
RESUMEN DEL ARTÍCULO
Donald Trump no es un loco: detrás del histrionismo del personaje hay una estrategia basada en el control del lenguaje y de las emociones colectivas. Utiliza la palabra como arma política para abrir escenarios mentales, normalizar lo impensable y condicionar la conducta de gobiernos y ciudadanos. Primero siembra ideas extremas, luego las repite hasta que se vuelven plausibles y, cuando actúa, el terreno psicológico ya está preparado.
Su método se apoya en el miedo: se anuncia el desastre para que el daño real parezca aceptable. Después construye relatos justificativos —seguridad nacional, libertad, protección económica— fabricando enemigos y presentándose como salvador. Aplica la madman theory, heredada de Nixon y usada también por Putin, proyectando imprevisibilidad para intimidar.
Trump ha sustituido el poder blando por el poder duro, cuya violencia empieza en el lenguaje. No está loco: tiene un plan. El reto para el mundo es saber leerlo a tiempo y enfrentarlo con inteligencia y firmeza.
Adelante!!!
ARTÍCULO COMPLETO
Muchos piensan que Donald Trump es un loco y un indecente, y no faltan razones —ni hechos— para sostener esa impresión. Pero quedarse ahí es cometer un error de análisis: detrás del espectáculo hay un diseño, desde la provocación hay un cálculo, en la estridencia hay un propósito. Porque, en el trasfondo del constructo de un personaje histriónico, hay método; y detrás del método, un equipo que conoce dos cosas con precisión quirúrgica: cómo se manipula la mente humana, y cómo el lenguaje no solo describe la realidad, sino que la fabrica.
Los últimos meses han vuelto a mostrar el patrón: anuncios maximalistas, objetivos enunciados como inevitables, y una presión sostenida para que el resto del mundo acepte como “posible” lo que hasta ayer parecía ilegal e impensable. En esa lógica, no importa tanto si hará exactamente lo que dice; importa que, al decirlo, obliga a todos a vivir dentro del marco que él ha creado. Y en política —como en la vida— quien impone el terreno de juego suele ir un paso por delante y condicionar el desenlace de la partida.
Lo que está ocurriendo es diseño puro basado en la Filosofía del Lenguaje. ¡Vamos a verlo!
El ser humano es crédulo y maleable desde la manipulación de su mente a través de la palabra
Si a un niño le dices que vienen los Reyes Magos a dejar los regalos, se lo cree. Si le cuentas que a otros niños los trae al mundo una cigüeña, también se lo cree. Si le repites que es un perezoso y un inútil, termina creyéndolo. Y si, por el contrario, le dices que es trabajador, capaz y brillante, vuelve a creérselo. Nuestra identidad no nace por ciencia infusa: se va construyendo como un eco acumulado de lo que nos dijeron quienes tenían autoridad sobre nosotros. En gran medida, somos la suma de esas palabras que aceptamos como verdades.
Con el paso del tiempo, ese niño o niña crece y va definiendo su carácter, su autoestima y su visión del mundo a partir de los relatos que escuchó y sigue escuchando cada día. Al adulto le dices que estudie, que se esfuerce, que sacrifique años de su vida con la promesa de un buen trabajo futuro, y lo cree. Del mismo modo, si le repites que el cambio climático es un invento, que todo es una exageración, también puede llegar a creerlo. El mecanismo es el mismo: autoridad + repetición = verdad interiorizada.
El fenómeno se vuelve aún más perverso cuando entra en juego el miedo. Si alguien me dice que me va a matar, le creo y siento terror. Pero si después “solo” me corta un brazo, termino viéndolo casi como un benefactor. Ese es el truco psicológico: rebajar el horror inicial para normalizar el daño real. Lo mismo ocurre en política. Si aparece un fanfarrón y anuncia que nos va a arruinar con aranceles, lo creemos. Si dice que va a apropiarse de territorios e invadir Groenlandia, también lo creemos. Y cuando finalmente solo roba la riqueza de los países y los somete económicamente, acabamos considerándolo, paradójicamente, un mal menor, incluso un supuesto altruista merecedor del Nobel de la Paz. Así opera la manipulación: primero se anuncia el apocalipsis para que después la devastación parezca asumible.
El arte de crear el mundo con la palabra
Las cosas se crean dos veces: primero en la mente y luego en la realidad. Ese es el principio operativo que el trumpismo ha elevado a doctrina. Antes de que exista un hecho, se siembra su posibilidad en el imaginario colectivo. Trump anuncia, exagera, amenaza, desliza escenarios extremos y los deja reposar en la conversación pública. No importa que no se materialicen de inmediato: lo relevante es que ya están ahí, instalados como opción plausible. Así funciona su estrategia: inocular la idea, repetirla, normalizarla. Cuando llega el momento de ejecutarla, el terreno psicológico ya está abonado.
Las palabras empiezan a crear realidad en el instante en que se pronuncian. Cuando Trump dice “aranceles”, “muro”, “ocupación”, “fraude” o “inmigración y delincuencia”, no está describiendo nada: está abriendo futuros posibles. Cada término actúa como una puerta mental que antes estaba cerrada. Por eso sus adversarios caen una y otra vez en la trampa de repetir su vocabulario para negarlo: al hacerlo, refuerzan el marco que él ha creado. En política, nombrar algo es darle existencia simbólica, incluso cuando se pretende combatirlo.
El poder de la declaración en boca de un presidente es devastador. Cuando Trump anuncia un nuevo escenario —retirarse de alianzas, castigar países, romper tratados, “recuperar” territorios— ese futuro empieza a circular como real. Los mercados reaccionan, los gobiernos se posicionan, los ciudadanos se inquietan. Da igual que luego rectifique o matice: la declaración ya hizo su trabajo. No hay marcha atrás. Ha precipitado el tablero hacia un nuevo equilibrio lleno de incertidumbres.
Después llega la construcción del relato. Siempre hay una coartada épica: seguridad nacional, defensa de la libertad, lucha contra el narcotráfico, protección de la industria nacional. Da igual si es falso, exagerado o directamente inventado. El objetivo no es informar, sino justificar emocionalmente lo que se va a hacer. Primero se fabrica el enemigo, luego se ofrece el salvador.
Y finalmente, el golpe maestro: generar desconcierto, miedo y caos mediante la estrategia del “hombre loco” . Trump cultiva deliberadamente la imagen de imprevisible, de alguien capaz de cualquier barbaridad en cualquier momento. El mensaje es claro: “No me provoquéis, no sabéis hasta dónde puedo llegar”. Así convierte la inestabilidad en arma diplomática. Si luego “solo” impone sanciones, inicia conflictos o desestabiliza regiones enteras, el mundo suspira aliviado. Podría haber sido peor. Y ahí está la trampa: normalizar lo inaceptable mediante la amenaza constante del desastre absoluto. Así se gobierna desde el miedo. Así se somete al mundo sin provocar una gran hecatombe… todavía.
“Las palabras nos traen futuros a la mano” (Fernando Flores)
Fernando Flores lo expresó con una lucidez demoledora: la palabra nos trae futuros a la mano. No es una metáfora poética, es una descripción operativa del poder del lenguaje. Lo que se nombra empieza a existir; lo que se declara comienza a moverse. Y eso es exactamente lo que estamos viendo: un plan estudiado, una puesta en escena milimétrica para someter voluntades mediante un uso perverso y calculado de los Arcanos mayores de la filosofía del lenguaje. Trump y su entorno manejan con precisión milimétrica las declaraciones, los juicios, las afirmaciones, las amenazas, los pedidos y las promesas. No improvisan: diseñan estados de ánimo colectivos para allanar el camino a los objetivos fijados.
Nada de lo que hace es casual. Cada palabra está pensada para generar un efecto: miedo, adhesión, confusión, polarización. Cada frase busca desplazar los límites de lo aceptable, ensanchar la ventana de lo posible, correr la línea roja un poco más allá. No gobierna solo con decretos, sino con actos del habla programados. Y en ese terreno es extraordinariamente eficaz. Lo que parece desorden es en realidad coreografía política.Trump ha dejado de lado el poder blando para ganarse al mundo mediante la seducción y ha optado por el poder duro, cuya violencia comienza a ejercerse desde el lenguaje, que produce un efecto destructivo tan real como la pólvora.
Por eso conviene desmontar la coartada del loco. Trump no está tan loco. Tiene un plan, una hoja de ruta, una estrategia clara para avanzar. Es, además, un alumno aventajado de la madman theory, la misma doctrina que tan buenos réditos dio a sus antecesores como Richard Nixon y de cuya medicina hace uso también Vladimir Putin para intimidar y descolocar a sus adversarios. La pregunta no es si se atreverá a ejecutarla —ya lo está haciendo—, sino si el resto del mundo está leyendo correctamente el guion y, sobre todo, si tendrá el coraje político y moral para enfrentarlo. Porque quien entiende el poder del lenguaje y no lo combate con inteligencia está condenado a vivir dentro del relato del otro. Y ahí, el partido ya está perdido.
Adelante!!!
