El pozo

RESUMEN DEL ARTICULO 

La metáfora del pozo explica el liderazgo desde lo esencial: convocar a las personas en torno a un propósito práctico.

Vicente Ferrer lo demuestra con hechos. No apeló a identidades ni discursos, sino a la acción compartida. Un pozo bastó para crear comunidad.

De ahí nace la pregunta ¿Cuál es tu pozo?. Todo liderazgo comienza con escucha, comunidad y una propuesta concreta para hacer algo juntos.

Para avanzar hacen falta herramientas. Los picos y las palas para cavar el pozo son las competencias que se aprenden haciendo y solo cobran sentido cuando se aplican a proyectos con valor.

Mientras se avanza, conviene sostener Las tres preguntas que has de formularte mientras cavas el pozo: quién eres, en quién quieres convertirte y qué puedes ofrecer.

El liderazgo pleno llega al Crear una comunidad de personas que sea dueña de su destino, capaz de construir más pozos. Ahí nace el legado.

Adelante!!!

ARTÍCULO COMPLETO 

Cuando trabajamos en la capacitación de líderes o en la formación de equipos directivos para gobiernos, empresas y organizaciones, a menudo me preguntan qué es el liderazgo. Lo hacen esperando una receta mágica, un método infalible, un compendio de argumentos académicos y teorías bien empaquetadas para justificarlo todo. Y entonces llega la sorpresa.

Mi respuesta suele desconcertar por su simpleza: liderar es convocar a la gente en torno a un propósito práctico.

El pozo de Vicente Ferrer

Para hacer comprensible esta idea suelo recurrir a una historia. La vida de Vicente Ferrer, un jesuita enviado a la India para evangelizar en una de las zonas más pobres y castigadas por la miseria y los conflictos tribales: Anantapur. En lugar de esgrimir el catecismo o imponer un discurso moral, hizo algo mucho más sencillo y radical. Se acercó a la gente y les preguntó qué necesitaban. Estaban en pleno desierto. La respuesta fue inmediata: agua.

Su reacción no fue prometerla ni predicar esperanza. Dijo: hagamos juntos un pozo. Y en ese gesto aparentemente humilde ocurrió lo esencial: la comunidad se unió. Tras el primer pozo llegaron otros, y después escuelas, hospitales y una red de dignidad que transformó la vida de miles de personas.

Vicente Ferrer entendió algo fundamental: la manera de cambiar la vida de la gente no es apelar a las identidades, sino unir a las personas para hacer cosas juntas. Cuando invocas identidades, aflora el conflicto. Cuando propones una tarea concreta y compartida, surge la unión. Ahí empieza el liderazgo.

¿Cuál es tu pozo?

Cuando termino de contar esta historia suelo lanzar una pregunta directa a cada una de las personas que tengo delante: ahora piensa cuál es tu pozo, porque es desde ahí desde donde vamos a trabajar tu proyecto de liderazgo.

Para que exista un proyecto de liderazgo tiene que haber, necesariamente, tres cosas: personas, una escucha previa y una propuesta práctica para hacer algo juntos. Me da igual que sea organizar una fiesta, plantar árboles, poner en marcha una iniciativa social o crear una empresa. Lo relevante no es la magnitud de la acción, sino su capacidad para convocar y unir. Cuando das esos pasos, ya estás en el camino de convertirte en líder o lideresa. Sin teorías grandilocuentes, sin libros de autoayuda y sin programas académicos que prometen atajos que no existen.

Los picos y las palas para cavar el pozo

Es cierto que, para avanzar en la capacitación de un líder, es necesario desarrollar un conjunto de competencias. Pero conviene decirlo sin rodeos: no se aprenden como teoría, se aprenden haciendo. Nosotros trabajamos este proceso a través del Modelo 6-9, un marco propio nacido de la filosofía del lenguaje, desde el que entrenamos quince competencias organizadas en torno a seis dominios y nueve niveles de excelencia: escuchar, declarar, afirmar, enjuiciar, pedir, prometer; dirección, relaciones internas y externas; trabajo, aprendizaje y renovación; emocionalidad, planificación y evaluación. De ahí emergen todas las habilidades necesarias para el trabajo en equipo y el liderazgo efectivo.

Pero hay una condición que no admite atajos: todo esto solo funciona cuando se aplica sobre un proyecto significativo y valioso para la gente. Sin pozo no hay aprendizaje real. Sin algo concreto que hacer juntos, las competencias se quedan en retórica elegante.

Cuando a lo largo de tu vida hayas “cavado muchos pozos” con otras personas, ya no necesitarás estudiar liderazgo. Será tu gente, tu comunidad, quien te otorgue ese reconocimiento. Porque habrás logrado algo esencial: que las personas dejen de enfrentarse y concentren su energía en lo que las une. En ese momento aparece el verdadero poder y la auténtica influencia. No el poder que emana de un cargo (potestas), sino la autoridad (auctoritas): esa que se alcanza cuando los demás te siguen porque quieren, no porque estén obligados.

Las tres preguntas que has de formularte mientras cavas el pozo

Si quieres forjarte como líder y seguir ascendiendo escalones, no necesitas complicarte más de la cuenta. Basta con que, mientras cavas el pozo junto a tu comunidad, te formules con honestidad estas tres preguntas esenciales: ¿quién soy ahora?, ¿en quién me gustaría convertirme?, ¿qué puedo ofrecer a los demás?

No son preguntas teóricas ni introspectivas en exceso. Son preguntas prácticas, incómodas y profundamente transformadoras. Te obligan a mirarte sin disfraces, a proyectarte hacia el futuro y a salir de ti mismo para ponerte al servicio de otros. Si eres capaz de sostenerlas en el tiempo, mientras haces cosas con la gente, el liderazgo dejará de ser una aspiración y empezará a convertirse en una realidad tangible.

Crea una comunidad de personas que sea dueña de su destino, capaz de construir más pozos

Si de verdad quieres construir liderazgo del bueno —del que perdura—, el camino pasa por crear una comunidad de personas dueña de su propio destino, capaz de seguir cavando pozos incluso cuando tú ya no estés. Para ello hay algunos principios que conviene tener claros y practicar con constancia.

Piensa en grande, en lugar de pensar en ti. Reúne a los mejores, no a los dóciles ni a los sumisos. Invítales a grandes aventuras en vez de gobernar desde el temor. Dótales de una reputación que sostener, en lugar de alimentarte del autobombo. Crea grupos motores orientados a la acción y huye de la obsesión por el control. Equipa a las personas, no les cortes las alas. Cultiva espíritu marinero, aunque eso suponga alejarse de la seguridad del puerto. Construye alianzas sólidas, no fidelidades perrunas. Planea cada día el rumbo, sin dejarte arrastrar por las inercias. Y, sobre todo, mira siempre adelante, sin titubeos ni miedo a arriesgar.

Cuando pongas en práctica estos principios dejarás de ser un líder que produce seguidores. Darás un salto exponencial y te convertirás en un líder transformador que desarrolla líderes. Habrás construido un legado que trasciende tu propia existencia: la vida florecerá en cada parte de tu obra y la comunidad tendrá la fuerza suficiente para avanzar por sí misma. Justo como ocurre cuando el pozo ya no depende de quien lo cavó primero, sino de quienes aprendieron a seguir cavando juntos, como hizo Vicente Ferrer.

Adelante!!!

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