El futuro ya no es lo que era (Mafalda). Necesitamos una nueva gobernanza.

Si nos asomásemos a los órganos de gobierno de nuestras instituciones y organizaciones, nos llevaríamos un susto monumental ¡Todos están en la vorágine del día a día y nadie está ocupándose del futuro! “¿¡Cómo puede ser esto!?” La gestión absorbe todas las energías, todo el mundo está en lo urgente y no hay nadie en lo importante.  ¡El barco donde vamos todos no tiene timonel! Vamos a la deriva y si no nos lo tomamos en serio vamos a naufragar (no tendremos futuro profesional, pensiones, horizontes…).

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“No hay viento favorable para quien no sabe adónde se dirige. Donde no hay visión la gente perece”. Necesitamos una nueva forma de gobernarnos, una nueva gobernanza (individual y grupal).

El mundo ha cambiado y seguimos gobernando de la misma manera nuestros países, regiones, ciudades, empresas, organizaciones, familias y nuestras propias vidas. Un mundo global carece de una gobernanza global y las organizaciones supranacionales como la Unión Europea son blanco de continuos ataques desestabilizadores por parte de la vieja institucionalidad y unos estados-nación hegemónicos que son reactivos al cambio.

Cada época histórica genera unas instituciones, estructuras y formas de gobierno; el problema es cuando en un tiempo nuevo seguimos con las formas de gobierno antiguas, esto produce un desbarajuste histórico como el que estamos viviendo.

Vivimos en un desajuste histórico producido por la aceleración.

Todo cambio en la infraestructura precisa ajustes en la superestructura, una interpretación del cambio que concita el consenso de marxistas y no marxistas; y en la mayor transformación estructural que ha conocido la humanidad impactada por los cambios en la tecnología, la economía, la producción y el trabajo, seguimos con un modelo y estilo de gobernanza que apenas se ha movido, por eso en las próximas décadas vamos a asistir al mayor cataclismo institucional de la historia, se van a remover los cimientos de las instituciones políticas, las organizaciones, las empresas…

El problema de la nueva civilización que habitamos es que el tiempo se ha acelerado. Hace unas décadas un gobierno, empresa, familia o un individuo podían realizar una planificación fiable con un horizonte temporal de años o décadas; en el contexto actual el mundo cambia en meses o semanas, precisando una planificación flexible y permanente con una reprogramación continua de objetivos y prioridades, los escenarios cambian, las dianas se mueven. Consecuentemente nuestras instituciones y organizaciones necesitan personas que se ocupen de otear horizontes, atisbar tendencias y abrir futuros, no sólo gestores del presente.

Claro que nuestras instituciones necesitan buenos administradores de los recursos públicos, pero también buenos diseñadores del futuro ocupados en velar por el porvenir de todos, estrategas y líderes que se empleen a fondo en esa labor.

Las estructuras y organigramas gubernamentales están obsoletos, nadie se ocupa del futuro.

Ahora analicemos la estructura de un gobierno (país, región, ciudad), observaremos como en sus diferentes áreas hay personas al frente de la gestión (economía, educación, trabajo, sanidad, industria, cultura…), pero no hay cargos relacionados con el diseño de las políticas del futuro, dichas políticas se abordan a salto de mata, cuando no hay más remedio, adquiriendo la apariencia de remiendos para sostener a duras penas un modelo agotado. Una tormenta perfecta que se retroalimenta con el diseño de nuestras democracias donde el horizonte y las prioridades de futuro son las próximas elecciones (nuestros gobernantes piensan en las próximas elecciones no en las próximas generaciones).

Así cuando preguntamos a un presidente/a, ministro/a, consejero/a: qué país sueñas o estás construyendo para dentro de 10 años, sólo escucharemos vaguedades, porque bastante tiene con gestionar toda la carga administrativa y problemas del día a día. No digamos si la pregunta es ¿qué educación, economía o trabajo estás construyendo para dentro de 10 años?

Cómo un un ministro/a, consejero/a, intendente/a de educación (por ejemplo) va a estar centrado en el diseño y desarrollo de una educación transformadora si las tareas de gestión diaria le absorben por completo su tiempo hasta el límite del agotamiento y el estrés (huelga de maestros, logística, goteras de los colegios, transporte escolar…). Por supuesto que son tareas importantísimas, pero no son menos importantes las que no se realizan (cómo adaptamos la educación para dar respuesta a las necesidades de la economía y el empleo, qué cambios curriculares hacemos, qué cosas nuevas tenemos que enseñar…). Y así en todas las áreas de gobierno (economía, empleo, cultura, industria, agricultura…). Gestionar el presente es muy importante pero construir el futuro no lo es menos en un mundo donde el futuro llega rápido y no se parece en nada al pasado.

Todos coincidimos en que construir el futuro es muy importante, pero que escasa importancia le concedemos y que poca dedicación nos tomamos en ello, entre otras cosas porque nos movemos por la inercia institucional del “así se ha hecho siempre”. Para tomar decisiones nos remitimos a la historia (cómo se resolvió el problema en el pasado), y sobre esa respuesta actuamos en consecuencia (tomamos decisiones).

El futuro ya no es lo que era (Mafalda).

En el fondo todo esto viene de una concepción del mundo y del tiempo histórico heredada, una interpretación del futuro como algo que está ahí delante, una realidad hacia donde nos dirigimos sin que tengamos ningún control o margen para definirla y construirla: “el futuro ya vendrá, cuando esté aquí ya veremos”… ¡Craso error el dontancredismo! Al que tan acostumbrados estamos. El futuro para la gobernanza no puede ser un punto fijo al que nos dirigimos inexorablemente, un ámbito de preocupación, sino una ocupación para inventarlo y generar un espacio emocional, una movilización colectiva para habitarlo.

Cuando el futuro estaba muy lejos en el horizonte y lo veíamos llegar con mucha antelación  nos acostumbramos a despreocuparnos de él y a centrarnos en el presente, para cuya gestión mirábamos al pasado, nos servíamos de la experiencia para resolver los problemas y conflictos; bajo esta lógica construimos unos modelos de gestión que ya no sirven.

El resultado es que el futuro no estaba en las prioridades, como mucho lo abordábamos de soslayo, era algo lejano y previsible, entonces ¿para qué preocuparnos de él? Por eso no le dedicamos tiempo, ocupa muy poco espacio en la agenda.

Concedemos una gran importancia a la experiencia, al estudio del pasado, pero muy poca a preparar el futuro. Sin ir más lejos, yo estudié la carrera de historia en la universidad, me hubiera gustado hacer la carrera “futuro”, pero no existía ni existe. ¿Qué es más importante el pasado o el futuro? Entonces ¿por qué hemos relegado al futuro a las conversaciones y ocupaciones menores? ¿Por qué no está en el centro de nuestra ocupación? La realidad es que el tiempo futuro lo hemos tenido ahí para mirarlo de reojo sin concederle demasiada importancia.

De la importancia que le damos al futuro nacen diversos estilos de gobernanza (colectivos e individuales).

Estilos reactivos (de oposición a los cambios del futuro), defensivos (de protección de las consecuencias del futuro), reformistas (adaptación parcial al futuro), aperturistas-disruptivos (abrazar el cambio y cambiar con el cambio).

Con demasiada frecuencia observamos gobiernos reactivos, sindicatos reactivos, empresas y patronales reactivas, personas reactivas…; y en menor medida posturas reformistas y aperturistas.

Cuando hay la certeza de un cambio, y la única certeza que tenemos hoy es el cambio mismo, siempre hay actitudes reactivas y defensivas, ya lo vimos en los albores de la industrialización con el movimiento ludita, donde los propios obreros de las fábricas pretendían destruir las máquinas que a la postre eran la liberación del humillante trabajo físico al que estaban sometidos. También lo vemos hoy en algunas comunidades como los menonitas que reaccionan ante toda forma de vida moderna y su ideal es vivir como en el siglo XVI. Desde mi punto de vista, cualquier persona y comunidad tienen derecho a ejercer su libre albedrío sin molestar al resto, como lo hacen algunas tribus que disfrutan viviendo en el Paleolítico (yanomamis). Ese no es el problema, el problema es que en los órganos de gobierno de nuestras instituciones y organizaciones hay muchos luditas y menonitas sin saberlo. También  entre los ciudadanos de a pie. Estamos ante un gran problema de concepción del mundo y del tiempo histórico, un problema metafísico que arrastramos desde hace 2500 años cuando fundamos nuestra civilización en la creencia de la existencia de un ser eterno e inmutable, generando una predisposición de oposición al cambio para vivir atrincherados en el cubil ponzoñoso de nuestra zona de confort.

A Parménides, Sócrates, Platón, Aristóteles, y la larga tradición de pensamiento  que iniciaron y llega reforzada a nuestros días, les debemos mucho, sin duda, pero en este punto nos hicieron mucho daño, pues sentaron las bases de una actitud reactiva y defensiva ante el cambio que impregna todas las esferas de la vida, nuestra forma de pensar, de interpretar el mundo, de dirigirnos y gobernarnos. Necesitamos una mirada nueva de la filosofía que ponga más acento en el devenir que en el ser, pues asistimos a una aceleración enloquecida de los acontecimientos que pone en crisis las bases mismas del entendimiento del ser en el mundo.

Avanzando más en el tiempo, nuestras formas de gobernanza aún tienen reminiscencias medievales, enmarcándose en la institucionalidad que generó la Revolución Industrial y sus formas de administración (política, burocrática, organizacional, empresarial). Podemos decir que las instituciones y organizaciones de todo tipo (gubernamentales, sindicales, económicas, sociales) se mueven por inercias, y en su seno pervive un espíritu de resistencia numantina al cambio (quienes tienen poder para abrir las compuertas del cambio son los que gozan de los viejos privilegios).

Una reivindicación de la política.

En estos momentos realizo una defensa de la política como instrumento para organizar la cosa y el espacio público, en un contexto de extraordinaria complejidad que exige que haya personas ocupadas a tiempo completo en anticipar y allanar el terreno mediante el diseño de políticas públicas para enfrentar los grandes desafíos que tenemos en el horizonte. La  necesidad de una bicefalia en las áreas de gobierno donde una persona adquiere la responsabilidad de gestionar el presente y otra de manera coordinada de preparar el futuro, pues esta última faceta está completamente coja. Bastaría con una nueva disposición legislativa y de organización con un presidente/a encargado/a de diseñar y aplicar las políticas y un vicepresidente/a de gestionar los recursos y el día a día, y así en el resto de áreas de gobierno (ministerios/consejerías/concejalías). Los primeros deberían tener un perfil en materia de liderazgo y dirección, y los segundos en gerencia y gestión. Este nuevo organigrama funcional podría resolverse también con la creación de pequeños comités de dirección encargados de diseñar las políticas y programas.

Nuestros gobiernos supranacionales, nacionales, regionales y locales no sólo necesitan buenos administradores (ese es un valor se les supone de antemano para gestionar el presente), sino creadores de horizontes para dirigir la mirada y acción global hacia nuevos logros colectivos.

a gobernanza no sólo es cuestión de instituciones y gobiernos, de la misma manera se aplica al plano individual, al cómo me dirijo a mí mismo, no sólo en la gestión de mis recursos sino en la creación de una visión y misión de futuro. Para ello necesitamos aprender a ser, a hacer, a prender y a convivir de otra manera. A crear equipos y relaciones, a planificar de manera flexible, a gestionar y orquestar emociones y estados de ánimo, a ser impecables, a hacer nuevas ofertas, a declarar nuevos futuros… A innovar, a emprender, a liderar…

La gobernanza se rige por un patrón global que afecta a todos los planos de la sociedad (países, regiones, ciudades, organizaciones, familias, individuos), un sistema heredado de estados-nación, de regionalismos y localismos, del individualismo a ultranza que nos sirvió hace décadas pero que hoy está a punto de saltar por los aires.

Y en esta tarea todos tenemos responsabilidad porque el presidente/a necesita ayuda, el ministro/a necesita ayuda, el rector/a necesita ayuda…; y tú como yo en la medida de nuestras responsabilidades y posibilidades tenemos que prestarla en lugar de enrocarnos en la crítica fácil. Pero ellos también tienen que aprender a escuchar y a fluir con el nuevo signo de los tiempos, abandonar sus trincheras reactivas-defensivas y enarbolar la bandera del futuro, emocionándonos, convocándonos y movilizándonos en esa tarea en lugar de alentar los sentimientos de las identidades (el pasado).

Como gobiernos, instituciones, organizaciones y personas individuales; hemos de velar por cumplir nuestros fines fundacionales, si no es así, estamos conminados a refundarnos (reinventarnos, reformarnos, resetearnos) para fluir con el cambio so pena de producir muchos efectos traumáticos y sufrimiento.

Demos la bienvenida a una nueva forma de hacer política.

Adelante!!!

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 * Imagen extraída de la web de El País

2 pensamientos en “El futuro ya no es lo que era (Mafalda). Necesitamos una nueva gobernanza.

  1. Ricardo

    Muy buena apreciación, es como decir que aquellos que se aferran al presente y su condicion con él ignoran la marcha del tiempo la proliferación del conocimiento cada día y se aferran al presente en sus puestos de trabajo obstucalizando el desarrollo social y cultural simplemente por su falta de visión para obtener una mejor preparación mediante el estudio y así lograr mayores niveles de desempeño en sus cargos, son éstas(os) los que no permiten una mayor eficiencia en los diferentes puestos de trabajo cortando iniciativas o apropiandose de las de otros.

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