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El propósito

RESUMEN DEL ARTÍCULO

Hace muchos años, mi padre me enseñó que algunas personas “doblan el gorro” poco después de jubilarse, no por la edad, sino porque no saben cómo llenar su tiempo. Aquellas palabras quedaron grabadas en mí y se convirtieron en un antídoto contra el aburrimiento, la zozobra y el vacío existencial.

Vivimos en una sociedad que avanza a tal velocidad que apenas logramos acomodarnos a una realidad cuando otra viene a descolocarnos. El estrés, la soledad, los problemas de salud mental y el nihilismo comparten una raíz profunda: la pérdida del sentido.

Por eso, construir un propósito lo cambia todo. El propósito no es un objetivo, sino un compromiso existencial con uno mismo, una causa superior y un legado. Es la estrella Polar que orienta nuestras acciones, la luz que nos hace saltar de la cama como un muelle y convierte las prácticas en hábitos, los hábitos en carácter y el carácter en destino.

Quizá haya llegado el momento de emprender la travesía hacia tu Ítaca interior. No desaparecerán las dificultades, pero cada esfuerzo ocupará su lugar dentro de una obra mayor. Cuando tomas el timón de tu ser, la vida florece, el aburrimiento retrocede y el viaje cobra sentido.

Adelante!!!

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La muerte de la promesa

El sábado pasado mantuve una larga conversación con mis hijas (23 y 26 años) sobre los problemas y realidades de su generación. Buscaba aproximarme desde sus perfiles académicos (psicología y sociología – economía) y experiencia vital, a su percepción y diagnóstico sobre su día a día, relaciones, entorno y prácticas sociales.

Coincidimos en que para entender las realidades que definen las diferentes épocas y generaciones, el elemento clave a analizar es el valor que se da a las promesas y los compromisos. Y que ello determina, en gran medida, aspectos como la confianza, la seguridad, las posibilidades económicas y laborales, la calidad de las relaciones personales, el estado emocional o la salud mental.

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La sociedad de la queja permanente y la crítica fácil. Una vacuna para salir indemne.

Cierto día, un padre y su hijo hicieron un viaje en su borrico. Al pasar por un pueblo los vecinos murmuraron: qué vergüenza, el padre montado en el burro y el pobre hijo tan pequeño caminando; escuchando las críticas,  el padre se bajó del burro y le cedió el puesto a su hijo. Llegaron a otro pueblo y la gente murmuró de nuevo: qué injusticia, el joven cómodamente montado sobre el burro y el pobre hombre caminando; por lo que decidieron montarse los dos en el burro. Y así llegaron a otro lugar donde los viandantes comentaban: qué vergüenza, dos hombres que pueden caminar perfectamente maltratando a un pobre animal; por lo que ambos decidieron continuar el camino a pie. Al paso por el siguiente pueblo, los paisanos decían: qué tontos, tienen un burro y no se montan en él. Después de una larga reflexión, el padre dijo: sabes hijo, vamos a hacer lo que consideremos que tenemos que hacer en cada momento, porque si nos guiamos por lo que opinan los demás, siempre recibiremos críticas y nuestra vida será un calvario.

Una sociedad en minoría de edad.

Crítica fácil, queja permanente, reivindicación de derechos, escaqueo de responsabilidades, ley del mínimo esfuerzo, superficialidad, procrastinación, descompromiso… son rasgos que se retroalimentan en la sociedad actual, generando una deriva sin freno hacia el nihilismo.

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El motivo por el que estamos fracasando como sociedad. El origen de nuestra crisis individual y colectiva.

La mayor parte de las personas vivimos con la certeza de que nuestras organizaciones no cumplen los fines fundacionales para las que fueron creadas, los estados no funcionan, los gobiernos no funcionan, las instituciones no funcionan, las administraciones no funcionan, las organizaciones sociales y sindicales no funcionan, las organizaciones económicas y empresariales no funcionan, las organizaciones religiosas no funcionan, la institución familiar no funciona, nuestra vida social y en comunidad no funciona…

Pese a todo, tendemos a pensar que nuestro estilo de vida, trabajos, bienestar social y futuro de nuestras familias está garantizado aunque sea a trompicones. Y nada más lejos de la realidad, nuestro mundo está en crisis y todo lo que creíamos ganado se puede ir por la borda en un momento.

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