La próxima crisis que se está gestando después del coronavirus y la crisis energética.

La próxima crisis que se está gestando después del coronavirus y la crisis energética.

En los últimos 14 años hemos asistido a una concentración frenética de acontecimientos disruptivos en una breve fracción de tiempo, provocando una sucesión de crisis que en el pasado constituían eventos muy espaciados en el calendario. Y todo hace presagiar que este fenómeno, en lugar de frenarse, se acelerará aún más en los próximos años. ¿Quieres saber cuál será la próxima crisis?

En 2008 la crisis de las hipotecas subprime desencadenó un terremoto internacional que puso en jaque al sistema financiero global, hundiendo las bolsas y las economías del mundo. Sus consecuencias sobre la pobreza, el desempleo y las desigualdades fueron inmediatas, evidenciando que las reglas de juego del sistema capitalista hacen aguas por todas partes.

En 2020, otro fenómeno de la globalización en forma de pandemia, volvió a poner de rodillas al mundo, generando una afectación planetaria sobre la salud con graves repercusiones económicas y sociales, como la pobreza y la ampliación de la brecha social. 

Solo dos años después, en 2022, con la guerra de Ucrania, se desata una profunda crisis energética con impacto inmediato sobre la inflación, desabastecimiento de materias primas, subida de tipos de interés,  recesión económica y una tragedia alimentaria a la vista de proporciones bíblicas.

¿Cúales serán las próximas crisis y qué posicionamiento adoptaremos ante ellas? 

Ahora solo queda preguntarnos cuáles serán las próximas crisis para ponerlas fecha ¿en 2023, 2024, 2025, 2030, 2050?, e ir planteando escenarios plausibles y respuestas posibles, pues detrás de sus desgraciadas consecuencias también se esconderán grandes oportunidades.

A la par, en poco más de una década se han revelado los frágiles fundamentos que sostienen nuestro modelo económico y social, a la vez que hemos experimentado como el cambio climático no es un hecho alejado en el tiempo con el que, además de lidiar las próximas generaciones, también deberemos hacerlo nosotros, pues sus consecuencias devastadoras comenzamos a sufrirlas en nuestras carnes al vernos afectados por sequías, olas de calor, inundaciones, incendios, desabastecimiento de alimentos y episodios extremos de todo tipo, revelando que el lobo ya está aquí.

Si a los hechos anteriores le añadimos el progreso científico y la convergencia tecnológica NBIC (nanotecnología, biotecnología, infotecnología, cognotecnología), que actúan en su conjunto como aceleradores históricos de la globalización, para configurar un mundo definido como un sistema holístico ultracomplejo donde cualquier fenómeno emergente en una parte del planeta tiene repercusión inmediata en sus antípodas. Todo lo cual desemboca en un escenario que nos obligará a convertirnos en seres superflexibles y dispuestos a cambiar en un contexto que fluye a una velocidad mareante.

Y todo ello en un mundo sin reglas, sin una gobernanza global para manejar esta enorme complejidad, sujeto únicamente a la arbitrariedad de la superpotencia de turno y los intereses espúreos de sus grandes compañías, solo alteradas por las bravuconadas de otras potencias que comienzan a hacer ruido para exigir una reconfiguración del orden mundial con nuevas normas y cuotas de poder.

La transición energética es la revolución que ya está aquí y nos interpela a todos.

Igual que la pandemia del coronavirus nos enseñó que la solución estaba en cada uno de nosotros, en cuidarnos unos a otros y en ser responsables y comprometidos, hoy debemos aplicar  esas enseñanzas al resto de desafíos venideros.

La Guerra de Ucrania ha reconfigurado en unas semanas el mercado mundial de la energía, igual que la pandemia aceleró la transición digital en el mundo, la guerra hará lo mismo con la energía.

El cambio de modelo energético hacia la descarbonización acortará sus tiempos de implantación, los ciudadanos se convertirán en protagonistas creando su propia energía, generándose nuevos modelos de cooperación (comunidades energéticas), nuevos empleos, empresas y actividades económicas.

De una manera u otra, la crisis energética nos interpelará a todos y nos traerá nuevas oportunidades si somos capaces de mirar de forma diferente al futuro para aprovecharlas.

¿Cuál será la próxima emergencia que nos ponga en jaque?

Aunque el futuro no lo podemos adivinar, sí podemos realizar un ejercicio de prospectiva para proponer escenarios y avizorar tendencias plausibles.

Las amenazas que se ciernen sobre la especie humana y el planeta son muchas, pudiendo llegar de manera súbita e inesperada (cisnes negros) o provocadas por la acción humana (cambio climático, pandemias, amenaza nuclear, supervolcanes, meteoritos, eyecciones solares…).

Aunque todo se puede ir por la borda ante una escalada bélica que desencadene una guerra nuclear o por la erupción de un súpervolcán, supuestos que no son descabellados, todo parece indicar que el próximo desafío global será el abastecimiento de agua.

La aceleración del cambio climático está agotando las reservas disponibles de agua dulce, más aún cuando los usos no renovables del recurso crecen sin parar (especialmente los agrícolas), en paralelo al aumento de la población, el incremento del nivel de vida, la disminución de las precipitaciones y el incremento de las temperaturas. 

En los próximos años asistiremos a episodios de desabastecimiento, abandono de campos de cultivo, migraciones, guerras y conflictos por el control del agua.

En paralelo, se producirá una carestía del recurso y fuertes inversiones en proyectos para la desalinización de agua marina, obras de ingeniería para la conducción y transporte, y toda una revolución en el sector.

En gran medida, la solución al problema del agua en muchos puntos del planeta estará unida a la transición energética y la digitalización, a medida que los costes de producción de energías limpias vayan disminuyendo se incrementará la eficiencia y el potencial para convertir el agua salada en agua dulce, así como las soluciones digitales para optimizar su gestión. 

Las innovaciones no son un fenómeno aislado, es un proceso incremental y acumulativo.

Como podemos observar, cuando las crisis se encadenan, también se desarrollan las soluciones y acumulan  los avances científicos y tecnológicos con los que se puede hacer frente con mayores garantías a la siguiente crisis, convirtiéndola en una oportunidad. Así, la crisis del coronavirus nos trajo una sociedad más digital, avances exponenciales en la biotecnología y la medicina, y una progresión de las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial; un acicate más para abordar la transición energética, a medida que crece la investigación, la innovación, las inversiones y el empleo, impactando positivamente en el conjunto de la economía. Ambas crisis acelerarán la convergencia tecnológica NBIC y nos aportarán las soluciones para enfrentar la crisis del agua; y así sucesivamente.

Lo importante de todas estas lecciones es que todos los ciudadanos nos sintamos interpelados por los desafíos globales y partícipes en sus soluciones, aprendiendo a conectar nuestras actividades, oficios, profesiones y estilo de vida con las realidades emergentes, porque todos estos problemas, en el fondo, son oportunidades para quienes quieran implicarse y aprovecharlas.

La clave está en interpretar los problemas en clave de oportunidades, aprendiendo a salir de nuestra zona de confort y trabajar juntos.

Aunque los desafíos que se yerguen en el horizonte parecen descomunales e inabarcables, nunca como ciudadanos tuvimos tantos recursos a nuestro alcance para enfrentarlos, si somos capaces de abandonar las excusas, la queja, la inacción y la resignación, para comenzar a mirar el futuro con ambición, responsabilidad, compromiso y optimismo; convirtiéndonos en parte activa y protagonista de las soluciones.

Sin embargo, esta tarea no la podemos hacer solos, necesitamos aprender a trabajar juntos, formar equipos y permanecer unidos, activando los procesos de cooperación masiva y poniendo en juego los mecanismos de la Inteligencia colectiva. Solo así podremos enfrentar y superar las crisis actuales y venideras para salir fortalecidos desde la creación de una conciencia y compromiso global, como nos ocurrió con la producción de las vacunas, la aceleración de la digitalización o el proceso de descarbonización y la sustitución de las energías contaminantes por las limpias en el que estamos inmersos.

La esperanza en el futuro está en la acción ciudadana concertada como motor del cambio, uniendo propósitos y vigores dispersos para abrir caminos nuevos y transitarlos juntos, máxime aún cuando la acción de los gobiernos y los estados (incluidas las democracias) se sigue rigiendo por los intereses de las oligarquías, el egoísmo, el fundamentalismo y la fuerza bruta.

Debemos dejar de pensar y actuar como individuos y células independientes para hacerlo como especie y ser único que sintoniza sus ritmos con los del planeta escuchando sus alertas y quejidos, si no queremos asistir al colapso global y la destrucción de la civilización en tiempo récord.

¿Las crisis actuales nos proporcionarán una conciencia colectiva para darnos cuenta que pertenecemos a una única especie y tenemos una única patria que defender llamada planeta Tierra, o deberemos estar bordeando más el abismo para reaccionar?

Es el momento de fortalecer la sociedad civil y comenzar a trabajar en clave de participación, colaboración y poder ciudadano, para convertirnos en prosumidores y creadores de riqueza, aprendiendo a plantear escenarios, descubrir las tendencias, leer lo relevante e inventar nuevas posibilidades y oportunidades, conectando nuestros trabajos y profesiones con lo emergente; estando dispuestos a repensarnos, rediseñarnos, refundarnos, resignificarnos  y resintonizarnos cada día con el cambio.

Para ser significativos en el mundo del presente y el futuro deberemos trabajar cada día para dar respuesta a estas tres preguntas: ¿Quién soy? ¿En quién quiero convertirme? ¿Qué puedo ofrecer a los demás? Conectando nuestra forma de ganarnos la vida con las necesidades emergentes. El campo ideal para iniciar esta senda lo tenemos por delante a la hora de abordar la transición energética y la descarbonización a través de las comunidades energéticas y otras formas colectivas para crear riqueza social, económica y ambiental. Una praxis que deberemos perfeccionar para armar una sociedad civil fuerte capaz de enfrentar la crisis (oportunidad) del agua y las venideras.

Parafraseando a Fernando Flores, necesitamos convertirnos en nuevos seres para habitar nuevos mundos.

Adelante!!!

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