Nostálgicos, ricos, jóvenes, agraviados, resentidos y despistados

RESUMEN DEL ARTÍCULO
La ultraderecha y el fascismo hacen algo extraordinario, son capaces de reunir a 6 grupos sociales contrapuestos: 1) nostálgicos del poder perdido; 2) ricos sin alma que quieren más; 3) jóvenes que buscan romper con lo establecido; 4) agraviados que reclaman respuestas; 5) resentidos que anteponen la revancha; y 6) despistados que siguen al rebaño. Sus intereses chocan, pero su efectiva estrategia los une en un sólido bloque.
Ese avance también interpela a los partidos tradicionales. Cuando anteponen el sillón a los ciudadanos, cierran puertas al mérito y confunden gobernar con perpetuarse, alimentan aquello que dicen combatir. Nadie recuperará la confianza cuando se dice una cosa y se hace la contraria
La historia nos advierte sobre los salvadores sin historia, como Trump o Milei que llegaron con la promesa de salvaguardar los intereses de las clases medias y trabajadoras y están arruinándolas.
Adelante!!!
ARTÍCULO COMPLETO
¿Cómo pueden confluir bajo una misma bandera personas cuyos intereses son tan diferentes, incluso contradictorios? Para comprender la fuerza social de la ultraderecha en el mundo propongo una segmentación de sus bases deliberadamente esquemática.
Segmentación sociológica para entender el fenómeno
1) Nostálgicos (clases sociales dominantes en el pasado venidas a menos): quieren recuperar su posición social y su poder. 2) Ricos sin alma: apuestan por unas reglas de juego para ser más ricos todavía. 3) Jóvenes: su rebeldía natural les lleva contra el statu quo y lo conocido. 4) Agraviados: ciudadanos esforzados a los que el sistema no ha dado solución a sus demandas legítimas. 5) Resentidos: vagos, fracasados, crápulas y envidiosos que han visto cómo otras personas de su entorno prosperaron y buscan un salvador que les iguale por arriba; pero también personas que han visto o sufrido las prácticas mafiosas de los partidos tradicionales y cuyo deseo de revancha y vendetta termina imponiéndose a cualquier otra consideración. 6) Despistados: multitud con pocos conocimientos y memoria política que se deja llevar por la inercia del rebaño.
Intereses y motivaciones contradictorias
Los terceros, es natural que estén tentados por lo nuevo y disruptivo y apuesten por lo antisistema. Los primeros, es lógico que sientan la nostalgia del estatus perdido y quieran recuperarlo por la vía más fácil y sin esfuerzo. Los segundos están en su derecho de seguir acumulando riqueza y cuentan con una agenda económica que lo propicia. Los cuartos merecen un trato especial porque, después de afanarse, sus condiciones han empeorado.
Los quintos son los más peligrosos cuando hacen del «cuanto peor, mejor» su horizonte: están dispuestos a quedarse tuertos con tal de que el resto se quede ciego. Los sextos son volubles y están muy expuestos a las modas pasajeras.
Conviene, sin embargo, detenerse en el resentimiento. No siempre nace de la envidia ni de la falta de esfuerzo. También puede incubarse en quien ha visto cómo un partido repartía oportunidades entre los suyos, cerraba puertas al mérito o castigaba la discrepancia. La diferencia entre el agravio y el resentimiento aparece cuando la reparación deja de ser suficiente y el deseo de revancha y vendetta es superior a cualquier otra consideración.
Estrategia de comunicación basada en los principios de la propaganda de Goebbels
La dificultad, porque es imposible, de presentar un programa político racional y estructurado que concilie intereses contrapuestos favorece el recurso a la propaganda. Entran en juego las técnicas de comunicación del nazismo: simplificación y enemigo único, método de contagio, transposición, exageración y desfiguración, vulgarización, orquestación, renovación, verosimilitud, silenciación, transfusión y unanimidad.
De esta manera, las propuestas se sustituyen por mantras y consignas, buscando borrar la historia y la memoria, atacando el conocimiento y la ciencia: el tiempo pasado fue mejor; la culpa de nuestros males la tienen los extranjeros, los diferentes u otros pobres; haciendo más ricos a los ricos ganamos todos…
La operación consiste en desplazar la discusión en los temas contradictorios. Mientras se señala al extranjero, no se explica cómo se financiará la sanidad. Mientras se agita una amenaza, se evita discutir quién pagará menos impuestos y quién perderá prestaciones. Resulta más fácil reunir a ricos y pobres contra un enemigo común que explicarles cómo se repartirán la riqueza y los sacrificios.
Una realidad muy compleja
Las causas que destruyen las democracias y aúpan al poder a la ultraderecha y al fascismo son poliédricas y tienen muchas más aristas que el análisis que acabo de realizar. La simplificación que muestro puede ayudarnos a mirar el problema con perspectiva, siempre que no lo confundamos con una explicación completa.
El avance de la barbarie encuentra terreno fértil cuando el liberalismo y la socialdemocracia no son capaces de responder a los cambios de época. Entonces, la extrema derecha y el fascismo desbordan sus núcleos de apoyo —sectores sociales en declive, nostálgicos de la dictadura, determinados grupos de ricos— y se vuelven transversales, atrayendo a jóvenes, agraviados y resentidos.
En ese momento, la ideología —mirada a la identidad de lo que somos y al proyecto de lo que queremos ser— queda subordinada a los eslóganes que señalan hacia afuera: los inmigrantes, los pobres, los diferentes. La dificultad de conciliar intereses bajo un mismo paraguas se oculta ofreciendo culpables como diana de la ira.
Pero sería una coartada muy simple atribuirlo todo a la habilidad de los propagandistas. En el crecimiento de la extrema derecha también pesan los tremendos errores de los partidos tradicionales: se vuelven sordos ante las demandas ciudadanas, ciegos a los problemas de la calle y refractarios al cambio. Se transforman en estructuras de poder herméticas, concebidas para convertir la política en una forma de vida: primero el sillón; después el partido; finalmente, el país o la comunidad a la que deberían servir.
Cuando esas conductas se practican impunemente a la vista de todos, la democracia pierde credibilidad. Como en el cuento del rey desnudo, los ciudadanos ven en la praxis política lo que las élites de los partidos se empeñan en negar. No basta con advertir del peligro de la ultraderecha mientras se pide silencio y obediencia ante el clientelismo, la arrogancia y la falta de respuestas. Defender las instituciones también exige corregir las prácticas que las desacreditan.
La ultraderecha y el fascismo siempre se recomponen
Los seres humanos somos muy básicos en algunas de nuestras reacciones: nos movemos por las emociones antes que por el razonamiento. Como decía el papa Francisco, la ultraderecha es centrípeta, siempre se recompone. Remachando la advertencia: desconfiad de los salvadores sin pasado.
El siglo XX dejó una advertencia brutal: el nazismo liquidó los sindicatos de los trabajadores a los que decía representar y condujo a la guerra y al exterminio de millones de personas. Mussolini prometió grandeza imperial y arrastró a Italia a la conquista de Etiopía y a la destrucción de su país. Franco instaló un régimen criminal de terror e impunidad después de la Guerra civil en España.
Sin equiparar contextos históricos, Trump volvió para salvar a las clases medias y trabajadoras para terminar empobreciéndolas. En Argentina, la motosierra de Milei ha deteriorado servicios de salud y educación y golpeado a jubilados y personas con discapacidad, mientras la contracción de la economía y el repunte de la pobreza ponen en evidencia sus mentiras. En Paraguay, el colapso de Ueno Bank ha comprometido los ahorros de numerosos ciudadanos y llevado al expresidente Santiago Peña a prisión.
La recomposición de la ultraderecha y el fascismo siempre vuelve bajo la misma fórmula: «nosotros primero». Como si los intereses de pobres, nostálgicos, ricos, agraviados y resentidos fueran automáticamente equiparables. El peligro aparece cuando, para encubrir esa contradicción, se debilitan los derechos, se neutralizan los mecanismos de nivelación social y se persigue a quienes molestan. La sociedad que se decía venir a salvar termina pagando la factura y en la pobreza.
El mundo está embarcado en una peligrosa deriva que puede conducirnos a la barbarie. Es menester que cuidemos la democracia y que los partidos democráticos tengan presente esta segmentación de sensibilidades: que se hagan cargo de la necesidad de cambio y esperanza de los jóvenes, atiendan las justas demandas de los agraviados y presten atención a los despistados, que son multitud.
Los nostálgicos y los amantes de la riqueza sin alma seguirán ahí, agitando el avispero. Para con los resentidos, no tengo una respuesta. Parte de ese resentimiento es fruto de un estado del bienestar que nos hizo creer que todos podríamos vivir plácidamente sin mucho esfuerzo; otra parte nace de la injusticia del sistema para compensar el trabajo y el afán de la gente. A estos últimos, la democracia les debe reparación, limpieza institucional y oportunidades reales.
La tarea pendiente consiste en impedir que el agravio se convierta en odio y que el odio entregue el poder a quienes acabarán agravando el daño. Para ello, los partidos tendrán que empezar por algo elemental: escuchar a la sociedad y ponerla por delante de su propia supervivencia.
Adelante!!!
*Nota: Para profundizar más en el artículo, accede a los siguientes enlaces:
La ultraderecha conecta con el desencanto ofreciendo riqueza, identidad y culpables. Frenarla exige recuperar la esperanza mediante un proyecto colectivo de futuro.
La crisis nace del desfase entre una sociedad transformada y unas instituciones ancladas en el pasado. Defender la democracia exige abrirlas a la ciudadanía y compartir poder.
Cuando los partidos premian la obediencia y expulsan el talento, alimentan la desafección y el resentimiento. Recuperar credibilidad exige reconocer el mérito y aceptar la discrepancia.
Las organizaciones pierden seguidores cuando abandonan las necesidades de su gente. La respuesta al desencanto empieza por escuchar y transformarse, no por culpabilizar al ciudadano.
La política se degrada cuando sustituye la visión de futuro por gestión cortoplacista, nostalgia y consignas antisistema. Necesitamos liderazgos que conviertan el malestar en un proyecto compartido.
