La cultura iberoamericana. El mayor activo que tenemos para construir nuestro futuro.

La fuerza de nuestro ser cultural como revulsivo para frenar la colonización económica y convertirnos en una oferta significativa para un mundo global.

La economía se concentra en un número reducido de empresas gigantes a escala global que determinan lo que compramos, pensamos, hablamos y hacemos. Ellas modelan nuestros gustos y redefinen nuestras identidades (sentido de quiénes somos y hacia dónde vamos).

La cultura es el recurso principal con el que contamos para crear nuestros mundos y realidades. Y tenemos la suerte de pertenecer a una cultura de una riqueza enorme sobre la que edificar la economía y el desarrollo de nuestro países. Sin embargo, el peso de nuestra riqueza cultural se diluye en el mundo porque las tiendas donde compramos, los productos que consumimos, los medios por los que nos informamos, el ocio que disfrutamos, las películas que vemos, los contenidos que estudiamos o las redes por las que nos relacionamos, forman parte de una colonización cultural que nos roba nuestra esencia poco a poco como una sanguijuela, hasta ir reduciendo nuestro gran activo en el mundo a una versión caricaturesca y folclórica de la que acabamos denigrando.

La gran disputa a escala mundial por derimir la supremacía económica tiene su epicentro en la cultura. Cuando los estándares de una cultura  entran por los ojos y los oídos de una comunidad a través de las grandes compañías y plataformas de comunicación, se instalan nuevos patrones en el imaginario colectivo desde los códigos que operan en el lenguaje. Así se determina lo que es bueno y malo, bello y feo, lícito e ilícito, guay y cutre, moderno y antiguo….

Cuando una cultura “canibaliza” a otra, reduce a la mínima expresión el potencial económico y el desarrollo de los países que la conforman. Los colonizados acaban adoptando los sueños de los colonizadores, comprando en sus tiendas lo que no necesitan, vistiendo su moda, abandonando la producción de sus alimentos y rica gastronomía por la comida basura, cambiando los mundos sutiles de sus creaciones literarias por las series enlatadas de las plataformas de televisión…

Cuando una cultura es absorbida por otra, queda hipotecado el futuro económico y las posibilidades de crear riqueza material e inmaterial. A su vez la cultura es la única fuerza capaz de parar el pensamiento único y revitalizar la vida económica y social. Y para eso se necesita una acción concertada desde la educación que ponga en valor y cultive los valores de la cultura propia.

El rico patrimonio del castellano y el portugués como vínculos que unen al mundo iberoamericano, con todos los acentos de las culturas indígenas, sus símbolos, relatos,  tradiciones y cosmovisiones; nos confiere una identidad capaz de ejercer influencia en un mundo polarizado que se debate en la disputa por la hegemonía entre EEUU y China, la irrelevancia y pérdida de influencia de Europa, la pujanza del mundo árabe, la nostalgia de un gigante que fue y no puede (Rusia), y la incógnita sobre si Iberoamérica podrá superar sus prejuicios para ocupar la influencia que le corresponde en el nuevo orden mundial que se dibuja.

“En los límites de mi lenguaje están los límites de mi mundo” (Wittgenstein). Las fronteras del mundo y la riqueza que podemos crear como individuos y países residen en los límites de nuestras lenguas, que son la expresión de culturas milenarias con su riqueza de conceptos, relatos y entidades casi imposibles de abarcar (castellano, portugués, quechua, guaraní…).  

Las realidades que creamos se construyen en tres momentos: primero en la imaginación, una capacidad que está alimentada por el conjunto de símbolos, relatos e identidades que viven en nuestra cultura materna; después en el lenguaje a través del uso de nuestro idioma en las conversaciones sociales que mantenemos (desde los juicios, afirmaciones, declaraciones, promesas y pedidos que nos hacemos); y finalmente en la acción, cuando actuamos desde los pasos anteriores.

Las cosas cobran carta de naturaleza cuando las fabricamos como relatos y pasan a codificarse en la cultura, instalándose después en el imaginario colectivo. Para que los individuos puedan imaginar y crear sus mundos (realidades, empleos, profesiones, creaciones, empresas, emprendimientos, causas -liderazgos-…) necesitan un anclaje donde esos elementos existan como categorías o conceptos.

En los relatos de Cervantes, García Márquez, Darío, Galeano, Guimaraes, Cabral, Ríos Cruz o Macario Matus están las semillas para construir nuevos mundos y economías desde las que ofrecer productos y servicios genuinos y atractivos en un mercado globalizado.

En un mundo que camina a pasos agigantados desde una colonización mediática hacia una homogeneización sin precedentes, el futuro de la comunidad latina depende de nuestro compromiso con nuestra cultura como base de nuestras producciones y creaciones.

Estamos en el riesgo inminente de cambiar un rico patrimonio por una cultura de consumo en masa que responde a los intereses económicos de unas cuantas multinacionales, un peligro de alienación y de pérdida de nuestros amarres. Nos hallamos ante una encrucijada histórica en donde debemos decidir si queremos ser espectadores y consumidores pasivos o convertirnos en actores de nuestro propio destino. Una decisión que interpela a la educación, pues desde ella se reproduce la cultura.

Estamos a tiempo.

Adelante!!!

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