
Hay lugares donde uno llega y, sin saber muy bien por qué, queda atrapado por su magia. Sitios donde el saludo no es un mero gesto de cortesía y el “¿cómo estás?” no suena a impostado, sino a preocupación verdadera. Allí, la vida se convierte en una experiencia amable. No porque sobren infraestructuras ni porque exista una promesa inmediata de prosperidad, sino porque hay algo más raro y más decisivo: una comunidad que acoge y abraza, una red humana que te reconoce y te hace sitio.
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