No tengo miedo al fracaso

Cuando era niño, lo que más temía cuando me caía era sentir la afrenta de ser visto por los demás y quedar sometido a su escrutinio, algo que me producía mucho más dolor que los golpes. Con los años, me di cuenta que este sentimiento aprendido, heredado como un tic de mi mundo cultural, condicionaba mi vida, limitando mi espacio para actuar y atreverme a hacer cosas importantes.

El otro día me preguntaron cuál era la principal enseñanza que podríamos dejar a los jóvenes en estos momentos, la escena de la caída me vino a la cabeza y respondí: “perder el miedo al fracaso es la cosa más valiosa que podemos dejar a nuestros hijos y a las personas que queremos”.

A menudo es más dolorosa la evaluación que recibimos de los demás y el miedo a su reprobación que las consecuencias de una caída, una alerta que nos dice que el control de nuestra vida reside más en los juicios de otros que en nuestra voluntad y automandato.
Hasta que no aceptemos el error como un aliado, incluso los errores gordos (fracasos), como parte en el proceso de aprendizaje y crecimiento personal; nuestra vida corre el riesgo de estancarse y paralizarse.

Cuando hablo de tolerancia al fracaso no estoy haciendo una concesión o invitación a la temeridad, que es otra cosa, sino a sacar partido de los esfuerzos que se han visto malogrados. De los fracasos se aprende mucho, son maestros de vida, de hecho, es más fácil recuperarse y sacar un aprendizaje de un trabajado fracaso que de un éxito efímero y mal gestionado.

El mundo que nos espera es incertidumbre total, una condición que va a poner a prueba nuestra tolerancia a los reveses, la gestión de nuestras emociones y la construcción de una fortaleza emocional desde donde manejar la secuencia de descalabros que son necesarios para alcanzar el éxito entendido como el logro de una vida plena.

En lo sucesivo, si no queremos que el miedo nos gane todas las batallas en el día a día, debemos aprender a fracasar y aceptarlo deportivamente. Caernos, morder el polvo y levantarnos forma parte de una normalidad que nos invita a vivir aventuras permanentemente.

En el navegar por los mares del futuro, muchos enemigos nos acechan, entre ellos nuestra forma de entender el conocimiento. Hemos caído en la trampa (falsa creencia) de blindarnos con todos los conocimientos como condición para llevar a cabo nuestras iniciativas y enfrentar la incertidumbre, una actitud que nos conduce a la parálisis. Un mal que hemos inoculado en nuestra juventud, que termina pensando que sumando títulos a su currículum puede alcanzar la certidumbre de la seguridad ¡craso error! 

Tampoco nos sirve de mucho auxiliarnos de la experiencia porque el futuro que nos espera, en nada se parece al pasado.

Acostumbrarse a fracasar no es ningún guiño a la complacencia y la relajación. Más al contrario, vivir hoy se ha convertido en una dura asignatura que nos exige afinar todos nuestros sentidos para caernos y levantarnos rápido, estar en alerta permanente, desarrollando un espíritu resiliente que nos ayude a sanar rápido las heridas. Y para eso tenemos que cambiar y convertirnos en nuevos seres: seres sensibles al cambio, comprometidos con nuestras comunidades y con los desafíos globales, hábiles exploradores de posibilidades, capaces de escuchar el entorno y los cambios que acontecen, en movimiento permanente, capaces de gestionar el estrés para convertirlo en acción y productividad, impecables en la gestión de compromisos, dispuestos para trabajar en equipo, flexibles y preparados para planificar y reprogramar de manera permanente… Vivir se ha convertido en una azarosa aventura incompatible con la seguridad.

El mayor enemigo que enfrentamos es no intentar nuestro sueño por miedo a fracasar. De hecho, los tanatólogos han constatado que la mayoría de las personas, en los instantes previos a la muerte, de lo que nos arrepentimos, no es de los fracasos que tuvimos, sino de aquellos sueños que no nos atrevimos a conquistar por el miedo al fracaso o al qué dirán. 

Yo te pido que reflexiones. Haz este ejercicio: piensa en 30 segundos la cosa que más te apasiona. Ahora piensa en el tiempo que dedicas a esa pasión. ¡Qué poco! ¿No?… ¿No estará actuando tu miedo al fracaso?

El miedo a fracasar está reduciendo nuestra existencia a la irrelevancia y a la dejación de la más alta función del ser humano: manejar el gobierno de su vida para convertirse en dueño de su destino. Una condición que nos relega a una posición servil y a una versión menor de nosotros mismos.

El miedo al fracaso nos impide por completo que cada uno de nosotros se pueda acercar a la mejor versión de sí mismo, condenándonos a la mediocridad a la que nos somete  esta sociedad desde los mecanismos culturales y paralizantes del miedo y la penalización del error como escarmiento para aquellos que quieran sacar la cabeza por encima del promedio.

Cuando el miedo gobierna la sociedad, es más fácil controlar y dirigir a la gente. Un acto vil que se perpetra a través de la educación y se reproduce en la cultura para crear seres temerosos al fracaso, todo ello desde unos códigos elaborados que se transmiten a través de pedagogías invisibles que nos grabaron a fuego en la escuela, limitando nuestras funciones superiores como seres humanos para pensar y actuar en grande, y convirtiéndonos en personas tristes y doloridas ante la sola contemplación de poder cosechar un revés.

Después de tanto fracasar, he perdido el miedo al fracaso, porque he aprendido a pensar en grande. No hay mayor satisfacción que resignificar la vida como una gran aventura donde uno está deseando volver a continuar el viaje tras levantarse de su último revés, como una estación más que le lleva a su destino.

Ayudar a las personas a que pierdan el miedo al fracaso es una de las mejores contribuciones que podríamos hacer en estos momentos, rompiendo las cadenas que nos impiden alcanzar una vida más plena y feliz.

Adelante!!!

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