Cualquier tiempo pasado fue peor.

Tenemos que sacarnos de la cabeza el pensamiento absurdo y la falsa creencia que vivimos en un tiempo malo. Esa gran mentira no se puede sustentar desde un fundamento lógico, además nos está destrozando. Vivimos más tiempo y mejor que cualquiera de nuestros antepasados ¿Entonces por qué nos estamos quejando a cada momento?

Desde una mirada rigurosa a la historia podemos concluir que vivimos en el mejor de los momentos.

Cuando estudiaba historia en la universidad me invadía un sentimiento de compasión hacia el ser humano: la vida del Paleolítico expuesta a peligros constantes y la lucha diaria por el alimento; el Neolítico y el sedentarismo que en lugar de aumentar la calidad de vida, la empeoró; la Antigüedad plagada de guerras y destrucción; la Edad Media con la miseria y la peste convertidas en algo cotidiano; el siglo XVII y XVIII donde aún la esperanza de vida no llegaba a los 40 años; las mejoras en la agricultura, la industria y la sanidad en los siglos XIX y XX que consiguieron hacer la existencia un poco más llevadera. Hasta llegar a 2019 donde las condiciones de vida globales (aún con tremendas carencias y desigualdades) son indiscutiblemente mejores que en cualquiera otra época.

Por eso me pone enfermo cuando alguien desde el desconocimiento histórico dice que antes se vivía mejor. Estoy seguro que muy pocos historiadores elegirían vivir en una época pasada.

Si tienes 30 años o más y pudieras elegir vivir en el Imperio Romano, tendrías muchas posibilidades de estar hoy muerto, ya que la esperanza de vida era inferior a los 30 años, similar a la Edad Media. En torno a los 40 años para inicios del siglo XIX, los 50 al comenzar el XX y los 71,4 en 2015. Aún con las severas diferencias entre países, la expectativa de vida supera ya los 80 años en Japón, España o China (muy significativo este último porque aquí hay 1.400 millones de almas).

Yo, que tengo 54 años, lo más probable es que estuviese muerto si hubiera elegido nacer antes de 1920, pero podría tentarme la nostalgia y atreverme a decir que en la década de 1980 es cuando mejor se vivía (porque yo ahí tenía 20 años y avanzaba sin freno). Sin embargo, una mirada rigurosa a la historia contradiría por completo mi débil argumentación: en esa época en mi país la renta percápita era menos de 1/4 de la actual, había enormes problemas con las drogas que destruían familias enteras, la gente de mi pueblo con 60 años eran ancianas, personas machacadas por el trabajo, con los ojos hundidos, desdentadas y ajadas por la vida.

Y todavía podría venir algún palurdo y decir que el tiempo pasado fue mejor en las décadas de 1940 y 1950, y entonces la cosa es para salir corriendo. A esos crápulas solo les recomiendo que se den una vuelta por cualquier registro civil y corroboren como las personas morían como chinches por un cólico miserere (apendicitis), una muela infectada, un resfriado, inanición, infección de herida, parto, hemorragias (naturales y provocadas)… La dura condición de las mujeres que tenían que parir hasta la extenuación para que les sobrevivieran dos o tres hijos… Una vida de miseria, sufrimiento, incultura y privación. Sería increíble que alguien en su sano juicio quisiera revivir ese tiempo. Y si vamos más atrás en las fechas, la cosa sería aún peor como norma general.

Es cierto que en la actualidad hay guerras, conflictos, hambre, enfermedades y asesinatos; pero en una menor proporción que en otros momentos históricos. Aunque tengamos la opinión de que vivimos un momento terrible, no se corresponde con la verdad.

Pensamos que vivimos en el peor de los tiempos porque estamos intoxicados por las malas noticias.

El problema que tenemos es que ponemos el foco en lo malo.

Estamos abonados a las malas noticias, diariamente los medios de comunicación recopilan todas las desgracias habidas y por haber en el mundo y nos las sirven; lo bueno no vende, lo malo se magnifica. En una sociedad hiperinformada donde las noticias negativas tienen buen mercado y cotizan al alza, acabamos intoxicados de información negativa (infoxicados) y eso se traduce en una percepción negativa del mundo.

En gran medida, la propensión a poner el foco en lo malo, es fruto de nuestro propio diseño genético, un mecanismo defensivo que nos permite identificar los peligros en el entorno. Por eso la mente de forma inconsciente y automática tiende a fijarse en las noticias negativas, una circunstancia de la que se aprovechan los diferentes poderes a través de los medios de comunicación masivos.

Si a esto le unimos la falta de rigor histórico en nuestras apreciaciones, podemos correr el riesgo de creer a cualquier imbécil que nos diga que cualquier tiempo pasado fue mejor, incluso si nos repite esa milonga y nos relata unos cuantos hechos luctuosos ocurridos en el día aderezados con noticias falsas (fake news). Le podemos hasta votar.

Es posible que, puntualmente, algunas personas en la antigüedad hayan tenido una vida más larga y feliz, pero eso es una excepción y no una norma. Si un día vamos al Sahara y por casualidad está lloviendo, no podríamos decir que el clima de allí es lluvioso. Carlos V, todo un emperador, con poco más de 50 años era un anciano, una piltrafa, imagina cómo podrían estar a su edad la mayor parte de sus súbditos que habían tenido la enorme fortuna de llegar a sus años pero con muchas más privaciones.

Para mantener tu salud, desconecta de los medios de comunicación y aprende algo de historia.

Si tu intención es elevada y quieres hacer cosas provechosas, desconecta de los informativos porque tus emociones y estado de ánimo se verán afectados. Y de otro lado, date un baño de historia y conoce cómo se vivía en otros tiempos.

Las cosas buenas que ocurren no tienen público ni medios que las difundan. Y de ahí deriva nuestra falsa percepción de una actualidad terrible. Como decía Stalin, «la muerte de un hombre es una desgracia, la muerte de un millón es una estadística».

No vivimos en un mundo perfecto, hay muchas cosas que mejorar, sin duda, y en esa tarea deberíamos estar aplicándonos, pero nos vemos frenados porque cuando somos golpeados por la negatividad aparece el relato del miedo, y el miedo frena la acción. Cuando el bombardeo es masivo, los efectos se amplifican y magnifican generando un estrés colectivo. Además, lo negativo perdura más en el recuerdo. La gente, después de procesar miles de noticias malas en el día a día, termina atrapada en un estado de ánimo negativo al evaluar como decepcionantes las circunstancias y expectativas de futuro (veo un futuro negro y sin posibilidades para mí).

Coincido con Einstein en que la pregunta más importante que se puede formular el ser humano es si el Universo es amigable u hostil, porque de ella depende todo el valor que podemos crear y el impacto que hacemos en el mundo. La respuesta a la pregunta en buena medida la construimos desde el cúmulo de relatos y noticias que nos filtran en el día a día.

Si no tenemos criterio para balancear lo positivo y lo negativo, y ello exige una perspectiva histórica rigurosa, no podremos entender que vivimos en el mejor momento de la historia. Nunca una generación tuvo en sus manos tantos medios para crear valor.

En general, la visión que tenemos del pasado y del futuro condicionan por completo la acción y resultados del presente

El sentimiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que en el futuro irán peor las cosas es infundado y nos está destrozando, definiendo un estado de ánimo dominantemente negativo en la sociedad actual que frena el progreso.

Al final los estados de ánimo que hay en el mundo se resumen en dos: veo posibilidades para mí en el futuro y no veo posibilidades para mí en el futuro.

La visión de un futuro en positivo no es una elección para los poderes públicos y los creadores de opinión, es un imperativo ético, máxime aún cuando no tenemos argumentos para sostener que el tiempo futuro es peor, so pena de que queramos crear un estado de control manipulando a la ciudadanía mediante el cultivo del miedo, el odio y la zozobra.

Desde los relatos que construimos acerca del pasado (antes se vivía mejor) y del futuro (lo peor está por llegar) se puede manipular el estado de ánimo de una comunidad y así condicionar por completo todas las decisiones que tomamos desde la confianza o desconfianza (el riesgo que asumimos, las opciones políticas que votamos, las decisiones que tomamos respecto a terceros…). Por ejemplo, si a un inversor le expones de manera premeditada a una serie de noticias negativas, su propensión a invertir decaerá y tenderá a guardarse su dinero; si a un país le machacas diariamente con noticias relativas a un crimen, puedes conseguir que la gente se sienta insegura. La crisis nace al sembrar mensajes de negatividad,  y la confianza regresa cuando se divulgan visiones positivas acerca del futuro. Así se hacen las guerras y las paces, se derrocan y encumbran gobiernos…

En ningún momento de nuestra historia tuvimos tanta seguridad, acceso a los alimentos, a la salud, nunca llegamos a vivir tantos años y con tanta calidad de vida, en muchos países es inaudito que dos generaciones consecutivas no hayan sufrido los estragos de la guerra.

La trayectoria que dibuja la historia no hace pensar que nos dirigimos a tiempos peores, más al contrario, los avances científicos y tecnológicos apuntan a que cada vez tendremos cubiertas más necesidades, seremos más longevos y con mayor calidad de vida. Y esta visión no es idílica ni una ensoñación, tenemos por delante enormes desafíos como la reversión del cambio climático, el desarrollo de tecnologías avanzadas que con sus ventajas pueden acarrearnos problemas que tendremos que resolver. Todo ello nos convoca a unirnos y encontrar soluciones, pero sabiendo que lo hacemos en el mejor momento de la historia y con unos recursos y herramientas a nuestro alcance impensables para nuestros antepasados.

Se acabó el tiempo de la queja, comienza el tiempo de la acción.

Si quieres ser partícipe en la construcción del futuro, únete a nosotros.

Movimiento2050 (www.movimiento2050.com).

Adelante!!!

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