¿Los votantes están abandonado a sus partidos o los partidos están abandonando a sus votantes?

Me contaba mi amigo Luís Bonilla que en plena pandemia, un profesor al reconocer a uno de sus alumnos mientras intentaba ganarse la vida en la calle, le preguntó por qué había abandonado la universidad, a lo que éste respondió: profesor, yo no abandoné la universidad, la universidad me abandonó a mí. 

La desazón de este joven refleja muy bien el desafecto de una sociedad que se siente desatendida por parte de las organizaciones políticas,en un tiempo donde están ocurriendo cambios radicales y disrupciones que precisan nuevas respuestas de unas instituciones acartonadas, incapaces de escuchar, encastilladas en sus posiciones, temerosas ante la magnitud de los cambios y faltas de liderazgo. 

Las personas somos muy fieles a las organizaciones e identidades a las que nos vinculamos.

Y ante esta situación, emerge el viejo dilema de si son los votantes los que están abandonando a sus partidos o son éstos los que están abandonando a los primeros. Los sociólogos y expertos en mercados saben muy bien que los humanos somos gregarios, refractarios al cambio, fieles a nuestras marcas, leales a nuestros recuerdos e identidades; seres fáciles de atrapar en relatos (“relatodependientes”), que solo abandonamos cuando somos agraviados y contrariados por largo tiempo.

Instaladas en esta certeza han vivido cómodamente y durante largo tiempo no solo nuestras marcas de ropa, coches o bebidas, también las organizaciones y partidos políticos a los que nos vinculamos, valiéndose de nuestro ADN tribal y sectario. 

Podemos decir que las ideologías tradicionales y sus propuestas están obsoletas y desgastadas. Hasta ahora han logrado sobrevivir sin cambiar apenas sus estructuras, esquemas de pensamiento y propuestas, valiéndose de nuestras inercias y confiándolo todo a las identidades y fidelidades perrunas de sus votantes históricos y seguidores.

Cuando el mundo cambia, hay que renovar las ofertas a la ciudadanía.

Cuando la sociedad cambia y aparecen nuevas desazones como la ineficiencia de la administración, la inacción y parálisis de los cargos políticos y su acomodo, la burocracia asfixiante, la obsolescencia de la función pública, la inseguridad ciudadana, la ocupación ilegal de la vivienda, la falta de ordenación de la emigración y creación de guetos…y los partidos tradicionales no dan respuesta a estas demandas, rápidamente aparecen otros partidos de corte fascista que se hacen eco de estos desafectos, incluyéndolos en sus programas y convirtiéndose en abanderados de esas desazones, aunque solo sea como consignas populistas para alcanzar el poder.

Por ser ciegos a esta realidad, muchos partidos políticos tradicionales están sufriendo una desafección y una fuga de votos, una herida cada vez más profunda por la que se están desangrando, y que en algunos casos les está llevando al borde mismo de la irrelevancia. 

Aunque la referida sangría afecta al espectro de la derecha e izquierda, se ceba especialmente en los partidos progresistas. Y es lógico, porque su utilidad histórica ha sido hacer nuevas propuestas de futuro a la sociedad, asumiendo el rol de abanderar las demandas ciudadanas emergentes desde el liderazgo y la asunción de riesgos. Por el contrario, la función reservada a las fuerzas conservadoras ha sido la de preservar el orden de cosas del pasado, por lo que su estatus no está tan expuesto a la erosión.

En estos momentos, pareciera que los progresistas se han vuelto conservadores por el miedo de sus élites a perder poder e influencia, sin darse cuenta que el progreso es hacerse eco del signo de los tiempos y cambiar con el cambio. Si la izquierda quiere tener sentido de utilidad pública y recuperar su reputación social, tiene que asumir el riesgo de hincar el diente a los problemas nuevos sin vacilación y sin la tentación de desempolvar viejas recetas que ya no funcionan porque la tecnología, la producción, el trabajo o las relaciones laborales han cambiado. No les queda otra que intentar cosas nuevas y explorar nuevos caminos, como lo tenemos que hacer cada día la mayoría de ciudadanos para salir adelante, con una alta posibilidad de equivocarnos.

El futuro no lo podemos construir preguntando al pasado.

Si Marx viviera en el mundo de hoy, probablemente dejaría de ser marxista de la manera que lo entienden los dogmáticos, porque nadie como él entendió el cambio histórico y cómo las transformaciones en la ciencia y la tecnología condicionan el mundo de la producción, el trabajo y las relaciones laborales; y, por ende, todas las facetas de la vida.

Con la preparación científica y el olfato que tenía Marx acerca del tiempo histórico, si en lugar de haber nacido en el mundo de la Primera Revolución Industrial, lo hubiera hecho en plena Cuarta Revolución Industrial, seguro que plantearía un modelo de sociedad diferente para la realidad que vivimos, distinto a su concepción del socialismo del siglo XIX, desde una dialéctica adaptada al tiempo presente, donde muchos de sus conceptos sobre la producción, la riqueza, las relaciones laborales, el trabajo, la lucha de clases o la dictadura del proletariado, los trastocaría sin ningún rubor, mientras que introduciría nuevas variables a la nueva ecuación histórica.

Los nostálgicos que viven atrapados en los dogmas de la izquierda deberían entender que el socialismo, antes que dogmatismo y fórmulas de pasado trasnochadas, es acción y transformación de las sociedades para su adaptación a los cambios desde los principios supremos de la libertad, la solidaridad y la justicia social. 

El coste de no cambiar por no arriesgar puede hacer que lo perdamos todo.

Lo que deberíamos aprender de Marx es su interpretación del cambio histórico, en parte heredada de la dialéctica de Hegel, que está más vigente que nunca, y cuyos planteamientos comparten historiadores y pensadores de todos los signos. Una lección que deberíamos tener siempre presente desde su análisis visionario de que todo cambio en la infraestructura (tecnología, producción, trabajo), precisa de ajustes en la superestructura (gobernanza, instituciones, partidos políticos, sistema educativo), porque de no hacerlo, se producirán crisis y situaciones traumáticas que desembocarán en grandes tensiones y conflictos de consecuencias imprevisibles. Justo lo que está ocurriendo en este momento y que los partidos políticos no se atreven a enfrentar porque entraña riesgos, cambio de estatus e incertidumbres. 

A quienes no entienden que el socialismo es cambio y transformación, les recomiendo la lectura de la tesis 11 de Marx sobre Feuerbach (los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo).

Aunque la izquierda en el último siglo ha sabido dar un gran salto adelante para liderar y hacer propias las nuevas demandas en derechos sociales, como la igualdad real entre hombres y mujeres, medidas contra la violencia hacia la mujer, derecho a la interrupción del embarazo o el matrimonio entre personas del mismo sexo; cuestiones que contaron al principio con una gran resistencia de las fuerzas conservadoras, pero que a la postre son logros aceptados por la gran mayoría de la población. Sin embargo, en este momento, le están temblando las piernas a la hora de encarar las nuevas demandas que comienzan a ser un clamor, por temor a las críticas internas de sus doctrinarios recalcitrantes, a cometer errores o la pérdida del sillón de sus cuadros dirigentes.

La táctica de que los problemas complejos los resuelva el tiempo, supone la tumba para la izquierda.

De esta manera, los partidos políticos tradicionales se dedican a parchear los problemas con decisiones cortoplacistas, pensando como único horizonte en las próximas elecciones, porque abordar los grandes desafíos y tomar decisiones da vértigo (longevidad, pensiones, crisis climática, consecuencias sanitarias y económicas del envejecimiento, desequilibrios en la seguridad social, burocracia, cambios en la administración, educación, modelo productivo…), escondiéndolos en los cajones mientras se ponen mohosos, posponiendo las grandes decisiones por el apremio de los cálculos electorales de corto plazo.

Muchos ciudadanos no entienden situaciones como que alguien ocupe su vivienda y destroce el esfuerzo de toda su vida, como que la burocracia y la arbitrariedad frenen sus proyectos de vida, como la postergación de la reforma en profundidad de la función pública para convertirla en un verdadero servicio al ciudadano, como la falta de racionalización del gasto de la administración (en España, por ejemplo, hay 8131 ayuntamientos), como la falta de ordenación del fenómeno migratorio que genera tensiones y problemas en muchas ciudades, como los desequilibrios en las oportunidades de vida entre el medio urbano y rural, como los problemas de salud mental de la mayoría mayoría de nuestros jóvenes que están necesitando atención y tratamiento psicológico o psiquiátrico, como el manteniendo de una educación del siglo XIX para el siglo XXI que está conduciendo a nuestros jóvenes a un callejón sin salida, como la emergencia de un “neoproletariado ilustrado” y una clase trabajadora en el umbral de la pobreza… Temas tabú, que constituyen un granero de votos para los antisistema desde sus consignas populistas.

Las fidelidades perrunas ya no dan para ganar elecciones a la izquierda.

Y mientras, las viejas marcas, se quedan en cuadros, jugándoselo todo a unas fidelidades perrunas decrecientes; confiando únicamente en el buen juicio de las personas que seguimos manteniendo lealtad a nuestros antepasados, a nuestros recuerdos, a nuestras nostalgias, a nuestras causas, a una poética y un compromiso innegociable con la vida. Unas adhesiones cada día más frágiles, las cuales, por sí solas, ya no dan para ganar elecciones. 

Aunque las personas somos extraordinariamente fieles a nuestras marcas,  pero cuando las abandonamos, o mejor dicho, cuando ellas nos abandonan, raramente volvemos a ellas.

Quienes no entiendan que la función principal de la política es transformar el mundo, conservando también parte del pasado que configura nuestras identidades, corren un grave peligro de irrelevancia o extinción. Como refiere Urbano García, “o cambiamos o nos cambian, o te aclimatas o te aclimueres”. Claro, que para ello necesitamos la emergencia de nuevos líderes que arriesguen y estén dispuestos a escuchar a la ciudadanía y sacar los problemas de los cajones y enfrentarlos.

Adelante!!!

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2 comentarios en “¿Los votantes están abandonado a sus partidos o los partidos están abandonando a sus votantes?

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