El despoblamiento rural.

El mundo rural no se muere, realmente ya está muerto hace mucho tiempo, es una pieza de museo, aunque todavía vivan personas en los pueblos, lo que queda de él es un fósil. La tarea ahora es reinventarlo, no restaurarlo (los mundos pasados no se pueden restaurar), y para ello es necesario hibridar algunas de sus señas de identidad con elementos de la más rabiosa modernidad, como única posibilidad para que vuelva a cobrar vida, pero ya convertido en un mundo diferente.

El despoblamiento rural es una manifestación más del cambio de época cuyo tratamiento exige una visión de perspectiva histórica para visualizar su trayectoria y un nuevo liderazgo para abordarlo, pues no se trata de un problema concreto que pueda atajarse con recetas antiguas, sino de una consecuencia más de un terremoto que está sacudiendo los cimientos de nuestra civilización.

Revolución científica y tecnológica, crisis laboral, transformación social, concentración urbana, despoblamiento rural… son fenómenos concatenados e indisociables que trae un nuevo mundo que está apareciendo.

Todo cambio de época trae unos ideales y estándares de vida.

Un relato que se instala en el imaginario colectivo definiendo el ideal de vida: lo que es deseable e indeseable, lo que es nuevo y viejo, lo guay y lo cutre, lo bello y lo feo… Cuando el nuevo constructo ha fraguado, su progresión es imparable, el mundo comienza a colaborar en masa en torno a esa fuerza centrípeta; y el nuevo discurso comienza a moldear los deseos y aspiraciones de la sociedad, definiendo los rasgos mismos de la civilización (vida urbana, crecimiento imparable de las ciudades, desaparición de las formas de vida tradicionales, megalópolis, aceleración, realidad líquida…).

El estándar global de vida asociado a las grandes ciudades y sus reclamos, generan una marea global acompañada de un flujo imparable de concentración en megalópolis como ecosistemas deseables y lugares de destino. Nos guste más o menos, la gran mayoría de la gente a escala planetaria, ya ha comprado su billete para la felicidad, y su deseo aplastante es vivir en grandes ciudades, cuanto más grandes mejor. Quien no perciba este tsunami está fuera de toda realidad, de hecho, las proyecciones demográficas apuntan a que en unos años el 70% de la población se asentará en megalópolis. El foco de los jóvenes del mundo y de la población más dinámica, está en la vida urbana.

Las megalópolis son la seña de identidad de la nueva civilización que comienza a tomar forma, el poder global y los centros de influencia se están desplazando de los estados-nación a las megalópolis que están comenzando a organizar el territorio en los países y entre países, sus alcaldes están ganando influencia a los presidentes. Y este proceso es imparable.

¿La vida urbana es la mejor vida?

Ese no es el asunto, la cuestión es que su influencia resulta aplastante porque ha ganado la batalla del relato, podemos refutar con sólidos argumentos en contra pero será inútil.

La dirección de la historia, a veces es contradictoria, no siempre elige los mejores escenarios. Para entender esto, echemos una mirada a otros cambios civilizatorios recientes.

La revolución que trajo consigo el Neolítico hace 10.000 años y el paso de la vida nómada a la sedentaria no vino acompañada de una mejora en la calidad de vida, de hecho, las primeras comunidades que se “pasaron al relato” de la agricultura y la ganadería, empeoraron su calidad de vida (dominación, nacimiento de las clases sociales, explotación, opresión, dieta más pobre, trabajos más pesados, menor tiempo libre, más enfermedades, menor esperanza de vida, existencia más aburrida…).

Sin embargo, ese movimiento arrastró a la humanidad hacia un nuevo tiempo, sin saber cómo, comunidades sin comunicación entre sí, emprendieron el mismo movimiento en varios continentes. En una ínfima fracción de tiempo, el ser humano que vivía más feliz desplazándose de un lugar a otro, cambia de forma de vida sin cuestionarse que el cambio era a peor.

Si avanzamos en el tiempo y analizamos la Primera Revolución Industrial en sus inicios, podemos apreciar una vuelta de tuerca más en la deriva urbana y una explotación del ser humano sin precedentes (trabajo infantil, jornadas asfixiantes, bajos salarios, nuevas enfermedades…).

Y ahora, la Cuarta Revolución Industrial nos va a llevar al 70% de la humanidad a vivir en megalópolis, y ese movimiento “no lo para ni dios”.

Volviendo al argumento ¿hemos hecho la mejor elección? La respuesta no importa porque son hechos consumados, por qué nos vamos a complicar la vida con algo que se escapa a nuestro control.

Una civilización urbana concentrada en megalópolis.

Es una realidad. Cuando a escala local o regional hablamos de despoblación del mundo rural, a menudo nos estamos mirando al ombligo, faltos de un enfoque holístico y visión  sistémica, tendemos a pensar que es un fenómeno local, regional o nacional. Así nos liamos en un bucle sin sentido, buscando culpables, aplicando viejas recetas que no funcionan, lanzando políticas y programas erráticos que buscan dar repuestas al futuro con medidas del pasado…

He trabajado en países como Bolivia, Uruguay, Paraguay, Nicaragua y he hablado con las personas del ámbito rural, sus deseos son los mismos que en Europa, África, Asia u Oceanía; vivir en las grandes ciudades. Las autoridades comparten la preocupación y tratan de evitar esta deriva por los desequilibrios territoriales y demográficos que genera,  pero es tiempo perdido porque nuestra civilización ya ha elegido lo que quiere y ese deseo es universal y está en el imaginario colectivo. La deriva civilizatoria en la que estamos tiene su epicentro en las megalópolis y hace una llamada cuya fuerza es atronadora superior a cualquier otra conocida. Ante esto, los  mensajes y la llamada de lo rural son inapreciables, como lo fue el recuerdo de los primeros agricultores añorando su vida libre de cazadores y recolectores.

¿Qué estrategias estamos adoptando ante la deriva civilizatoria?

Durante décadas, poniendo parches para mitigar la hemorragia y haciendo esfuerzos titánicos para mantener el mundo rural con sus señas de identidad (ruralidad). Pasado el tiempo, las viejas recetas ya no funcionan y al redundar en ellas sólo queda la espera para el desenlace final: su desaparición.

El mundo rural nunca volverá a ser como fue, y pocos están entendiendo que la única forma de revitalizarlo es tomando los elementos nuevos y sugestivos de los urbanitas y mezclarlos con los de la tradición para generar una identidad nueva con un relato que pueda seducir a un  público significativo.

¿Qué podemos hacer?

En primer lugar, no negar la mayor, reconociendo que vamos a un mundo de megalópolis y que en ese proceso no podemos quemar nuestras energías. Y después, empezar a construir un mundo híbrido que pueda conectar con los gustos de nuestros jóvenes y personas de otros mundos que no se encuentran cómodas en el mundo urbano pero que no renuncian a sus ventajas; es decir, traer al mundo rural los rasgos más rabiosos de la modernidad para deslizarnos a una nueva realidad (rurbana).

Son muchos los nichos de posibilidades que ofrece el mundo rural, pero para descubrirlos hay que hacer un metódico ejercicio de asomarse cada día a los movimientos de los mundos y sus tendencias en los gustos, consumo, tecnología….

Dirigiendo nuestras políticas y programas hacia la especialización inteligente, economía de la experiencia, silver economy, economía naranja, movimiento slow… 

Traer al mundo rural la tecnología y los espacios para el desarrollo de la Cuarta Revolución Industrial (Fab Lab como estrategia industrial, impresión 3D…).

Generar conexiones, relaciones y alianzas con los mundos donde están nuestros mercados: oriental, occidental, latino, musulmán, judio…

Redirigir nuestras estrategias hacia las nuevas materias primas, realidades y mercados: big data, hiperrealidad, conectividad, ubicuidad, realidad líquida, trabajo knowmádico…

Sólo una nueva propuesta del mundo rural construida con los referidos  mimbres puede generar las políticas que reviertan la tendencia imparable e incontrolable de la desaparición del mundo rural. Y para eso se necesita un nuevo liderazgo que tenga una visión clara del tiempo histórico y la deriva de los mundos. 

La clave es la seducción, cómo seducir en el medio rural con las oportunidades de lo urbano, por ejemplo, apoyándonos para ello en las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial que están convirtiendo el mundo en una gran fábrica, y creando así condiciones  que hasta ahora sólo eran posibles en las ciudades.

Sin embargo todo esto choca con la corta visión política de nuestros gobernantes que siguen etiquetando y reduciendo el mundo rural como espacio para la agricultura, ganadería, agroindustria y algunas actividades marginales de rango menor como el turismo rural, silvicultura…

El mundo rural ya no es agricultura y ganadería, sólo una ínfima porción de la población activa vive de esas actividades y su progresión es a la reducción. El sector primario va a ser, de hecho está siendo ya, una actividad marginal, incluso allí donde más presencia tiene. La revolución tecnológica ha desmontado los sectores tradicionales, la producción de alimentos a escala mundial va a recaer en una porción insignificante de la población activa, incluso nos deslizamos a pasos agigantados a la producción de carne sin animales y vegetales sin suelo.

Acudir al reclamo de ir a vivir a un pueblo para convertirse en pequeño agricultor o ganadero no deja de ser un acto de heroicidad y renuncia a las ventajas y comodidades del mundo actual, un acto que no va más allá de la supervivencia (salvo en actividades muy concretas que aún gozan de cierto potencial). Desde ahí no se puede revitalizar el mundo rural pues los voluntariosos urbanitas y otros incautos que llegan atraídos por cantos de sirena cargados de imágenes bucólicas, cuando se topan con la dura realidad terminan escaldados.

El mundo rural desde sus instituciones, organizaciones y medios de comunicación, envía un mensaje de fondo que nadie quiere comprar, un discurso casposo que choca con las seductoras imágenes de la megalópolis con sus potentes reclamos. Lo que se vende del mundo rural resulta antiguo y cutre, un relato desgastado que seduce a muy pocos y una oferta de vida que es el retorno a un mundo muerto. Quienes están vendiendo el mundo rural y sus virtudes se valen de un marketing nefasto y una bisoñez pueril a la hora de generar propuestas seductoras para que las personas construyan sus proyectos de vida. El mundo rural está plagado de estampas y estereotipos viejos, reforzando eslóganes de un viejo modelo que se cae a pedazos. Es como si abrieran el baúl de la abuela y nos ofrecieran sus prendas como oportunidad de última moda.

La clave es reinventar el mundo rural para que conecte con los deseos de mucha gente. Un reclamo desde un nuevo constructo y el convencimiento de que su restauración es misión imposible, aunque los que formamos parte de él y le queremos tanto, no nos resignamos a verle muerto, como no nos acostumbramos a la desaparición de nuestros seres queridos al aferrarnos a sus recuerdos, a sabiendas que no volverán.

Es cierto que los mundos y las civilizaciones viejas no mueren del todo, siempre quedan reductos y santuarios. Como el mundo del Paleolítico sigue vivo en el pueblo de los yanomamis o el siglo XVI en las comunidades menonitas; sin embargo son pocos ciudadanos los  que quieren vivir en esos mundos. Algo parecido le puede pasar al mundo rural si sus responsables y protagonistas no saben desarrollar una visión de perspectiva y analizar la dirección que lleva el tiempo histórico, de ser así, como el resto de mundos fósiles, también terminará siendo una reliquia, una rareza para frikis que les guste asomarse a las curiosidades de los anticuarios.

No hay tiempo que perder.

Adelante!!!

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Un pensamiento en “El despoblamiento rural.

  1. Leandro Sánchez Herrera

    Muy buena reflexión de lo que realmente se necesita para que los pueblos no acaben como la mayoría de los ya murieron. Pero para ello necesitamos que realmente los que nos gobiernan se enteren de que va esto y yo creo que lo que tenemos ahora no nos ofrecen mucha confianza. Es hora de renovar las plantillas de políticos que los que tenemos en la actualidad son de discurso muy rancio, necesitamos gente como tú que sepa ver las cosas y la dirección que toman los acontecimientos de la historia. Un abrazo

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