Educar el sentido. Una competencia clave para el siglo XXI.

Desde que era pequeño siempre busqué conferir sentido y criterio a mis acciones, me llevó muchos años definir el rumbo y encontrar un porqué a mi existencia. Miraba la vida de mis padres y las personas de su generación y, aunque humilde y esforzada, no tenía esa presión existencial. Ahora observo la vida de mis hijas y las generaciones más jóvenes y veo que la tarea de significar la vida se ha convertido en uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

¿De dónde vengo? ¿Dónde estoy? ¿Para dónde voy?

En la actualidad vivimos en una profunda crisis del sentido, algo perfectamente entendible por la velocidad de los cambios en la que el presente se evapora y las dianas que considerábamos fijas se convierten en móviles y fungibles, desorientando la brújula interior que nos guía. 

El ser humano atraviesa un momento de zozobra y con ello la pérdida de criterio para dirigirse a sí mismo. Todo lo cual conduce directamente al nihilismo (sensación de que nada tiene sentido), la pérdida del valor de la palabra (cinismo), el relativismo moral, el individualismo y el declinar de los principios y valores que son necesarios para conducirnos.

El resultado es un estado de ánimo colectivo dominado por la sensación de pérdida de control, miedo a perder el trabajo e inseguridad en el futuro. Como consecuencia afloran todo tipo de fobias y patologías que acaban afectando de forma preocupante a la salud mental de las personas, abocándonos a una sociedad polarizada e invertebrada presidida por la desconfianza. Sordera social, falta de empatía, ausencia de compromiso, debilitamiento de los mecanismos de colaboración o pérdida del sentido de comunidad, acaban siendo otras de las consecuencias de esta deriva. Nuestra sociedad está huérfana de referentes, nuestra mente ha perdido el horizonte. Adolecemos de un foco capaz de poner luz en tanta oscuridad.

Necesitamos educar el sentido para resignificar la vida.

Pero cómo se hace esto, qué sensibilidades, conocimientos, habilidades, y actitudes (competencias) hay que cultivar. Esa es la cuestión.

Educar el sentido pasa por entrenar en la práctica las competencias para inventar posibilidades con otras personas, aprender a leer el cambio histórico y las tendencias, analizar las emergencias que surgen en las fronteras del conocimiento, desarrollar la recursividad, crear futuro y hacer historia, descubrir mis incompetencias para complementarme con los demás, escuchar al otro como diferente y legítimo, hacer declaraciones transformadoras, realizar promesas valiosas, armar ofertas seductoras, cultivar las relaciones y crear equipos, producir impecabilidad, desarrollar fortaleza emocional para encajar los reveses de la vida, planificar y planear de manera flexible, evaluar permanentemente los avances, innovar por sistema… Todas estas habilidades, solo son un botón de muestra de las herramientas para cultivar el sentido que están accesibles en nuestro blog en torno al Modelo 6-9, constituyendo la base metodológica que empleamos para el desarrollo de programas de innovación educativa con gobiernos y organizaciones.

Un nuevo contrato social para recuperar el sentido.

Recuperar el significado de la vida es una empresa titánica que apela a un encuentro y abordaje entre civilizaciones y cosmovisiones (oriental, occidental, árabe, judía…), que desde sus diferentes prácticas sociales y enfoques filosóficos nos ayuden a desarrollar perspectiva, orientación y criterio de manera compartida.

Acercarnos a la visión del universo que tiene cada cultura y buscando lo que nos une, sería un buen punto de partida para significar nuestra vida, entendida como el tiempo queestá entre el antes de nuestro nacer y el después de nuestro morir, en un Universo que nos trasciende y del que somos parte eterna y esencial, como una gota de agua que suspendida en el aire adquiere vida propia y alcanza su plenitud cuando retorna al océano infinito al que pertenece como una fracción del mismo.

Solo desde esa emoción e intuición compartida por la mayor parte de la humanidad en las religiones y creencias que profesan, podemos aspirar a sentar las bases para un nuevo sentido universal que nos permita alcanzar la mejor versión de cada uno de nosotros en común unión con los demás para vivir con alegría y pasión nuestro transitar, esquivando con ello el nihilismo y el miedo que nos atenaza desde el compromiso radical con los demás.

Tan compleja es la realidad que nos espera, tan cambiante será el acontecer que no podremos crear espacios fértiles, fluir de manera armoniosa con la vida ni abrir nuevos mundos sin desarrollar nuevas competencias más allá de las enunciadas en las leyes educativas. Junto a ellas tendremos que recuperar viejas prácticas, como la meditación o la acción de gracias que nos ayuden a encontrar la paz interior o practicar la compasión para recuperar el sentido y el criterio desde unos anclajes éticos  en torno a los cuales podremos desplegar el infinito  potencial de creatividad, innovación, emprendimiento, liderazgo y talento que vive en cada uno de nosotros y alcanza su cenit cuando incluimos a los demás en la ecuación de nuestros proyectos de vida.

La belleza y la inspiración solo pueden nacer del sentido. Donde hay sentido, hay visión y donde hay visión la vida florece con toda su paleta de colores. Parafraseando a la Biblia, donde no hay visión, la gente perece (Proverbios 29:18).

Adelante!!!

Artículos relacionados.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.