Las relaciones internacionales, un club de apariencia refinada que funciona como una banda de gánsteres.

La ciudadanía ha de abandonar su inocencia y dejar de pensar que el mundo se mueve por reglas justas. La política internacional en sus más altas esferas, es lo más parecido a una banda de gánsteres, donde el único fuero es la fuerza y su ejercicio intimidatorio al servicio de unos intereses económicos, cuyas prácticas son lo más parecido a las mafias. La mayor parte de las veces, la apelación a dios, la patria, la seguridad, los derechos humanos, la justicia, la libertad o la democracia; no son más que burdas excusas para justificar las acciones más atroces a favor de los intereses económicos de los poderosos.

Así, las relaciones entre países, con algunas honrosas excepciones, se mueven igual que una banda de barrio, sus estructuras de poder y mecanismos son los mismos que los de las viejas tribus guerreras, solo que con instrumentos coercitivos más sutiles y una diplomacia florentina más cuidada, pero con armas de destrucción masiva mucho más poderosas, que se activan sin importar sus trágicas consecuencias.

Un mundo en el que los países que más fuerza tienen se comportan como sátrapas.

Así, quienes tienen más fuerza, elevan sus leyes a rango de justicia universal, otorgando la categoría de amigo o enemigo a quien rinda pleitesía o muestre discordancia y sometiéndolos a su arbitrio.

En el mundo, la única ley que impera es la del más fuerte, los organismos internacionales que nacieron tras la Segunda Guerra Mundial, como la ONU, no tienen ningún poder y, en última instancia, sus decisiones están en manos de los poderosos con su derecho a veto. Otras instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, no son más que la expresión de la plutocracia sobre la justicia.

No hay fuero, empatía ni sentido elemental de la justicia. 

Amparados en los secretos de estado y evocando el sacrosanto derecho a la “seguridad nacional”, se cometen todo tipo de tropelías en el mundo, donde los platos rotos los pagan siempre los más inocentes, los pueblos, las familias; que son a la postre quienes ponen la sangre y las víctimas que alimentan los delirios de poder de las grandes potencias y sus élites.

En nombre de dios, la patria, la seguridad, la libertad, la democracia, los derechos humanos o la justicia, se invaden países, se siembra el caos y la destrucción y se roban las riquezas de otras naciones. Y todos estos actos atroces se realizan manipulando sin pudor con las emociones y las vidas de miles de millones de personas, mientras actúan sus potentes mecanismos de propaganda, aniquilando o encarcelando a las voces disidentes en los países no democráticos; o ablandando con prebendas, aislando y ridiculizando a los díscolos en los países “democráticos”.

Al final, la inmensa mayoría de la ciudadanía acaba comulgando con ruedas de molino.

Como ciudadano o ciudadana del mundo, abandona de una vez tu inocencia, deshazte de la propaganda con la que te envenenan unos y otros,  y no te asustes al descubrir que el mundo no es como te lo han dibujado, no es una lucha entre buenos y malos, entre ángeles y demonios. La vida real es pura injusticia, depredación y arbitrariedad al servicio de los intereses económicos.

Las relaciones internacionales son relaciones entre estados en claves de poder.

Que no se mueven por los derechos humanos o reglas morales, son relaciones de fuerza entre estados donde manda quien mayor violencia puede ejercer.

Entonces, ¿cuáles son las reglas? Pues aquellas que impone el más fuerte, exactamente igual que en cualquier tribu guerrera u organización mafiosa: aquí se hace lo que yo ordeno, yo soy la única fuente de ley, yo impongo los premios y castigos, quien no es mi amigo se convierte automáticamente en mi enemigo, el relato bueno es el que yo dicto…

En la Guerra fría, había cierto equilibrio de poder a escala mundial, tras la desaparición de la URSS, fue Estados Unidos quien dictó las normas y tuvo la ocasión para haber creado un status quo más justo, pero se comportó como un sátrapa y actuó de manera arbitraria.

El problema que vivimos hoy es que el gendarme global, ya no tiene la fuerza de antaño y su poder intimidatorio no es el mismo, mientras surgen otras fuerzas como China y Rusia que se le suben a las barbas y exigen nuevas reglas y reparto de cuotas de poder.

Todo ello hacen a la deriva actual muy peligrosa, y  la intoxicación a la que nos vamos a ver sometidos por todos los bandos va a ser insultante.

A través de los poderosos mecanismos de la propaganda y la desinformación, nos manipulan a su voluntad, activando los mecanismos  del miedo y el odio a su antojo;  condenándonos a enfrentarnos a otros pueblos y conduciéndonos al matadero como borregos guiados por sus burdos relatos que nos venden como verdades incontestables.

Incluso en países con una gran tradición democrática que se consideran cultos y con sólidos principios, rápidamente quedan en papel mojado cuando entran en contradicción con los intereses de la superpotencia de turno, que termina arrasando con el sentido común más elemental al imponer su relato oficial.

Nos creemos muy modernos, incluso en algunos países privilegiados pensábamos que estábamos blindados contra la barbarie, y en realidad el mundo ha cambiado muy poco en sus mecanismos coercitivos básicos. 

Vivimos en el más burdo imperio de la fuerza, la única ley verdadera son las normas leoninas del matón de turno que impone su arbitrio a los demás a través de la diplomacia, detrás de la cual vienen las amenazas que preceden a la violencia extrema. Así, sin pudor alguno, se fabrican pruebas falsas, se invaden países, se quitan y ponen gobiernos, se prostituye a las naciones, se roban sus recursos, y se convierten en basureros y patios traseros de los países poderosos a países y continentes enteros.

El pragmatismo de la realpolitik.

Desgraciadamente, la historia siempre la escribió y la sigue escribiendo el que es más fuerte militarmente, quien establece qué es el bien y el mal, lo legítimo e ilegítimo, lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo.

Tanto en los países democráticos, como en los no democráticos, la verdad está proscrita, con la diferencia que en éstos últimos, si dices lo que piensas te llevan a la cárcel; mientras que en los primeros, la voz disidente queda aplastada por el relato de los medios oficiales, que anulan el pensamiento libre e idiotizan a quienes piensan de manera diferente.

La oficialidad dice a los ciudadanos lo que está prohibido decir y pensar. Y lo que es peor, lo que tienen que decir y como decirlo. Lo que para unos es la invasión de un país, para otros es una operación militar especial. Cada parte vive en la fantasía interesada de su relato, mientras se pisotea la inocencia y se incuban rencores que generan heridas heridas cada vez más profundas.

A lo largo de la historia no hemos aprendido nada, seguimos comportándonos de manera egoísta y dando rienda suelta a nuestros peores instintos, solo que ahora contamos con un arsenal para reducir al planeta a cenizas.
Como ciudadanos responsables no podemos aceptar y dar por bueno este despropósito, porque los intereses y delirios de los poderosos, los pagamos todos, los americanos, los rusos, los chinos, los europeos, los africanos.

Sin embargo, no podemos caer en el nihilismo al descubrir que quienes gobiernan el mundo no tienen ética ni moral, solo “intereses nacionales”, que no hay que confundir con los intereses de las personas de sus naciones.  La única vía para neutralizar esta barbarie es la acción ciudadana y el desarrollo de la inteligencia colectiva para salir de esta minoría de edad a la que nos tienen sometidos y narcotizados con tanta insidia.

Son tan burdas sus mentiras que sus argumentos insultan al sentido común.

Adelante!!!

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1 comentario en “Las relaciones internacionales, un club de apariencia refinada que funciona como una banda de gánsteres.

  1. Malaquías Jiménez

    Magnifico articulo Juan Carlos, nítidamente claro, conciso y preciso. me ha encantado por la contundencia y la claridad de tu exposición. Gran verdad lo que dices. Te felicito, y espero que lo leamos muchos. !ADELANTE!

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