Hacer las paces con el pasado para mirar juntos al futuro.

La comunidad iberoamericana, de vez en cuando se ve sacudida por ciertos personajes públicos que buscan la notoriedad en sembrar discordia para servir a sus intereses partidarios. Ante la falta de liderazgo capaz de unir a la gente en un propósito, buscan el conflicto para enfrentarnos, un objetivo que no van a conseguir.

La historia de la humanidad y las diferentes civilizaciones ha estado marcada por la imposición, la sumisión, el expolio, la rapiña, la violencia, la guerra, la destrucción y la conquista. Un comportamiento con el que los más fuertes han infligido dolor y sufrimiento a los más débiles. Y todo ello debidamente justificado en nombre de dios, los derechos históricos, la raza o la patria, utilizando todo tipo de argucias y ficciones legales (leyes, doctrinas, catecismos, normas morales). Al final, los vencedores siempre han escrito la historia justificando sus crímenes y exaltando su obra civilizatoria, culpando de todos los males a los perdedores. Así de miserable es la condición humana.

Todos los pueblos sin excepción a lo largo de la historia, en mayor o menor medida, hemos sufrido en carne propia esta afrenta en forma de guerras y conflictos para alimentar los deseos de una élite política, militar o religiosa, bajo argumentos y relatos delirantes, cuyo propósito ha sido ocultar intenciones espurias de poder. Algo que en nuestro pasado reciente hemos podido ver en episodios como la invasión de Irak.

Si el ser humano no fuera resiliente y dispuesto a superar los conflictos, hoy por hoy no podríamos vivir juntos y enfocarnos en la construcción de un futuro común. Los griegos estarían lanzando invectivas a los persas, los chinos clamando venganza contra los japoneses, los italianos ajustando cuentas con los descendientes de Atila, los que se sienten de sangre goda exigiendo a los árabes una compensación por la invasión de la Península Ibérica, o los pueblos precolombinos reclamándose unos a otros recompensas por los daños sufridos en sus guerras intestinas. No haríamos otra cosa en la vida más que litigar unos con otros para reparar unos daños que en un momento dado todas las comunidades hemos sufrido. Además, tendríamos acaloradas discusiones acerca de dónde fijar la fecha límite a las reclamaciones (¿hace 2,3 millones de años con los estragos causados por Homo habilis en su expansión por el mundo? ¿Hace 2500 años? ¿La Edad Media? ¿1492 con la llegada de los españoles a América? ¿Hasta la Segunda Guerra Mundial?…).

Afortunadamente, cuanto más distante es nuestro pasado, menor es el sufrimiento y la afectación emocional por los agravios históricos, más tregua se da al factor tiempo para que cicatrice las heridas y reconcilie a unos pueblos que sufrieron por ambos bandos el enconamiento cainita provocado por unas élites insaciables de poder. 

Cuando el conflicto está tan cerca que todavía hay personas y generaciones vivas afectadas material y emocionalmente por el crimen (represión de una dictadura, víctimas del terrorismo), es cuando hay que poner el máximo empeño en la reparación del sufrimiento. Pero desde la actitud ética de la reconciliación, sin recurrir a la manipulación de sentimientos para otro tipo de intereses.

Cuando del conflicto han pasado muchos siglos y las heridas han cicatrizado, la mejor contribución reparadora es unirnos para mirar juntos al futuro; un ejercicio que no exime de la empatía con los descendientes que sufrieron las consecuencias. Lo malo es cuando se quiere revivir los sentimientos de vencedores o vencidos para agitar el avispero de la discordia y alimentar el fanatismo o el nacionalismo.

No podemos juzgar el pasado con las varas de medir del presente porque la moral, leyes y costumbres de otros tiempos, no se corresponden con los valores y estándares actuales. Igual que los del presente serán diferentes en el futuro. Si nos alzásemos en abogados o fiscales para sancionar el pasado, nuestra existencia sería un calvario y asistiríamos a una oleada gigante de enfrentamientos y guerras.

Velar por los valores de una moral, no deja de ser la reivindicación de un conjunto de costumbres elevadas a normas y leyes, que nos lleva al conflicto, porque cada comunidad  tiene la suya propia. Si como pueblos hermanos queremos avanzar juntos hacia el futuro, tenemos que construir nuevas éticas que definan nuestros comportamientos futuros, inspiradas en la justicia social y en valores supremos como los derechos humanos o los Objetivos de Desarrollo Sostenible, uniendo vigores dispersos y haciendo camino al andar, en la unidad desde la diversidad.

Cuando aflore un sentimiento real de agravio aunque esté lejano en el tiempo, pero que sigue produciendo consecuencias heredadas y situaciones de desigualdad (por ejemplo en las comunidades indígenas), no cabe otra actitud que el encuentro, la empatía y el respeto, para perdonar y perdonarnos, comprometiéndonos sinceramente con los anhelos de progreso y superación de las brechas sociales y quebrantos que provocamos en el pasado.

La conquista de América, como cualquier acontecimiento pretérito hay que mirarlo desde su contexto histórico, en este caso con los ojos del siglo XV, donde Europa vivía atrapada en el fanatismo religioso y guerras de anexión y expolio entre reinos en las que nos asesinábamos unos a otros sin piedad, atizados por la Biblia, el Corán, la Torá y el ansia infinita de poder de papas, emperadores y nobles.

El pasado no lo podemos cambiar, ni revertir los errores y crímenes de nuestros antepasados. Lo digo a colación de algunos acontecimientos recientes de ciertos personajes públicos que buscan el conflicto para alimentar su ego y notoriedad sirviéndose de ello para sus intereses cortoplacistas y partidarios. Frente a esto veo una actitud valiosa en voces como la del papa Francisco que aboga por una actitud de perdón.

Escuchar a quien se pueda sentir afectado se ha de convertir en una actitud ética para superar la división y el resentimiento, un ejercicio que nos lleva a perdonar y perdonarnos para poder mirar juntos al porvenir, que es lo que realmente importa.

Personalmente, conozco, convivo, construyo, trabajo, sufro y me divierto con amigos de muchos países de Iberoamérica (incluidas personas de comunidades indígenas), y nunca, nunca, hemos tenido un conflicto por nuestro pasado, porque nos reconocemos como personas valiosas, auténticas, diferentes, respetables y que trabajan en condiciones de igual a igual. Crear este espíritu y alianzas nos ha llevado mucho tiempo. Por favor, que no vengan los sembradores de cizaña a perturbar el futuro que estamos construyendo juntos, porque no se lo vamos a permitir.

Particularmente soy español y me siento tan indígena como mestizo, criollo, judío, norteafricano, mediterráneo, o centroeuropeo porque soy pura miscelánea; vengo de una mezcla de razas, pueblos y tradiciones milenarias. A los que se declaran puros, dueños y guardianes de las esencias de dios, la patria o la raza, les recomiendo que se instruyan un poco, empezando por hacerse un análisis genético, aún a riesgo de morir de espanto, cuando descubran que son tan “impuros” como yo.

También quiero decir que nadie me pidió parecer para tomar decisiones en el siglo XV en torno a la Conquista, por lo que no me siento vinculado ni concernido por las mismas. Por ese motivo no tengo ningún sentimiento de culpa, al igual que millones de españoles o portugueses no podemos responder por lo que hicieron unas élites políticas, religiosas y militares hace 500 años. 

En el mundo que viene, como comunidad iberoamericana, necesitamos tener una voz propia y unida, trabajando codo con codo y de igual a igual, pues solo así podemos ser una gran potencia en el mundo, con capacidad de influir en las grandes decisiones que se toman en la escena internacional. Y para ello necesitamos menos esfuerzos en revisar el pasado y más en construir el futuro desde una actitud ética basada en la justicia universal.

En la mente de la inmensa mayoría de los ciudadanos iberoamericanos no existe el interés de atizar los conflictos, y sí la voluntad de trabajar y vivir juntos en torno a un proyecto compartido. No podemos dar por bueno nuestro pasado, teniéndolo presente para no volver a cometer los mismos errores, mientras construimos juntos un futuro mejor.

Adelante!!!

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