A ver si me llaman.

Con motivo de la entrega de los Premios Goya del cine español de 2022, muchos actores manifestaban en los medios de comunicación su desazón ante la tensa espera que supone estar esperando a que suene el teléfono con la esperanza de que alguien les ofrezca un trabajo. El mismo día por la noche, Rafael Álvarez (El Brujo), en un programa de televisión vino a decir: yo no puedo estar esperando a que me llamen, tengo que inventar cada día mi propio trabajo, emprender nuevas iniciativas y proponer nuevas ofertas a los espectadores. En definitiva, dos actitudes diferentes ante la vida que son la metáfora de nuestra forma de ser y estar en el mundo (los que esperan y los que actúan).

En ese momento pensé que el colectivo de artistas no es otra cosa que el reflejo de nuestra sociedad, donde una inmensa mayoría esperan que los demás les resuelvan la vida y una minoría no acepta esa condición, se revela y se convierte en dueña de su destino.

A ver si me llaman, es la frase que mejor expresa el sentido de un pensamiento y actitud aprendida, un tic cultural de una sociedad donde la mayoría de individuos se han convertido en dependientes. Y esto es terrible porque con este acto ponemos nuestro destino en manos ajenas, perdemos las riendas de nuestra vida y hacemos depender nuestro devenir de factores externos fuera de nuestro control, para vivir permanentemente de prestado. Así el tiempo se nos va en esperar, aguardando un golpe de la fortuna, mientras invocamos a nuestros dioses, vírgenes y santos o reivindicamos que la familia, el Estado o la divina providencia se haga cargo de cubrir nuestras necesidades, presentando la dimisión de la responsabilidad para conducir nuestro destino. ¡Terrible! 

Necesitamos promover una cultura emprendedora como el respirar.

Montar un nuevo espectáculo, promover una película, emprender una empresa, poner en marcha una cooperativa de actores, inventar una oferta, actuar en la calle o hacer una campaña de crowdfunding, me parece una actitud mucho más positiva que estar esperando a que me suene el teléfono, porque cuando me he visto atrapado en algunos momentos de mi vida en esa trampa, me he sentido débil y privado de las funciones más gratificantes que nos regala la vida. Tanto es así, que ya no espero a que suene el teléfono para que alguien me haga una oferta, sino que lo hago sonar para hacérselas yo a los demás, porque aprendí que quien hace depender su vida de que le llamen se arriesga a que el teléfono no vuelva a sonar nunca.

Ahora puedes comprender cómo en un país y en una cultura donde muchas personas viven en la esperanza pasiva se utiliza tanto la palabra suerte para referirse al logro ajeno, a la par que verbalizamos como un mantra todo tipo de quejas y excusas, para desde ahí condenarnos al pecado capital de la envidia mientras nos quemamos en la hoguera de la vanidades. Por eso estamos en el paraíso de las loterías y los loteros, los juegos de azar, las casas de apuestas, las tragaperras y los cupones; porque los devotos de la suerte se cuentan por decenas de millones.

Y esta no es una cuestión menor, no es inocente, es el indicador de un gran fracaso colectivo que hace depender nuestro devenir de un golpe de la fortuna, en lugar de poner la sala de máquinas y el foco de nuestras vidas en expandir nuestra creatividad, esfuerzo, actitud proactiva y espíritu emprendedor. Una situación que nos convoca a dar un salto desde la dependencia a la mayoría de edad si no queremos vivir con el corazón en un puño esperando las decisiones que los demás toman sobre nosotros.

La condición humana de la espera no es genética, es aprendida.

Cuando el ser humano del Paleolítico se levantaba por la mañana, no esperaba a mirar la quiniela ni el número premiado en la lotería; tampoco se lamentaba de su suerte ni esperaba a que le trajeran la compra del supermercado a la cueva. Simplemente se ponía en marcha para proveerse del alimento, cazaba, pescaba, recolectaba, fabricaba sus herramientas, vestido y calzado. Y como todavía no se había inventado la palabra suerte, se valía por sí mismo y salía adelante con su esfuerzo, espíritu inquieto y atrevimiento. Algo que por otro lado está en nuestro recuerdo genético, pero que estamos perdiendo fruto de una educación que fomenta una cultura acrítica y dependiente.

Necesitamos una nueva cultura que nos empuje a salir a la calle a buscarnos la vida.

Pedimos a nuestros jóvenes que estudien mucho y saquen buenas notas para que luego otros les puedan contratar. ¿Qué podemos esperar de esa siembra sino personas en espera que hacen depender su vida de enviar currículums, opositar o que el servicio público de empleo les ofrezca un trabajo? 

Dar una vuelta de tuerca a este sinsentido precisa de un cambio de paradigma cultural sustentado en una nueva educación para la emancipación y el desarrollo de personas creativas, innovadoras, emprendedoras y líderes desde donde alcanzar una emancipación plena; cultivando el amor propio en nosotros mismos, nuestros hijos y las futuras generaciones que nos evite un futuro distópico de personas dependientes.

La vida misma de nuestra sociedad se refleja en la metáfora de un teléfono, donde hay muy pocos llamando y muchos esperando una llamada salvadora. Una realidad en la que los que llaman son los que promueven, emprenden, innovan, lideran, los que piensan en grande y se dan permiso para soñar, los que conciben grandes cosas y desarrollan la voluntad inquebrantable para llevarlas a cabo; y los que esperan son los que consagran su vida a hacer realidad los sueños de otros.

Y mientras, descargamos nuestra frustración criticando a quienes esperamos que nos llamen (qué suerte tiene, seguro que lo logró haciendo chanchullos…), mientras buscamos excusas a nuestra mala suerte (todo me sale mal, la culpa es de los demás, es que soy muy viejo, es que soy muy joven, es que todavía no sé lo suficiente, es que no tengo dinero, es que, es que …), y así consumimos nuestra vida haciéndonos trampas al solitario.

Cuando más inútil y degradado en mi condición humana me he sentido ha sido esperando la decisión de otros sobre mí. Un día que estaba en ese trance me dije, esto se acabó, es la última vez que lo hago, en adelante la vida me podrá tratar mejor o peor, pero mi vida no se va a consumir en esperar a ver si me llaman, ahora voy a ser yo el que se pone al otro lado, seré yo el que llame. Y mi vida cambió.

Adelante!!!

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