
RESUMEN DEL ARTÍCULO
Los mercenarios más peligrosos de de hoy ya no luchan en el campo de batalla: se alquilan en los platós, las redes sociales, los tribunales y las cloacas de las universidades. Reclutados entre ex-cargos resentidos, académicos estancados profesionalmente y viejas glorias dispuestas a mudar de piel, estos operadores a sueldo desprovistos de principios ejecutan el trabajo sucio que para sus pagadores supone un riesgo difícil de asumir por el coste reputacional que conlleva.
A través de una red de medios y pseudo-medios y libelos digitales, alimentan un espectáculo mediático vomitivo. Salen a escena con las desgracias colectivas (inundaciones, incendios, crisis migratorias, asesinatos) como perros de presa para fabricar o alimentar bulos, envenenar la convivencia y manipular a legiones de bobos incautos. Su táctica calca los métodos de la propaganda nazi diseñada por sus amos: linchamiento personal, señalamiento del enemigo y manipulación circular del relato.
Como Judas a la espera de su exigua bolsa de monedas, su único dios es el dinero y su patria, el mejor postor. Estos pobres demonios exhiben su docilidad mediática disfrazados de falsos defensores del pueblo, sosteniendo un sistema que maximiza beneficios a costa de la polarización social.
Frente a esta maquinaria destinada a moldear la opinión pública mediante engaños y medias verdades, el único antídoto posible es el espíritu crítico de una ciudadanía bien formada.
Adelante!!!
ARTÍCULO COMPLETO
La acepción más común de mercenario (del latín merces, -edis: «pago») es la de un militar a sueldo que, desprovisto de ideología y principios, se mueve exclusivamente por un interés material, siempre dispuesto a venderse al mejor postor. Esta figura, que históricamente habíamos asociado al ámbito de la guerra, se ha sofisticado en los últimos años. Tras el perfeccionamiento de los mecanismos de influencia de los grandes grupos de poder, apoyados por sus tentáculos empresariales, los mercenarios han dado el salto a los platós, los tribunales, las universidades o las redes sociales: allí donde sus amos encuentran espacios para proteger sus negocios.
El control de los medios de masas
Enfrentarse de forma abierta a la comunidad científica y negar o minimizar los efectos del cambio climático, defender las bondades de la comida basura, ocultar las consecuencias catastróficas de los contaminantes que envenenan el planeta, tapar las causas de injusticia y depredación de recursos que originan los fenómenos migratorios o cuestionar las vacunas resulta demasiado arriesgado para la reputación de los grandes grupos de poder. Por ese motivo, les resulta infinitamente menos expuesto y más seguro desplegar otro tipo de estrategias más sutiles.
Cuando las falsedades se repiten en el tiempo se va construyendo opinión pública; y cuando el relato logra una aceptación mayoritaria, a esa mayoría social poco le importa que sea verdadero o falso: lo único relevante es que encaje en sus creencias previamente sembradas. Las grandes corporaciones iniciaron hace décadas una inversión tan calculada como peligrosa que hoy pagamos muy cara: hacerse con los medios de comunicación e integrarlos en sus planes de negocio. El modelo del Grupo Murdoch —que fue engullendo cabeceras independientes por todo el planeta para imponer líneas editorialistas al servicio del poder económico— demostró cómo se puede monopolizar la información para moldear el imaginario colectivo mediante mentiras y medias verdades.
A esta hiperconcentración mediática se suma hoy la eclosión de un ecosistema de pseudo-medios y libelos digitales financiado sin pudor con dinero público desde administraciones afines. Estos actúan de forma orquestada para fabricar bulos a diario, envenenar la convivencia, perseguir ad hominem a adversarios políticos y desestabilizar a gobiernos democráticos. Para configurar la estrategia en el escalafón más bajo y rastrero, solo hay que reclutar mercenarios en las cloacas de las universidades, políticos descontentos que se han quedado sin su trozo de pastel, ex-cargos resentidos, exaltados y «viejas glorias» dispuestas a mudar de piel. Puestos ante el altavoz de los medios, repiten a diario el mismo mantra apoyado en datos cocinados y argumentos efectistas, diseñados para ser engullidos por legiones de bobos incapaces de descifrar la raíz del engaño y desviando la atención de donde verdaderamente está el problema.
El espectáculo vergonzante de los medios de comunicación
Es vomitivo asomarse cada día a la televisión o la prensa y observar exactamente el mismo patrón: un recorrido amarillista por las desgracias de la jornada (inundaciones, incendios, fenómenos migratorios, robos, atentados, violaciones) enfocado en magnificar el miedo e invisibilizar las causas estructurales de esas realidades. Acto seguido, salen a escena los militantes de la vida mercenaria como perros de presa, repitiendo las consignas de sus amos y haciendo semblanza de lo obvio. Su único objetivo de fondo es el que dicta la propiedad del medio y al magnate a quien se debe: destruir a quien atente contra sus intereses.
Todo está perfectamente orquestado. Basta observar cómo los titulares fijados por los grandes grupos financieros se trasladan en cascada a las cabeceras nacionales, regionales y locales, para ser amplificados después por sus guerrillas en redes sociales. El trabajo sucio, como en las películas de gánsteres, no lo hacen los capos; para eso están estas legiones de mercenarios que esperan, como Judas, su exigua bolsa de monedas. Su único dios es el dinero, su patria es el mejor postor y su ideario es la partitura que les escribe su amo.
Patrón para identificar el comportamiento mercenario
Para reconocer a estos actores cuando intervienen en un debate público, basta comprobar si responden a un claro patrón de conducta. La táctica suele comenzar con el abordaje razonado del tema, pero el objetivo último de la intervención es señalar siempre a una persona o colectivo concreto como responsable de todos los males. A esto se le suma una evidente exageración estratégica, mediante la cual se maximiza y deforma un argumento o hecho aislado de forma recurrente para sembrar la alarma. Asimismo, estos actores aplican de manera constante la simplificación ad hominem; es decir, ante problemas complejos, se recurre a explicaciones reduccionistas que derivan de nuevo en el ataque personal.
El discurso se sostiene sobre la base de una repetición circular, en la que se reiteran dos o tres mensajes de manera obsesiva, machacona y circular. Además, cuando faltan los argumentos lógicos, ponen en marcha la maniobra de distracción, momento en el que se ejecuta una cortina de humo para regresar al mantra inicial. Finalmente, toda esta escenificación se escuda en una falsa unanimidad, pues se manifiesta categóricamente que existe un consenso absoluto e incuestionable en torno a sus postulados.
Si has identificado estas sensaciones al escuchar a un tertuliano u opinador profesional, debes saber que no es casualidad: este patrón encaja punto por punto con los 11 principios de la propaganda nazi diseñados por Joseph Goebbels.
Cómo se promociona un mercenario del siglo XXI
Igual que antaño —y todavía en ciertos conflictos bélicos— los mercenarios se ofertaban en la plaza pública haciendo alarde de sus actos despiadados y exhibiendo sus artes militares, los actuales lo tienen más fácil: les basta con salir a las redes sociales a mostrar su docilidad y alineamiento con los intereses de los poderosos. Un desfile por una pasarela infame para ser detectados y fichados para hacer la guerra sucia.
Pobres seres, pobres vidas mercenarias que ascienden y descienden a capricho de sus dueños, con un éxito tan fútil como el de los dioses de barro. Son «Marsistas» (de los de Groucho): estos son mis principios irrenunciables, pero si pagas más, los cambio por los tuyos. Lo grave de todo esto no son estos pobres demonios que hacen el trabajo rastrero, sino el sistema que los orquesta, sembrando un relativismo moral devastador y convirtiendo la polarización social en el caldo de cultivo ideal para maximizar sus beneficios económicos.
Aunque llegar al corazón de la mafia —esa que proclama abiertamente «el que pueda decir que diga y el que pueda hacer que haga»— resulta misión imposible por su extraordinario blindaje, la única esperanza que nos queda es aprender a reconocer a estas voces mercenarias, a menudo disfrazadas tras grandes declaraciones de principios como supuestos defensores del interés nacional, de los jóvenes, de los agricultores, de los trabajadores o de los más desfavorecidos.
Si te preguntabas por qué una parte importante de la opinión pública acaba siendo terraplanista, nacionalista fanática, supremacista, antivacunas o negacionista del cambio climático, aquí tienes las claves. El único antídoto contra una sociedad mercenaria es una ciudadanía bien formada, con espíritu crítico y capaz de desentrañar los sutiles mecanismos con los que nos manipulan los poderes hegemónicos que realmente mueven el cotarro.
Adelante!!!
*Nota. Para profundizar más en el artículo, accede a los siguientes enlaces:
Aquí tienes los textos más directos y resumidos, yendo al grano de cómo conectan con tu artículo:
Refuerza la figura del «mercenario académico». Muestra cómo ciertos tertulianos y falsos expertos utilizan datos vacíos y discursos catastrofistas para señalar culpables ficticios, distraer a la opinión pública y hacer el trabajo sucio sin aportar soluciones reales.
Apoya tu tesis sobre las tácticas de Goebbels. Explica cómo los grupos de poder imponen mentiras repetidas y discursos dominantes para ocultar los verdaderos problemas estructurales, generando una frustración social que alimenta la polarización y el extremismo.
Explica el mecanismo psicológico del engaño. Las élites y sus algoritmos explotan nuestro instinto tribal, logrando que la sociedad (negacionistas, antivacunas) prefiera creer mentiras que encajan con sus prejuicios antes que aceptar la evidencia científica.
Profundiza en la «partitura» que recitan los mercenarios. Demuestra que quien monopoliza el relato tiene el verdadero poder: los medios construyen narrativas artificiales para moldear la realidad, alienar a los ciudadanos y proteger los intereses del gran capital.
