Necesitamos un discurso impopular para enfrentar los grandes desafíos que tenemos en el horizonte.

Líderes sin líneas rojas, conversaciones prohibidas y tabúes que nos miren a la cara y nos digan la verdad:

“Ustedes deben saber que las pensiones están en riesgo, el trabajo de por vida en desaparición, los empleos fijos van a disminuir, la vida de las empresas va a ser cada vez más corta, la globalización es imparable, las decisiones que se toman en el otro extremo del mundo nos afectan cada día.

También, que el papel de los estados-nación es cada vez más débil, que “papá estado” podrá hacer cada vez menos cosas por nosotros, que deberemos hacernos cargo de nuestra vida, nuestro futuro e inventarnos nuestro sustento.

Además son conscientes de que el planeta está a punto de colapsar, necesitamos crecer menos, consumir menos recursos naturales, pagar más  impuestos, replantear nuestros estándares de felicidad.

Por si esto fuera poco, somos cada día más viejos, tenemos grandes problemas demográficos, necesitamos más personas inmigrantes que reequilibren la población, coticen y sostengan nuestro bienestar.

Y a esto hemos de sumar una deuda pública enorme que estamos haciendo cada día más grande y tendrán que pagar nuestros hijos.

Han de saber que ningún gobierno va a crear los empleos que se necesitan, ni va a hacer que las actividades, negocios o empresas que estén en crisis vayan a resucitar, porque los gobiernos no tienen tanto poder como  ustedes creen y porque no vivimos en un mundo aislado…”.

Y que a partir de ahí nos digan:

“Por tanto, estamos jodidamente mal, a no ser que estos problemas los convirtamos en desafíos y oportunidades, pero para eso debemos estar dispuestos a cambiar varias cosas:
En primer lugar, estar abiertos al cambio, a convertirnos en seres más flexibles, a asumir la disrupción tecnologica, los retos de la Cuarta Revolución Industrial, las nuevas formas de trabajar y producir.

Y esto no lo podemos hacer sin una transformación radical en la educación, dotando a las personas de nuevas competencias y preparándolas para que se hagan cargo de sus vidas”.

Un país cuyos líderes políticos no son capaces de unir a la ciudadanía en torno a un gran proyecto colectivo de futuro, termina sucumbiendo por el empuje de las identidades. Cuando a la gente se le apaga la llama que ilumina el futuro, termina buscando la luz entre los rescoldos de las cenizas del pasado (nacionalismo).

El nacionalismo es un recurso de urgencia para asomarse al pasado ante la inexistencia de un proyecto colectivo de futuro ilusionante, nace de la falta de respuestas del sistema para definir lo que “vamos a ser juntos de mayores”, de la inercia cobarde, de la falta de ofertas seductoras por parte de los partidos políticos, del cortoplacismo, del tacticismo electoral, de la falta de asunción de riesgo, de las líneas rojas, de las conversaciones prohibidas y tabúes de los partidos políticos.

Al final, con la calculadora electoral en mano se actúa diciendo a la gente lo que quiere escuchar en cada momento, sabiendo que nos estamos haciendo trampas en el solitario. Los asuntos importantes en los círculos políticos (cambio educativo, modelo productivo, laboral, energético…) acaban sacándose de la agenda porque son difíciles de abordar, generan conflicto y coyunturalmente pueden restar votos. Cuando la política soslaya las cosas importantes con el argumento que “ahora no toca” o “nos puede quitar votos”, entramos en un círculo vicioso, un ejercicio permanente de procrastination lleno de cinismo e hipocresía. 

Y pese a todo, tenemos argumentos fundados para una esperanza radical en el futuro, aunque los retos son enormes, nunca en la historia tuvimos tantos medios a nuestro alcance para superarlos.

En este momento necesitamos líderes de verdad, no más farsantes, líderes dispuestos a hacerse cargo del porvenir, líderes que piensen en las futuras generaciones. Líderes “impopulares” pero con decisión y confianza, capaces de proponer y construir nuevos caminos para sus ciudades, países y la humanidad.

Es posible que desde este discurso se puedan perder votos, pero es la apuesta ganadora de largo plazo porque el sentido común acaba imponiéndose.

La democracia en estos momentos está pasando por su mayor prueba de fuego, debatiéndose entre el discurso populista que mira al pasado y apela a las bajas pasiones desde el miedo y el odio, y los partidos tradicionales que no abordan los grandes desafíos por miedo a resultar impopulares.

La política tradicional dominada por la alternancia del relato liberal y socialdemócrata, está en crisis, es como la orquesta del Titanic que sigue tocando mientras el barco se hunde. Una inacción imperdonable que es aprovechada por el nacionalismo (relato fascista) y sus cantos de sirena para engatusar con sus señuelos a una gran masa social que se siente abandonada por sus viejas marcas (partidos políticos).

En definitiva, necesitamos líderes capaces de asumir los nuevos desafíos desde propuestas sociales e incluyentes (crisis ecológica, disrupción tecnológica, regulaciones del trabajo, nueva gobernanza…).

Es posible incluso que los cambios de calado precisen de un nuevo contrato social para abordar las nuevas realidades económicas, sociales y laborales. La cuestión es: ¿Tendremos líderes que estén a la altura?

Aún estamos a tiempo.

Adelante!!!

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