
RESUMEN DEL ARTÍCULO
Hace muchos años, mi padre me enseñó que algunas personas “doblan el gorro” poco después de jubilarse, no por la edad, sino porque no saben cómo llenar su tiempo. Aquellas palabras quedaron grabadas en mí y se convirtieron en un antídoto contra el aburrimiento, la zozobra y el vacío existencial.
Vivimos en una sociedad que avanza a tal velocidad que apenas logramos acomodarnos a una realidad cuando otra viene a descolocarnos. El estrés, la soledad, los problemas de salud mental y el nihilismo comparten una raíz profunda: la pérdida del sentido.
Por eso, construir un propósito lo cambia todo. El propósito no es un objetivo, sino un compromiso existencial con uno mismo, una causa superior y un legado. Es la estrella Polar que orienta nuestras acciones, la luz que nos hace saltar de la cama como un muelle y convierte las prácticas en hábitos, los hábitos en carácter y el carácter en destino.
Quizá haya llegado el momento de emprender la travesía hacia tu Ítaca interior. No desaparecerán las dificultades, pero cada esfuerzo ocupará su lugar dentro de una obra mayor. Cuando tomas el timón de tu ser, la vida florece, el aburrimiento retrocede y el viaje cobra sentido.
Adelante!!!
ARTÍCULO COMPLETO
Hace muchos años, cuando era pequeño, mi padre me dijo: «Observa a las personas del pueblo que se van jubilando. Verás cómo muchas de ellas “doblan el gorro” en poco tiempo. Y no es por la edad, es porque no saben cómo llenar su tiempo». Así lo hice. Y, efectivamente, como en tantas otras cosas, mi padre llevaba razón.
Desde que tengo uso de razón, el fantasma al que más he temido ha sido el aburrimiento, por el sentimiento de zozobra y vacío existencial que me provocaba. Por eso, conferir sentido a mi vida y trazar los cursos de acción en consecuencia ha sido una tarea constante y agotadora; más aún cuando uno hace planes y el devenir los va rompiendo al mismo ritmo.
Hay palabras que te cambian la vida
Pese a ello, en muchos momentos de mi vida, cuando he perdido el norte, las palabras de mi padre han actuado como un potente antídoto contra el nihilismo. Me bastaba recordar la larga lista de paisanos que, después de una vida de privaciones, conquistaron la ansiada jubilación, pero no supieron habitarla.
Hay muchas maneras de vivir intensamente. Admiro a quienes consagran su ser a la contemplación y a quienes viven desde la despreocupación. Pero he de reconocer que, después de haberlo intentado y practicado, no he logrado adaptarme.
Reconozco el ser ancestral que hay dentro de mí porque una de las etapas más felices de mi vida fueron mis años de cazador-recolector. Como dijo Rilke, «la verdadera patria es la infancia», ese lugar adonde te llevan recurrentemente los sueños. Buscarse la vida en conexión con el entorno natural está en nuestro recuerdo genético. Levantarse cada día y procurarse el sustento; cazar, pescar, recolectar plantas. Es una emoción difícil de superar, una experiencia única que te marca de por vida. Quien lo ha experimentado lo sabe y no necesita más explicación.
La sociedad sin sentido
La velocidad del cambio histórico nos obliga a salir de nuestro entorno natural y de nuestro nicho ecológico. Esto nos somete a un profundo estrés, provoca una crisis de identidad y hace que perdamos el sentido de lo que importa de verdad. Además, cuando parece que comenzamos a tomar acomodo en la nueva realidad, llega otro cambio brusco y termina por descolocarnos.
Por eso, algunas de las enfermedades y aflicciones más recurrentes de nuestro tiempo —el estrés, los problemas de salud mental, la soledad no deseada, el vacío existencial o el nihilismo— tienen un diagnóstico fácil: hemos perdido el propósito. No hay que quebrarse mucho la cabeza para encontrar su causa
Construir tu propósito
Reconozco que lo que me mantiene vivo y activo es haber desarrollado un potente sentido del propósito. Para mí actúa como la estrella Polar para los antiguos marineros. Es un punto rojo, una luz que tú colocas en el horizonte y que te sirve de guía para conferir sentido a todas tus acciones. Es lo que hace que saltes de la cama como un muelle, sin necesidad de despertador.
El propósito se edifica sobre el automandato y la repetición de prácticas diarias. Las prácticas crean hábitos, los hábitos van definiendo el carácter y el carácter forja tu destino. Y esto no es nuevo, Aristóteles ya lo formuló con claridad: «El pensamiento condiciona la acción, la acción determina el comportamiento, el comportamiento repetido crea hábitos, el hábito estructura el carácter y el carácter marca el destino».
Cuando una persona entra en esta dinámica, desarrolla fortaleza emocional y organiza su vida en torno a un foco que permite que todas las piezas que están a nuestro alrededor encajen y que cada acto tenga un sentido. Ya no necesita preguntarse cada mañana qué tiene que hacer; solo debe activar el piloto automático para conectarse con lo esencial. Entonces la vida fluye por sí sola, genera valor con cada acto y el aburrimiento desaparece.
El propósito no se puede confundir con los objetivos. Es un compromiso existencial con uno mismo y una responsabilidad de entrega a una causa para dejar un legado. Significa sembrar algo que quizá no lleguemos a ver plenamente desarrollado, pero que puede ofrecer sus frutos a los demás. Cuando uno se entrega de verdad a algo superior, el universo comienza a conspirar a su favor. Como dejó escrito Esquilo: «Cuando un hombre está afanoso, Dios se le une».
El propósito lo cambia todo
El propósito requiere una visión y la visualización permanente de la obra terminada. Quien escribió la Biblia, en Proverbios 29:18, ya tenía esa intuición: «Donde no hay visión, la gente perece». Y así es: donde hay visión, la vida florece.
Ahora reflexiona y analiza si tienes un propósito en la vida. Quizá sea el momento de marcarte uno. Antes de dar el paso, piénsalo bien, porque la decisión puede embarcarte en una singladura sin retorno, en una travesía hacia tu Ítaca interior: un viaje sin retorno que te abrirá a una epifanía y a una metanoia capaces de transformar tu ser.
En esta nueva aventura, la sensación de cansancio desaparecerá, tu trabajo se convertirá en diversión, el aburrimiento quedará proscrito y la pereza se irá diluyendo, mientras el sentido y el criterio se abren paso. No porque desaparezcan las dificultades, sino porque cada esfuerzo habrá encontrado su lugar dentro de una obra mayor.
Hay palabras que, cuando son pronunciadas por la persona a la que confieres autoridad, te transforman para siempre. Las sabias palabras de mi padre me impelieron a definir un propósito y a enfocarme en un legado. No sé si lo conseguiré, pero eso no es lo importante. Lo importante es que en el viaje la vida cobra sentido y uno siente que maneja el timón de su ser.
Adelante!!!
*Nota. Para profundizar más en el artículo, accede a los siguientes enlaces:
La crisis de sentido también es un déficit educativo. Educar el propósito significa desarrollar criterio, visión y fortaleza emocional para mantener el rumbo en un mundo cambiante.
El propósito no se encuentra: se construye mediante la acción, el aprendizaje y el compromiso. Conferir sentido a la vida es elegir una causa y actuar para hacerla realidad.
El olivo simboliza el propósito: sembrar para otros y cultivar lo que quizá no lleguemos a cosechar. Una vida cobra sentido cuando construye algo capaz de sobrevivirnos.
El propósito alcanza su plenitud cuando genera valor para los demás. Nuestro verdadero legado no está en lo que acumulamos, sino en los principios y ejemplos que dejamos.
Algunas palabras pronunciadas por quienes tienen autoridad sobre nosotros pueden transformar nuestro destino.
