Una revolución educativa inspirada en los rasgos del paradigma cultural naciente.

Un modelo educativo remite a la concepción cultural impuesta o elegida de una época histórica, luego, la educación replica ese paradigma. El problema actual es que nuestra educación y todos los remiendos que se la aplican, remiten a paradigmas culturales antiguos, quizá porque la aceleración histórica en la que vivimos ha posibilitado que el futuro llegue sin haber dado tiempo a que se estructure la cultura que lo sustenta.

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Toda revolución educativa remite a una revolución cultural, en este momento necesitamos una revolución educativa en toda regla y para ello es preciso sustentar los cambios educativos en los rasgos del paradigma cultural que se está gestando (innovación-acción-creatividad-emprendimiento-liderazgo-globalización-colaboración-interculturalidad…).

Necesitamos apoyarnos en los rasgos definitorios de la nueva cultura si queremos un modelo y un sistema educativo que dé respuestas a los desafíos que enfrentamos como civilización.

La educación actual replica esquemas mentales y estándares culturales del pasado, generando una tremenda disfuncionalidad al devolver a la sociedad a unos alumnos preparados para habitar un ecosistema que ha desaparecido. Toda revolución educativa necesita de una revolución cultural en la que sustentarse. El problema es que las instituciones no saben ver los rasgos culturales que definen el tiempo nuevo. Hemos creado una revolución científica y tecnológica sin precedentes que nos ha puesto en las manos las herramientas más poderosas de la historia para transformar la realidad.

Sin embargo este cambio no ha venido acompañado de un cambio cultural, seguimos viendo el mundo, asomándonos a la realidad y gestionando las organizaciones desde los estándares culturales (paradigma) del pasado. Por eso nuestras aulas en forma y fondo se parecen tanto a las de hace siglos.

Nuestros mapas mentales y formas de pensar siguen patrones antiguos. Y claro, esto genera grandes aberraciones y un tremendo caos y desorientación global. Los cambios de época no son lineales, de hecho, en lo que llamamos Sociedad del conocimiento, conviven multitud de tradiciones  culturales (prehistóricas, medievales, ilustradas, industriales …); con la definición y articulación aún en ciernes de una auténtica cultura moderna que responda a los retos de este momento histórico.

Las grandes transformaciones de la revolución científica y tecnológica, de la globalización, Internet y la sociedad en red; no vienen acompañadas de un modelo cultural definido y ya fraguado (tal vez porque la aceleración histórica no ha dado tiempo aún a que cuaje), que pueda ser replicado por el sistema educativo.

Toda revolución educativa se sustenta en unos referentes culturales, y cuando no están definidos, y se proponen cambios en el sistema educativo, por inercia se remite a esquemas culturales del pasado.

La deriva civilizatoria se mueve a gran velocidad sin haber dado tiempo al asentamiento de una cultura como tal, aunque posee algunos rasgos definitorios fáciles de identificar (aceleración, innovación, acción, emprendimiento, liderazgo, ubicuidad, deslocalización, conectividad, obsolescencia …). Conceptos incluso modernos sobre la Sociedad del conocimiento tal y como los utilizó Drucker (economía del conocimiento, trabajador del conocimiento…), sin tiempo para asentarse, ya están desfasados sin haber llegado a crear cultura.

El nuevo conocimiento va más allá del entendimiento de la nueva y abundante materia prima para crear bienes y servicios, para convertirse en procesos de innovación-acción que generan valor a través del emprendimiento y el liderazgo en un contexto de apertura y colaboración global.

Toda esta vorágine de cambios genera una tensión cultural de gran magnitud, al convivir culturas fosilizadas en el tiempo, pero cuyos valores son asumidos por una institucionalidad también antigua (gobiernos, administraciones), con nuevos rasgos culturales disruptivos y futuristas.

En cualquier espacio social podemos ver como hablan, conviven y se relacionan gentes de la cultura paleolítica, grupos anclados en la tradición medieval (neoconservadores y fundamentalistas de todos los pelajes), ilustrados (muy comunes en los círculos académicos y políticos), gentes de la era industrial (la mayoría social venimos de esta tradición), sociedad del conocimiento (trabajadores del conocimiento), y sociedad de la última frontera (innovación-acción-emprendimiento-liderazgo). Cada grupo aferrado a sus valores y tradiciones.

¿Entiendes ahora por qué es tan compleja la revolución educativa que demanda nuestro tiempo? Lo difícil que es llegar a un acuerdo entre tantas viejas tribus donde la institucionalidad reinante (poder) no posee ni comparte los rasgos culturales de la modernidad.

Nuestros responsables políticos e ideólogos educativos están más influenciados por la tradición ilustrada e industrial, incluso por la medieval, que por la Sociedad del conocimiento y la sociedad de la última frontera. De ahí nuestro modelo educativo y que las leyes educativas que se elaboran remiten a culturas antiguas.

Nuestros alumnos que habitan de lleno en el mundo tecnológico y están impregnados de los rasgos culturales emergentes, asisten atónitos a un salto al pasado cuando entran en el aula cada mañana y perciben a sus profesores como a seres extraños y supervivientes de tiempos remotos. Por el contrario sus profesores les observan como si fueran miembros de una nueva tribu desarraigada de los «valores culturales verdaderos».

Vivimos en un mismo tiempo bajo realidades culturales diferentes, y hasta que no nos pongamos de acuerdo en el cambio y estándares culturales que necesitamos para enfrentar el nuevo tiempo (paradigma), no podremos hacer la verdadera revolución educativa que necesitamos.

En un artículo anterior hacía referencia a que podemos transformar la educación cambiando la forma de hablar, pero claro, cultura y habla son un binomio indisoluble (los límites de mis palabras marcan la frontera de mi mundo).

La aceptación de los nuevos valores de la sociedad de la última frontera han de marcar la hoja de ruta para construir la revolución educativa que necesitamos.

La nueva cultura de la frontera necesita una nueva educación que explote todo el potencial de las personas, utilizando la ciencia y la tecnología, al servicio de una nueva humanidad presidida por la solidaridad y la justicia que tienda a unas nuevas formas de escucharnos y entendernos. Y que si somos capaces de estar a la altura de los tiempos, nos puede llevar a un mundo mejor donde desaparezcan los viejos atavismos culturales que nos amordazan, e incluso el propio concepto del trabajo humano tal y como lo avanzó Rifkin.

Además el cambio ha de ser de abajo arriba, pues la institucionalidad (democrática o no) no va a dar su brazo a torcer.

¿Te atreves a incorporar los nuevos rasgos culturales a la educación en tu propio entorno? ¡Hagamos equipo!

Adelante!!!

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