Los pecados capitales de un curioso país

Qué bien sabemos atacar cuando alguien intenta despuntar, halagar cuando alcanza la cima, crucificar cuando se ceba con él la adversidad y enterrarlo con alabanzas el día de su muerte.

Qué malos somos reconociendo los éxitos ajenos. Cuánto nos cuesta celebrar el talento, el esfuerzo y el logro del otro mientras todavía lucha por abrirse camino. Pero qué buenos somos en el halago cuando ya ha triunfado. Aquel que ayer era un conocido sin nombre, con quien guardábamos las distancias, se convierte de repente en alguien entrañable, cercano, casi íntimo. Nuestro amigo de toda la vida.

Qué buenos palmeros somos en las cortes de aduladores que rodean al triunfador buscando algún rédito personal. Y qué excelentes somos crucificando cuando ese mismo triunfador es empujado al precipicio o cae en desgracia. Entonces, las alabanzas se transforman en condenas y nuestros juicios se vuelven punzantes, incisivos e implacables. Quienes ayer aplaudían descubren hoy, con sorprendente lucidez, todos los defectos del caído.

Qué mala memoria tenemos. Qué poca lealtad al ausente. Qué escasa capacidad para preguntarnos si estamos participando en una injusticia.

Somos magníficos olvidando y dejando en la cuneta a quien ayer adulábamos. Pero también somos extraordinarios encontrando un nuevo santo al que subir a los altares. El rey cambia; la corte permanece. Y casi nadie se atreve a decirle que va desnudo, que está haciendo el ridículo y que quienes lo rodean no lo ayudan cuando le dicen lo que quiere oír, sino cuando tienen el valor de decirle lo que necesita saber.

Qué buenos seríamos si nos reconociéramos como lo que somos: seres imperfectos, heridos por sufrimientos pretéritos y venideros, necesitados de aplausos mientras luchamos en la arena del circo de la vida, de tener una tabla salvadora cuando nos hundimos. Si pudiéramos vacunarnos contra los efectos narcotizantes del éxito, contra el mal de altura y contra la “exitocina”, esa sustancia que alimenta la arrogancia y hace creer al triunfador que la cima será eterna. Si aprendiéramos a encajar la derrota, apelando a la épica, la resistencia y la resiliencia. Y aunque solo sea por autoempatía, recordar cada día que todos atravesaremos esas vicisitudes a lo largo de la vida.

Siempre he medido la calidad humana por la capacidad de ponerse en el lugar del otro: sufrir con quien sufre, celebrar con quien se afana, tender la mano a quien asciende y soltarla cuando llega a la cima y ya no la necesita. Pero, sobre todo, por acompañar en la soledad de la bajada, en la caída brusca al precipicio, en la lenta digestión de la derrota y en la cura del alma necesaria para volver a luchar.

No hagas leña del árbol caído. No te marees con el mal de altura. Recuerda que los demás te observarán durante el ascenso, pero te recordarán durante la bajada por cómo te comportaste cuando estabas arriba. Si lo haces, estarás enviando una poderosa señal al universo. Trata a los otros como te gustaría que ellos te trataran a ti. El destino puede arrastrar por el suelo, en un instante, tu identidad, tu reputación y tu prestigio. Nadie está a salvo del fracaso, la pérdida, el descrédito, el escarnio o el olvido.

Conviene recordar la lucidez de Cervantes: «Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades».

A lo largo de tu vida serás atacado, ninguneado y privado de reconocimiento. También conocerás el éxito. Después podrás ser cuestionado, crucificado y, finalmente, enterrado. Vivirás todos esos momentos. De ti dependerá cómo te comportes en cada uno de ellos y, sobre todo, cómo trates a los demás cuando les toque atravesarlos.

Reconozco, sin ser ejemplo de nada, mi rechazo visceral hacia las cortes de palmeros que acompañan al rey desnudo y mi inclinación natural a ejercer de abogado de las causas perdidas. Me veo reflejado en el pellejo del desahuciado. Siento debilidad por bajar al infierno, estrechar la mano del ángel caído y decirle: hay que seguir adelante, aquí estoy de nuevo, volvamos a intentarlo. Cada persona merece ser recordada por sus mejores obras.

Perdón, se me olvidaba: en este país somos excelentes enterrando. Nos deshacemos en alabanzas y encumbramos al difunto el día del óbito. Descubrimos entonces su talento, su bondad y su grandeza. Le concedemos muerto el reconocimiento que tantas veces le negamos mientras estaba vivo y todavía podía escucharlo.

¡Puta miseria moral!

Adelante!!!

*Nota. Para profundizar más en el artículo, accede a los siguientes enlaces:

Mal de altura

El artículo advierte de cómo el éxito y el poder pueden deformar a las personas cuando nadie se atreve a decirles la verdad. Conecta con la crítica a las cortes de aduladores y al rey desnudo.

Planta un olivo

Reivindica el esfuerzo paciente, el legado y la generosidad de trabajar para que otros recojan los frutos. Frente al aplauso oportunista, propone reconocer a quienes construyen antes de alcanzar el éxito.

La peor fantasía. En cien años, todos calvos

El texto invita a aceptar la adversidad y a prepararnos para las caídas inevitables de la vida. Su mensaje refuerza la necesidad de humildad, resistencia y empatía hacia quien atraviesa la derrota.

La envidia. Nuestro pecado capital

Es el texto más directamente relacionado con el artículo, porque analiza nuestra dificultad para reconocer y celebrar el éxito ajeno. La envidia aparece como el origen de la crítica, el ninguneo y el deseo de ver caer a quien destaca.

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