Una nueva mirada para entender la vida, el ser humano y las épocas históricas como estados de ánimo.

El recuerdo que tenemos de cada persona, de cada familia, de cada ciudad, de cada país, lo guarda nuestra memoria como un conjunto de emociones. Los recuerdos que nos  trae la mente y evocamos, nos llegan en forma de emociones antes que en datos, información o imágenes.

Nuestra mente registra a las personas de manera automática en función de las emociones que nos transmiten, creando una etiqueta que se genera en segundos. El archivo (recuerdo) que tenemos de los demás y los acontecimientos es más emocional que racional, en función del cual tomamos decisiones, nos enamorarnos, compramos o establecemos relaciones.

Cuando una emoción se repite (por ejemplo: la sensación de estar en peligro), se genera un estado de ánimo (miedo). Así reconocemos determinados estados de ánimo que asociamos a lugares (un barrio determinado, un paisaje); de la misma manera que los días de la semana están asociados a emociones (estado de ánimo del lunes, estado de ánimo del viernes, estado de ánimo del domingo). Al igual que los estados de ánimo definen épocas históricas (estado de ánimo de la sociedad cazadora-recolectora, estado de ánimo de las primeras civilizaciones, estado de ánimo en la Antigüedad, estado de ánimo de la Edad Media, estado de ánimo del Renacimiento, estado de ánimo del Barroco, estado de ánimo de la Revolución Industrial, estado de ánimo de la Alemania nazi, estado de ánimo de la Guerra Fría, estado de ánimo de la pandemia de 2020, etc.).

Los estados de ánimo básicos que tenemos son dos y dependen de la evaluación que hacemos a cerca de nuestras posibilidades de futuro: aquí veo posibilidades para mí (estado de ánimo positivo), o aquí no veo posibilidades para mí (estado de ánimo negativo). Cuando la gente no ve posibilidades en lo que está ocurriendo puede caer en la resignación, la desesperación o la depresión; cuando es al contrario, puede estar en un rango emocional que va de la alegría moderada a la euforia.

Pese a que la economía, el arte, la cultura, el deporte, la política, la filosofía o el pensamiento están gobernados por las emociones; no hemos prestado demasiada atención a la dimensión emocional, de hecho el  pensamiento y la filosofía en los últimos milenios han estado muy centrados en la parte del conocimiento (epistemología), frente a la filosofía del lenguaje que hace su aparición recientemente y se ocupa del dominio emocional.

Cada época histórica, como cada persona, están definidas por unas emociones y un estado de ánimo dominantes. Esto no quiere decir que en una persona o una época histórica no concurran emociones y estados de ánimo diferentes e incluso contradictorios, pero siempre hay uno dominante que las define.

Los estados de ánimo que definen las épocas históricas.

El estilo de vida de las sociedades cazadoras-recolectoras estaba condicionado por la conexión con la naturaleza y sus ciclos, una existencia mucho más plena y reconfortante que la de las primeras civilizaciones agrícolas y ganaderas, cuyo estado de ánimo se vio afectado por los trabajos más penosos, peor alimentación, más enfermedades, dominación, opresión social (nacimiento de las clases sociales), guerras, etc.

Las grandes civilizaciones de la Antigüedad también nos remiten a una radiografía del estado de ánimo en el antiguo Egipto, Grecia o Roma.

La Edad Media nos evoca un estado de ánimo presidido por el miedo y el recogimiento. El Renacimiento por la vuelta de la confianza y el resurgimiento de los valores clásicos. El Barroco nos trae el canto a la vida y la sensualidad que se dispara y desmadra en el Rococó.

El siglo XX nos lleva a otro estado de ánimo marcado por la velocidad y el sentimiento del progreso, un impulso que podemos ver en el movimiento futurista y el manifiesto de Marinetti exaltando la velocidad y el triunfo de lo nuevo, cuyos bríos inspiran a los movimientos fascistas.

La Alemania nazi es un laboratorio ideal para visualizar la gestación de un estado de ánimo colectivo, un proceso que ha de quedar en los anales de la historia para aprender y no repetir como se crean y canalizan las emociones colectivas destructivas.

El siglo XXI nace en torno a un estado de ánimo presidido por la velocidad, la zozobra y la incertidumbre de una realidad que se ha vuelto líquida primero, y volátil después.

Y así llegamos al VIRTUCENO, cuando la civilización cansada de su mundo físico, decide mudarse a otro mundo virtual, una época sin materia, lugares ni tiempo cuyo estado de ánimo está entre la incertidumbre y la esperanza en un mundo mejor.

Los estados de ánimo de cada una de estas épocas no son monolíticos, dentro de ellas conviven momentos de desesperanza, confianza, miedo o alegría; aunque del conjunto siempre hay uno que triunfa.

Los estados de ánimo mueven el mundo, crean la economía, ponen y quitan gobiernos, hacen las guerras y las paces, definen lo bueno y lo malo, lo guay y lo cutre, lo lícito y lo ilícito, lo bello y lo feo; condicionan las creaciones humanas en todas sus facetas, dan forma a los relatos dominantes y determinan las corrientes filosóficas, los movimientos culturales, las creaciones literarias, las artes plásticas, etc.

Los estados de ánimo y su impronta en la creación artística.

Los estados de ánimo en la historia tienen un carácter cíclico, una característica similar al cambio histórico desde la mirada de la dialéctica hegeliana (tesis/antítesis/síntesis).
Pero es sin duda Eugenio d’Ors, quien parte del concepto de “lo barroco” como movimiento artístico para elevarlo a categoría filosófica, como una constante histórica contrapuesta a «lo clásico». Dos conceptos que encierran los dos estados de ánimo fundamentales que definen las épocas históricas y el alma del ser humano.

“Lo barroco” es un conjunto de sentimientos universales que desencadenan un estado de ánimo, cuyo origen está en la  expresión de una cierta actitud del hombre ante la vida, que cabe reconocer en múltiples manifestaciones del espíritu, en cualquier etapa de la historia. “Lo barroco” nace del ciego impulso espontáneo de la naturaleza. «Lo clásico” representa las emociones contrapuestas, aquellas que tratan de encauzar tales impulsos en torno al orden y la mesura. 

“Lo barroco” son las formas que vuelan, frente a “lo clásico” que son las formas que pesan. En la historia hay una primacía de “lo clásico” con la gradación multicolor de estados de ánimo que genera, representando la expresión más plena y sobria del ser humano; pero que a su vez necesita la fascinación y la inspiración de «lo barroco”, un equilibrio de juegos entre la sensibilidad y la inteligencia que reproduce la secuencia cíclica de estados de ánimo, en una espiral que debe llevarnos a la perfección y al progreso humano en todas sus facetas.

Los estados de ánimo son cíclicos y pueden provocarse (activarse y desactivarse).

Las mismas etapas del ser humano (niñez, adolescencia, madurez, senectud) están caracterizadas por el dominio de un estado de ánimo en cada una de ellas, así, en la adolescencia domina “lo barroco” (sensualidad, inspiración, atrevimiento), frente a la senectud (quietud, mesura, razón).

En los años anteriores al 1000, la cristiandad creyó el bulo del fin del mundo, lo que generó un estado de ánimo colectivo dominado por el miedo (no hay posibilidades de futuro para mí). Pasado el año 1000, al comprobar que el mundo seguía su curso, el estado de ánimo de miedo cambió por otro basado en la confianza, abriéndose una etapa de alegría e incluso de euforia.
Por eso, los cambios en los estados de ánimo generan épocas de oscuridad o de expansión y crecimiento. En la base de su activación están los líderes y los relatos de futuro que alimentan.

Un relato inventado que se dirige a una comunidad y dice: no hay futuro (el mundo se acaba), genera un estado de ánimo, que solo puede ser neutralizado por otro relato de otro líder que se haga cargo del estado de ánimo de la gente y diga: aquí hay futuro para nosotros (aunque sea a costa de pedir sangre, sudor y lágrimas).

Igual que en el año 1000 se pasó del terror apocalíptico a la euforia, así podría ocurrir en la crisis del coronavirus si se encontrase una solución rápida a la enfermedad.

El liderazgo crea estados de ánimo.

Los estados de ánimo gobiernan la economía, las épocas históricas, los países. La palanca que mueve los estados de ánimo es el liderazgo, la fuerza que es capaz de congregar a una comunidad de personas en el tiempo para construir un proyecto de futuro y ponerlo en marcha o, a la inversa, destruir el patrimonio y la convivencia que la propia comunidad había logrado.

El liderazgo es el uso de la influencia para hacerse cargo del estado de ánimo de la gente y dirigirlo, la auténtica prueba de fuego que define su altura en los momentos difíciles.

El manejo de los estados de ánimo desde el liderazgo condiciona el devenir de las épocas históricas. Todo se levanta y se destruye con el liderazgo.

Hemos estudiado demasiado tiempo el ser humano, la economía, el cambio histórico, las religiones y los movimientos sociales desde la óptica de la información y el conocimiento, obviando que una parte fundamental que constituye a las personas y mueve la historia son las emociones.

Quizá, si Eugenio d’Ors hubiera profundizado más en la dimensión emocional que constituye la base argumental de este artículo, hubiese llegado a formular una teoría completa del cambio histórico. De la misma manera que Einstein cuando se formuló la pregunta que consideraba más importante (¿el universo es amigable u hostil?), quizá en el fondo se hubiera hecho esta otra: ¿cuál es el estado de ánimo del universo?

Adelante!!!

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