que me entregue un trabajo, que realice una tarea, que repare algo, que me enseñe, que me escuche, que me responda, que se comprometa. Y, a su vez, yo hago cosas que otras personas me piden. Esa red invisible de pedidos, promesas, ofertas, compromisos, entregas y evaluaciones es la que nos permite vivir juntos, trabajar en equipo, coordinar nuestras acciones, crear comunidad y producir valor.

La civilización no se sostiene solo sobre leyes, infraestructuras, tecnologías o mercados. Se sostiene, en su dimensión más profunda, sobre conversaciones que abren posibilidades. Y entre todas esas conversaciones, el pedido ocupa un lugar central. Por eso sostenemos que el lenguaje es generativo, crea realidades nuevas.

Cuando alguien pide algo, no está simplemente emitiendo información. Está intentando producir una acción y generar un impacto en el mundo. Está convocando a otro a hacerse cargo de una necesidad, de un deseo, de una oportunidad o de una posibilidad. Por eso, pedir no es un acto menor. Pedir es una de las formas esenciales con las que los seres humanos transformamos la realidad.

La pregunta que ahora se abre ante nosotros es inmensa: ¿qué ocurre cuando aparece un nuevo interlocutor no humano, una Inteligencia Artificial, con la que también tenemos que aprender a relacionarnos, coordinarnos y producir resultados?

Ocurre que tenemos que aprender de nuevo a pedir y nos damos cuenta de la riqueza que este acto encierra.

Aprender a promptear es una cuestión básica de supervivencia

Lo primero que hacemos al nacer es pedir. Antes de conocer las palabras, antes de dominar la gramática, antes de saber formular una frase, pedimos. Pedimos alimento, calor, protección, consuelo, presencia. Como todavía no tenemos lenguaje verbal, lo hacemos con los recursos disponibles: lloramos cuando tenemos hambre, gritamos cuando algo nos duele, nos agitamos cuando sentimos miedo, sonreímos cuando estamos cómodos.

Nuestra primera relación con el mundo es un pedido.

Después, al crecer, aprendemos las palabras, los gestos, los códigos, los tonos y las formas socialmente aceptadas de pedir. Aprendemos que no basta con desear algo; hay que formularlo. Aprendemos que no basta con necesitar algo; hay que expresarlo. Aprendemos que no basta con esperar que otros nos entiendan; hay que construir el contexto para que puedan hacerlo.

A lo largo de la vida, una parte decisiva de nuestra efectividad depende de la calidad de nuestros pedidos. Quien pide mal, obtiene resultados pobres. Quien pide de forma confusa, genera malentendidos. Quien pide sin contexto, recibe respuestas incompletas. Quien pide sin condiciones claras de satisfacción, queda expuesto a la frustración. Quien pide sin hacerse cargo de la escucha del otro, multiplica los conflictos.

Con la Inteligencia Artificial sucede exactamente lo mismo, pero amplificado. La IA no adivina nuestras intenciones. No comparte plenamente nuestro mundo de obviedades. No sabe, salvo que se lo digamos, qué queremos conseguir, para quién, con qué tono, con qué extensión, con qué criterios, con qué límites y con qué propósito.

Por eso, aprender a promptear es una nueva competencia de supervivencia profesional, organizacional y cultural; además de un ascensor para tener éxito en lo que hacemos.

Detrás del prompting se esconde una sofisticada tecnología

El ser humano ha creado muchas tecnologías para ampliar sus capacidades: el fuego, la rueda, la escritura, la imprenta, la electricidad, internet, los algoritmos. Pero hay una tecnología anterior a todas ellas y más decisiva que cualquiera: el lenguaje.

El lenguaje no es solo un sistema para describir lo que existe. Es una tecnología para crear realidades que antes no existían. Con el lenguaje fundamos empresas, declaramos derechos, hacemos promesas, diseñamos proyectos, construimos instituciones, abrimos conversaciones, cerramos acuerdos, pedimos ayuda, hacemos ofertas, asumimos compromisos y coordinamos acciones.

Los animales también se comunican. Tienen señales, códigos, alertas, sonidos, movimientos. Pero lo que nos distingue como especie no es solo la comunicación, sino la capacidad de hablar para actuar. Cuando los humanos hablamos, no solo intercambiamos información: pedimos, prometemos, ofrecemos, declaramos, afirmamos, juzgamos, escuchamos e interpretamos.

Esa es la gran revolución del lenguaje humano. Y esa es también la clave profunda de la Inteligencia Artificial generativa.

La aparición del prompt no inaugura el acto de pedir; simplemente lo traslada a una nueva frontera. Antes pedíamos a otras personas. Ahora también pedimos a sistemas inteligentes. Antes necesitábamos aprender a coordinar acciones con humanos. Ahora necesitamos aprender a coordinar acciones con inteligencias no humanas.

La tecnología parece nueva. La disciplina de fondo para su manejo es antigua.

Para entender la Inteligencia Artificial necesitamos apropiarnos de los actos del habla

A menudo explicamos el desarrollo de la Inteligencia Artificial desde tres grandes pilares: datos, algoritmos y capacidad de cómputo. Y es cierto que sin ellos no estaríamos donde estamos. Pero esa explicación queda incompleta si olvidamos un cuarto pilar: el lenguaje.

La IA generativa no se relaciona con nosotros mediante botones cerrados, menús rígidos o comandos puramente técnicos. Se relaciona, cada vez más, mediante lenguaje natural. Le hablamos. Nos responde. Le pedimos. Interpreta. Reformulamos. Matizamos. Vuelve a responder. Evaluamos. Corregimos. Reorientamos. Profundizamos.

Lo que se abre ante nosotros no es solo una nueva interfaz tecnológica. Es un espacio conversacional inédito.

Por eso, para comprender de verdad la IA, necesitamos recuperar una tradición filosófica que ya había descubierto que el lenguaje no se limita a representar el mundo, sino que también lo transforma. Desde Nietzsche hasta Austin, Searle, Fernando Flores y Rafael Echeverría, la filosofía del lenguaje y la ontología del lenguaje nos enseñaron que hablar es actuar para transformar el mundo.

Cuando digo “te pido que hagas esto”, no estoy describiendo una realidad: estoy poniendo la semilla para producirla. Cuando prometo, no informo: me comprometo. Cuando declaro, no retrato el mundo: abro uno nuevo. Cuando hago una oferta, propongo una posibilidad de valor para alguien.

La Inteligencia Artificial ha convertido esta visión filosófica en una competencia tecnológica de primer orden. Quien domina el lenguaje, domina la IA. Quien sabe pedir, obtiene mejores respuestas. Quien sabe contextualizar, orientar, acotar, matizar y evaluar, transforma a la IA de simple buscador en asistente experto.

Para trabajar con máquinas inteligentes, primero hay que aprender a pedir a los humanos

La mayoría de las personas no sabe pedir bien a otras personas. Y si no sabemos pedir bien a un ser humano, que comparte con nosotros una historia, una cultura, unos códigos, una intuición social y un mundo de referencias comunes, ¿cómo vamos a pedir bien a una Inteligencia Artificial, cuya lógica interna no vemos y cuya forma de operar no coincide con nuestra experiencia humana?

Todo trabajo se inicia cuando alguien pide algo a alguien. Un cliente hace un pedido a una empresa. Un director pide un informe. Un profesor pide una tarea. Un paciente pide atención. Un equipo pide orientación. Una administración pide un proyecto. Un ciudadano pide una solución.

Todo trabajo comienza con un pedido.

Y para que ese pedido sea efectivo tiene que contener una serie de elementos básicos: quién pide, a quién se pide, qué se pide exactamente, para qué se pide, con qué contexto, en qué plazo, con qué criterios de calidad, bajo qué condiciones de satisfacción y con qué forma de entrega.

La mayoría de los conflictos  no nacen de la mala voluntad. Nacen de pedidos mal hechos, promesas mal escuchadas, condiciones no explicitadas y entregas que no coinciden con las expectativas de quien pide.

En el fondo, muchas organizaciones pierden energía, dinero, tiempo y confianza porque sus conversaciones son defectuosas.

La IA nos está obligando a mirar de frente ese problema. Cada vez que un sistema inteligente nos devuelve una respuesta pobre, genérica o desenfocada, conviene preguntarse antes de culpar a la máquina: ¿qué le he pedido exactamente?, ¿le he dado suficiente contexto?, ¿he definido el resultado esperado?, ¿he marcado el tono, la estructura, el destinatario, el propósito, los límites y las condiciones de satisfacción?

La calidad del resultado depende, en gran medida, de la calidad del pedido.

El prompt es el viejo acto de pedir ante una inteligencia nueva

Un prompt no es una frase mágica. No es un truco. No es una plantilla milagrosa. Es un pedido formulado a una inteligencia no humana.

Y, como todo pedido, puede estar bien o mal hecho.

Un prompt pobre produce respuestas pobres. Un prompt genérico produce respuestas genéricas. Un prompt confuso produce resultados confusos. Un prompt sin contexto obliga a la IA a rellenar los vacíos con aproximaciones. Un prompt sin criterios de evaluación deja la calidad al azar.

Por el contrario, un buen prompt incorpora contexto, propósito, rol, tarea, destinatario, formato, tono, restricciones, ejemplos, criterios de calidad y condiciones de satisfacción. No se limita a decir “hazme un texto” o “dame ideas”. Construye una escena de trabajo. Define un marco. Establece una dirección. Convoca a la IA a colaborar en una tarea concreta.

En realidad, promptear bien es pedir impecablemente.

Y pedir impecablemente es una disciplina que no nació en noviembre de 2022 con la aparición pública de ChatGPT. Lo que ocurrió entonces fue que millones de personas descubrieron, de golpe, que su capacidad para obtener valor de una tecnología dependía de una competencia que nunca habían entrenado de manera consciente: saber pedir.

La Inteligencia Artificial no ha inventado el pedido. Lo ha convertido en ventaja competitiva.

Los hombres que prompteaban antes de que llegara la Inteligencia Artificial

En Emprendedorex llevamos décadas trabajando desde la filosofía del lenguaje aplicada a la acción. Adoptamos esta tecnología conceptual a partir de 1998, de la mano de Fernando Flores, y desde entonces la hemos utilizado para el desarrollo del liderazgo, el emprendimiento, el talento, la consultoría estratégica, la transformación organizacional y, más recientemente, la implantación práctica de la Inteligencia Artificial en empresas, instituciones y territorios.

Para llevar esos fundamentos filosóficos al terreno de la acción desarrollamos nuestro propio modelo metodológico: el Modelo 6-9.

El Modelo 6-9 se estructura en seis dominios lingüísticos: escuchar, declarar, afirmar, enjuiciar, pedir y prometer/ofertar. Y se despliega en nueve niveles de excelencia: dirección, relaciones internas, relaciones externas, trabajo, aprendizaje, renovación, emocionalidad, planificación y evaluación.

En total, constituye una arquitectura de competencias para mejorar la efectividad humana, la coordinación, el liderazgo, la innovación, el emprendimiento y la capacidad de producir valor en organizaciones y comunidades.

Dentro de esa arquitectura, la competencia que activa todas las demás es aprender a pedir.

Pedir bien permite dirigir mejor. Pedir bien permite coordinar mejor. Pedir bien permite delegar mejor. Pedir bien permite aprender mejor. Pedir bien permite innovar mejor. Pedir bien permite evaluar mejor. Pedir bien permite construir confianza. Pedir bien permite convertir una intención difusa en una acción concreta.

Por eso, mucho antes de que se hablase de prompt engineering, antes de que la palabra prompt ocupase titulares, cursos, manuales y conversaciones sobre Inteligencia Artificial, nosotros ya estábamos entrenando a personas y organizaciones en la disciplina profunda que sostiene todo ello: el arte de pedir de manera efectiva.

Podríamos decirlo así: llevamos años enseñando a promptear antes de que llegara la Inteligencia Artificial.

La llegada de la IA convirtió el pedir en una ventaja decisiva

Cuando en noviembre de 2022 la Inteligencia Artificial generativa irrumpió en la vida pública, se produjo un salto histórico. Por primera vez, millones de personas podían conversar con una máquina capaz de redactar, resumir, programar, traducir, analizar, idear, ordenar, comparar, argumentar y ayudar a producir conocimiento aplicado.

Pero pronto se hizo evidente una diferencia abismal: no todos obtenían los mismos resultados.

Ante la misma herramienta, unas personas conseguían respuestas extraordinarias y otras apenas lograban textos planos, obvios o mediocres. La diferencia no estaba solo en la máquina. Estaba en la conversación. Estaba en la calidad del pedido. Estaba en la capacidad de formular instrucciones precisas, de abrir caminos, de corregir, de repreguntar, de interpretar, de refinar y de evaluar.

La IA reveló, de manera brutal, una desigualdad competencial que ya existía: la diferencia entre quienes saben pedir y quienes no.

Hasta ahora, esa diferencia afectaba a la calidad del trabajo humano, al liderazgo, a la gestión de equipos o a la coordinación organizacional. A partir de ahora, afecta también a la capacidad de aprovechar la tecnología más transformadora de nuestro tiempo.

Quien no sabe pedir, no sabe dirigir.
Quien no sabe pedir, no sabe coordinar.
Quien no sabe pedir, no sabe aprovechar plenamente la Inteligencia Artificial.

Mayéutica y hermenéutica: las dos disciplinas profundas del trabajo con IA

Trabajar con Inteligencia Artificial no consiste solo en lanzar instrucciones y recibir respuestas. Consiste en conversar para producir conocimiento y acción.

Por eso, dos disciplinas antiguas vuelven a adquirir una actualidad extraordinaria: la mayéutica y la hermenéutica.

La mayéutica, asociada a Sócrates, es el arte de preguntar para hacer emerger conocimiento. En el trabajo con IA, significa saber conducir una conversación: preguntar, repreguntar, explorar, matizar, abrir alternativas, contrastar enfoques, pedir ejemplos, solicitar objeciones, buscar mejores formulaciones y avanzar paso a paso hacia un resultado más valioso.

La hermenéutica es el arte de interpretar. En el trabajo con IA, significa no aceptar pasivamente lo que la máquina entrega. Significa leer críticamente, contextualizar, verificar, detectar sesgos, identificar errores, distinguir lo útil de lo irrelevante, separar la apariencia de profundidad de la verdadera calidad, y convertir una respuesta en conocimiento aplicable.

La excelencia no está solo en pedir. Está también en escuchar lo que la IA devuelve, interpretar sus respuestas, emitir juicios fundados sobre su calidad, reformular el pedido y construir una conversación iterativa orientada a resultados.

Por eso el prompting no puede reducirse a una colección de trucos o plantillas. Es una práctica conversacional compleja que combina pedir, escuchar, interpretar, juzgar, declarar, prometer y ofrecer.

En la superficie parece tecnología. En el fondo es lenguaje.

Entendernos con la Inteligencia Artificial para crear valor

Entre lo que una persona dice y lo que otra escucha siempre existe una brecha insalvable. Una brecha hecha de supuestos, contextos, emociones, experiencias, expectativas, interpretaciones y mundos de sentido. Esa brecha está presente en toda conversación humana.

Con la Inteligencia Artificial, la brecha no desaparece. Se transforma.

La IA puede procesar una cantidad inmensa de lenguaje, pero no vive en nuestro mundo como nosotros. No comparte nuestra biografía, nuestra experiencia corporal, nuestras emociones, nuestra responsabilidad ni nuestro compromiso con las consecuencias de la acción. Por eso, la relación con ella exige una nueva alfabetización conversacional.

No basta con saber usar herramientas. Hay que saber diseñar conversaciones. No basta con conocer aplicaciones. Hay que saber formular pedidos. No basta con admirar la potencia de la IA. Hay que aprender a dirigirla hacia fines humanos valiosos.

Cuando diseñamos asistentes virtuales, creamos chatbots, automatizamos procesos, orquestamos agentes, generamos contenidos, elaboramos estrategias o escribimos código mediante lenguaje natural, la disciplina central vuelve a ser la misma: pedir con precisión para producir una acción satisfactoria.

El lenguaje se convierte así en la disciplina central de la nueva era tecnológica.

Durante la era industrial, Frederick Taylor intentó escribir un manual para organizar científicamente el trabajo. Hoy necesitamos un nuevo manual para la era de la Inteligencia Artificial. Pero ese manual no puede limitarse a herramientas, plataformas o procedimientos técnicos. Tiene que partir de una comprensión más profunda: el trabajo humano, incluso cuando se apoya en máquinas inteligentes, sigue siendo una red de conversaciones para coordinar acciones y producir valor.

El nuevo manual del trabajo en la era de la Inteligencia Artificial

La Inteligencia Artificial nos obliga a revisar qué significa trabajar, aprender, dirigir, crear, enseñar, emprender y colaborar.

Durante mucho tiempo, pensamos que la productividad dependía sobre todo de hacer más cosas en menos tiempo. Ahora empezamos a comprender que dependerá, cada vez más, de pedir mejor, interpretar mejor, evaluar mejor y coordinar mejor la acción entre humanos y máquinas.

La nueva productividad no será solo velocidad. Será calidad conversacional.

Quien sepa formular buenos pedidos multiplicará su capacidad de acción. Quien sepa conversar con la IA ampliará su inteligencia operativa. Quien sepa combinar mayéutica y hermenéutica convertirá la máquina en una aliada de pensamiento, creación y ejecución. Quien sepa integrar los actos del habla en su trabajo cotidiano estará mejor preparado para liderar en un mundo donde las fronteras entre lo humano y lo artificial se están reconfigurando.

Por eso, el dominio del prompting no es una competencia técnica aislada. Es la expresión contemporánea de una disciplina mucho más profunda: el dominio del lenguaje como herramienta para crear realidad.

Para avanzar tenemos que volver a una de las preguntas más antiguas de la filosofía del lenguaje. ¿Qué hacemos cuando hablamos?

La respuesta es clara: cuando hablamos, actuamos. Y cuando pedimos bien, abrimos la posibilidad de que algo nuevo suceda.

El prompting no nace con la IA: la IA lo vuelve visible

La Inteligencia Artificial intenta simular, ampliar y recombinar algunas capacidades de la inteligencia humana. Pero la base de nuestra inteligencia, de nuestra cooperación y de nuestra civilización sigue siendo el lenguaje.

Por eso, la disciplina central de la era de la IA no será únicamente aprender a manejar herramientas. Será aprender a conversar con precisión, intención y responsabilidad. Será aprender a pedir, escuchar, interpretar, juzgar, declarar, prometer y ofrecer en un entorno nuevo donde ya no solo conversamos con personas, sino también con sistemas inteligentes.

El prompting no nace con la IA. La IA lo vuelve visible, urgente y estratégico.

Los hombres y mujeres que aprendan a promptear no serán simplemente mejores usuarios de una tecnología. Serán mejores coordinadores de acción, mejores líderes, mejores educadores, mejores emprendedores, mejores consultores, mejores profesionales.

Porque, al final, la ventaja no estará en quien tenga acceso a la Inteligencia Artificial. La ventaja estará en quien sepa qué pedirle, cómo pedírselo, para qué pedírselo y cómo convertir sus respuestas en valor.

Ese es el verdadero nuevo manual del trabajo.

Y algunos llevábamos años escribiéndolo antes de que llegara la máquina.

Adelante!!!

Nota final

Este artículo forma parte del libro en elaboración El Manual de trabajo en la era de la Inteligencia Artificial. Para profundizar en estas ideas pueden consultarse los siguientes artículos:

Este artículo plantea que la IA obliga a redefinir el trabajo: ya no basta con hacer tareas, sino que hay que aprender a pedir bien, establecer condiciones claras y evaluar con criterio lo que la máquina entrega.

El texto presenta la mayéutica y la hermenéutica como dos disciplinas esenciales para dominar la IA: saber preguntar bien y saber interpretar críticamente las respuestas obtenidas.

La guía explica que la efectividad en el trabajo depende de coordinar bien los pedidos, promesas, entregas y evaluaciones, evitando malentendidos y pérdidas de confianza.

Este artículo muestra que hacer ofertas valiosas es una competencia clave para emprender, liderar e innovar, porque toda oferta bien formulada conecta una promesa con una necesidad concreta.

https://juancarloscasco.emprendedorex.com/wp-content/uploads/2018/03/el-modelo-6-9-registrado.pdf

El documento presenta el Modelo 6-9 como una metodología para entrenar competencias genéricas, liderazgo y emprendimiento a partir de los actos del habla y los niveles de excelencia humana y organizacional.

Cómo evolucionará la Inteligencia Artificial generativa en los próximos años: Plagiando el lenguaje humano

RESUMEN DEL ARTÍCULO 

La Inteligencia Artificial generativa está en una trayectoria fascinante: plagiará el lenguaje humano para evolucionar. El neurocientífico Manuel Martín-Loeches nos recuerda que la inteligencia humana es una capacidad adaptativa impulsada por las emociones, construyéndose y perfeccionándose en el lenguaje. Esta simbiosis, donde el aprendizaje es un proceso emocional anclado en el lenguaje, es la clave.

Las conversaciones humanas, lejos de ser meros intercambios de información, son complejos actos inteligentes repletos de procesos inconscientes: desde leer intenciones hasta gestionar dominios emocionales. Esta rica coreografía del lenguaje, que incluye un metalenguaje profundo, será el modelo para la IA.

Los modelos de IA generativa no solo responderán preguntas o interpretarán la voz; los próximos sistemas nos verán, interpretarán nuestros gestos, leerán nuestro trasfondo emocional e incluso conocerán nuestras aspiraciones. Su capacidad para proponer y ejecutar planes de acción marcará un salto de la comprensión a la proactividad.

En este viaje, la filosofía del lenguaje emergerá como la disciplina fundamental. Al concebir al ser humano como un compendio de lenguaje y emociones, permitirá a la IA ejecutar actos del habla —declaraciones, pedidos, promesas, ofertas—. Cuando la IA pueda hacer su primera promesa, todo cambiará, marcando el inicio de una IA que no solo imita, sino que participa plenamente en el intrincado tejido de la experiencia humana, quizá incluso alcanzando la conciencia.

Adelante!!!

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Cinco competencias clave para el alto desempeño que no logré enseñar a mis hijas.

Cuando uno mira las competencias en las que se enfoca el sistema educativo (memorizar y repetir información, seguir reglas y patrones, aprender respuestas enlatadas…) y lo contrapone con las habilidades esenciales para desenvolverse de manera plena en la vida, corre el riesgo de entrar en pánico. Lo peor de todo es que estas prácticas inútiles acaban instalándose como hábitos intelectuales difíciles de desmontar, entrando en conflicto con la apropiación de otras competencias clave como darse permiso, pensar en grande, inventar posibilidades, hacer promesas valiosas y pedir de manera efectiva.

Ante esto, alguien podría decirme eso de que en casa del herrero cuchillo de palo, y no le faltaría razón. Pero la inercia de la escuela y el entorno es tan grande, que puede causar estragos y dejar secuelas de por vida en las personas. Pese a ello no podemos renunciar a intentarlo una y otra vez, ya que tarde o temprano descubriremos que lo que está frenando nuestro potencial para el desarrollo de la creatividad, la innovación, el emprendimiento, el liderazgo, el talento o el desempeño profesional son ciertos hábitos automáticos e incompetencias que nos enseñaron en la escuela. 

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