¿Por qué dedicamos unos días al año a construir deseos y el resto a frustrarlos?

¿Qué ocurriría si todas las personas estuviésemos ocupadas en hacer realidad nuestros deseos? Piensa en 30 segundos en las 3 cosas que más te gustan. Ahora dime cuánto tiempo dedicas al día a esas cosas ¿Qué poco tiempo no? ¿Merece la pena dedicar la mayor parte de la vida a las cosas que no te gustan?… Podrías preguntarte: ¿qué me impide hacer lo que me gusta? ¿Tengo que pedir permiso para hacer lo que me gusta? ¿Qué cosas me faltan para hacer lo que me gusta? ¿Qué necesito aprender para hacer lo que me gusta? Desde aquí te propongo que elabores un plan y aprendas lo necesario para hacerlo realidad.

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¿Tienes un plan para hacer lo que te gusta? Si no es así, es que no te tomas demasiado en serio, y si no lo haces tú ¿cómo demonios te van a tomar en serio los demás?

La función de la educación para descubrir nuestra pasión, trazar un plan para alcanzarla, llevarlo a la práctica y aprender en su ejecución.

La mente es perezosa, cuando la sometes a esos cuestionamientos se va a escabullir siempre con excusas: es que no puedo, ahora no es el momento, no me lo puedo permitir, soy muy viejo, o muy joven, no sé lo suficiente…; en definitiva, te va a conducir de nuevo a la jaula donde se ahoga tu talento.

Si realmente te tomas en serio, has de comenzar a doblegar las argucias que emplea tu mente, a disciplinarla, a construir un plan y obligarte a cumplirlo.

Te voy a contar algo lamentable: buena parte de nosotros nos vamos a morir sin conocer nuestra pasión, nuestro sueño, nuestra vocación verdadera… aquello en lo que podemos hacer una diferencia, una contribución, dejar un legado. Pero, peor que esto es saber lo que nos hace felices y no dedicarle tiempo, eso supone una negación de nosotros mismos y una desconfianza en nuestras posibilidades, dimitir de la principal función que nos otorga la naturaleza humana.

Nuestro sentido último como especie es la felicidad, y no conozco otra forma mejor de edificarla que haciendo lo que nos gusta y creando valor con ello. Por eso considero que la mayor inversión que puede realizar una sociedad es educar y crear las condiciones propicias para que cada individuo se dedique a hacer lo que le gusta (no como actividad secundaria o recreativa, sino a título principal).

El fin de la vieja concepción del trabajo como castigo divino.

Aún recuerdo a mi abuelo maldiciendo a Adán y contándome como la lió parda mordiendo la manzana, condenando a la especie al castigo eterno del trabajo.

La Revolución industrial sometió al trabajador a unas condiciones de explotación, marcando al trabajo con una etiqueta que aún conserva en nuestros días (un mal necesario que hay que aprender a soportar para obtener recursos con los que poder buscar momentos de felicidad fuera del trabajo). Con esa herencia y desde esa inercia, resulta que la mayor parte de nosotros estamos haciendo trabajos insatisfactorios, actividades con las que no nos sentimos realizados, que nos encierran en un círculo vicioso de insatisfacción. Y no hacemos prácticamente nada para salir de esa espiral que empobrece nuestras vidas.

Claro, alguien podría decir, peor que sufrir por el trabajo es hacerlo por no tenerlo. Y yo me pregunto: ¿si desde que somos pequeños nos ayudaran (en la escuela, en casa, en la comunidad) a enfocarnos en lo que nos hace felices? ¿Si nos proporcionasen habilidades y herramientas para hacerlo? ¿Si el objetivo de la educación fuese ayudar a construir el proyecto vital de cada persona desde la formación?… ¿Qué ocurriría? Posiblemente que todos estaríamos ocupados y creando riqueza infinita, seríamos  ricos (espiritual y materialmente). No conozco a nadie que haya peleado con voluntad y tenacidad su sueño, que se sienta disconforme con su vida, todos los que conozco están ocupados y creando valor, no necesitan reloj para levantarse.

Aspiramos a conseguir un empleo y a aferrarnos desesperadamente a él, y cuando lo tenemos, nos damos cuenta que ahí no está nuestra felicidad. Pero cuando queremos reparar ya es tarde, estamos atrapados y autocondenados a vivir una vida que no es la que deseamos. ¿Por qué luchamos tan duro para llegar a un sitio que no nos gusta? Todos reconocemos en las manifestaciones del trabajo y el empleo, en sus diferentes formas a lo largo de la historia (esclavitud, explotación, dominación…); una fuente de insatisfacción humana.

La naturaleza del ser humano es inquieta, tiende irrefrenablemente a la realización personal, desde la inconformidad con las anomalías del mundo, la exploración de lo desconocido o la creación de la belleza en todas sus manifestaciones. En un esfuerzo de protegernos y dominar las fuerzas naturales que nos tiranizan a su antojo.

Con el empleo sufrimos una especie de síndrome de Estocolmo (reconocemos que nos tiraniza y sin embargo nos declaramos dependientes de él). ¡Ojo! Empleo y trabajo no son la misma cosa y sin embargo nuestra mente perezosa y engañina nos los presenta bajo una misma etiqueta.

Siempre soñé con el fin del empleo, me entusiasmó Rifkin y todos los ideólogos de la Era industrial que clamaron por su estatus injusto. Y ahora que tenemos la ocasión de enterrarlo, sus principales sufridores (trabajadores, sindicatos…) lo reivindican. ¡Increíble!

Nos hemos aferrado artificialmente al empleo como un medio para mantener a flote la significación de nuestro ser y alcanzar cierta relevancia en la vida social, intentando no delatar nuestra extrema levedad y condición fungible.

Somos seres de costumbres, tremendamente contradictorios, incapaces de salir de nuestras inercias. Por primera vez en la historia, en muchos lugares del mundo, hemos sido capaces de democratizar los recursos para que las personas puedan inventar su trabajo y vivir haciendo lo que les gusta. Y sin embargo nos aferramos a unos esquemas de pensamiento antiguos (paradigma), una educación que reproduce patrones viejos, unas organizaciones atrapadas en contradicciones… Un lastre para dar el salto histórico para que cada persona esté ocupada en aquello en lo que se siente realizada.

El trabajo sigue siendo la herramienta que permite movilizar el talento, activar la creatividad, materializar la innovación. En la nueva civilización que estamos entrando el trabajo no es un fin, es la actividad con la que hacemos lo que nos gusta para crear valor. El trabajo es acción con un fin in mente que nos conecta con nuestro propósito vital.

En el nuevo tiempo, el empleo cede terreno, reduce posiciones frente a otras formas de trabajo (knowmads, freelancers, emprendedores, creativos…). Una espiral imparable hacia la reinvención y rediseño de la ocupación humana que nos llevará a una nueva regulación del empleo y sus formas.

Pongámonos ya a inventar una nueva forma de canalización del trabajo humano para crear valor económico y social (bienestar), pero hagámoslo de tal manera que el mayor número de personas realicen  actividades satisfactorias, desde un acceso democrático y solidario a las oportunidades.

Tanto tiempo hemos vivido en el ponzoñoso cubil de nuestras formas y relaciones laborales, que hasta nos cuesta salir de él, parece que somos masoquistas. Ya sé que todo nuestro mundo descansa sobre el empleo, y que no podemos hacer un desmontaje desordenado de las estructuras que lo soportan, pero el cambio hay que comenzar a hacerlo desde la conexión de cada persona con aquello que le gusta, en lo que es feliz, poniendo a trabajar en este propósito a todas las esferas de la sociedad (educación, la cultura, la economía…).

1 persona / 1 plan de vida.

Y ahora ¿consideras importante elaborar un plan de vida? Para dedicar todos los días del año a hacer realidad lo que te gusta, a enfocarte y trabajar en ello.

Pues bien, aquí tienes una sencilla herramienta para hacerlo:
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Si quieres ponerte con ello ahora mismo haz clic aquí: http://juancarloscasco.emprendedorex.com/quo-vadis/

Qué cosas nuevas puedes aprender para que tu plan tenga éxito.

Para pasar del plan a la acción y para que ésta sea efectiva, necesitarás poner en marcha nuevos saberes prácticos.

celula

6 Dominios transversales: escuchar, declarar, afirmar, enjuiciar, pedir, prometer. Y los 9 Niveles de excelencia: dirección, relaciones internas, relaciones externas, trabajo, aprendizaje, renovación, emocionalidad, planificación y evaluación.

Pues bien, puedes seguir este camino o continuar el más fácil, ese que te lleva cada fin de año a pensar en tus deseos y confiarlos a la suerte o a la lotería. Seguir estudiando sin hacerlo con el propósito de alcanzar tu sueño, esperando a que el Estado o alguna empresa te provean de un medio para ganarte la vida en forma de un empleo que acabará siendo insatisfactorio para una mayoría.

Para este año que viene no te deseo suerte. Te deseo algo mejor, te deseo que pongas en el centro de tu vida aquello que te hace feliz, te comprometas con ello y lo lleves a cabo, aprendiendo por el camino todo lo necesario para hacerlo realidad.

No hay tiempo que perder. Adelante!!!

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