La Inteligencia Artificial ya está cambiando mi cerebro

RESUMEN DEL ARTÍCULO 

Tengo 62 años y he habitado tres mundos: el analógico, el digital y el de la Inteligencia Artificial. Cada uno nos obligó a reorganizar la mente, pero ninguno lo ha hecho con la profundidad del actual.

Durante casi cuatro años he trabajado siete horas diarias con la IA. La utilizo,  junto a mi equipo, para investigar, escribir, desarrollar proyectos, crear agentes y resolver problemas complejos. He comprobado que mi cerebro está cambiando, es plástico, como descubrió Ramón y Cajal, pero también hábil para ahorrar esfuerzo y convertirse en perezoso. Cuando una máquina realiza en minutos tareas que antes exigían semanas, comenzamos a delegar memoria, análisis y razonamiento.

La delegación cognitiva no es necesariamente negativa. El peligro aparece cuando entregamos también el propósito, el criterio y la responsabilidad. La ciencia comienza a ofrecer evidencias de la atrofia cerebral.

La IA puede ser piloto automático o copiloto; apagarnos o expandirnos. Por eso, cada mañana, antes de encender el ordenador, pienso y escribo a mano qué quiero hacer y para qué. Después comienzo a trabajar con la máquina.

La pregunta ya no es qué puede hacer la IA, sino en quién queremos convertirnos con ella. 

Adelante!!!

ARTÍCULO COMPLETO

Tengo 62 años y pertenezco a una generación que ha tenido la fortuna —y el vértigo— de habitar tres mundos. Nacimos en un mundo analógico, hecho de objetos físicos, trabajos manuales, relaciones cara a cara, bibliotecas de libros de papel y barreras para el acceso al conocimiento. Después migramos al mundo digital: Internet, teléfonos móviles, redes sociales, buscadores y acceso instantáneo a la información. Y ahora estamos entrando en un tercer mundo, el de la Inteligencia Artificial, donde las máquinas ya no se limitan a almacenar datos y ofrecernos conocimiento, sino que escriben, conversan, analizan, crean y ejecutan tareas que hasta hace muy poco considerábamos exclusivamente humanas.

Cada uno de esos mundos representa un paradigma diferente. Para habitarlos no nos ha bastado con aprender a utilizar nuevas herramientas: hemos tenido que reorganizar nuestra mente, modificar y abandonar hábitos y prácticas, crear conexiones y modificar nuestra manera de pensar, trabajar y relacionarnos. Me gusta decir que somos una de las generaciones que más ha ejercitado la plasticidad cerebral, aunque la neurociencia nos ha demostrado que los cerebros jóvenes son, biológicamente, más plásticos. Lo singular de nuestra generación no es poseer el cerebro más moldeable, sino haber tenido que reconstruir varias veces sus mapas mentales para adaptarnos a dos cambios tecnológicos extraordinarios. Ahora quiero abrirme en canal y contarte qué está ocurriendo dentro de mí.

Mi experiencia tras el uso intensivo de la IA en los últimos cuatro años

Durante casi cuatro años he trabajado una media de siete horas diarias con sistemas de Inteligencia Artificial. Los utilizo, junto a mi equipo, para investigar, escribir, diseñar estrategias, elaborar proyectos, analizar políticas públicas, crear agentes, automatizar procesos y conversar sobre problemas complejos. Han sido miles de horas de interacción. Un experimento sin laboratorio ni bata blanca en el que el objeto observado soy yo mismo.

No tengo una resonancia magnética de mi cerebro tomada antes y después de comenzar esta experiencia. Por tanto, no puedo afirmar científicamente que la IA haya aumentado o reducido una determinada región cerebral. Tampoco existen todavía estudios suficientemente amplios que permitan describir con precisión cómo cuatro años de uso intensivo de modelos de lenguaje modifican la anatomía de un cerebro adulto. Lo que sí puedo observar son cambios profundos en mis hábitos cognitivos: cómo busco información, cómo organizo una tarea, cuánto tiempo mantengo la atención, qué delego, qué recuerdo, cómo formulo una pregunta y qué hago cuando la respuesta aparece ante mí.

La ciencia distingue entre cambios funcionales —utilizar de otra manera determinadas redes neuronales— y cambios estructurales, como variaciones en la materia gris, la materia blanca o la conectividad cerebral. La experiencia y el aprendizaje pueden producir ambos. Pero aunque percibo que pienso de otra manera no puedo afirmar todavía que una parte concreta de mi cerebro ha cambiado de tamaño, pero tengo la intuición de que esto está pasando.

Para comprender lo que me está ocurriendo recurro a un ejercicio ontológico: me pregunto cuál es la naturaleza del ser humano que conversa y cuál es la naturaleza del ente artificial que responde. Yo soy un organismo biológico, emocional, lingüístico e histórico, vulnerable y consciente de sus propias limitaciones. La IA es un sistema matemático entrenado con enormes cantidades de información para identificar patrones, producir lenguaje y resolver determinadas tareas. La máquina, de momento, no me conoce como una persona conoce a otra. No tiene unos receptores sensoriales como los míos ni un cuerpo ni una biografía desde la que operar. Pero durante una conversación prolongada construye una representación funcional de mis objetivos, preferencias y contexto. Yo, por mi parte, comienzo a interpretar sus capacidades, limitaciones, sesgos y errores. En esa extraña relación, los dos interlocutores no somos iguales. Pero la conversación sostenida en el tiempo nos está transformando a los dos.

La constatación personal de que el cerebro es plástico

En mi vida anterior, mi cerebro había construido una red de senderos neuronales para realizar las tareas cotidianas. Repetir durante años los mismos procesos había convertido muchos de ellos en hábitos automáticos: buscar información, contrastarla, ordenarla, escribir, revisar y tomar decisiones. Esos caminos neuronales no surgieron de la nada. Fueron modelados por los libros, el teléfono, el ordenador, Internet, el correo electrónico y cada una de las tecnologías que fui incorporando a mi vida.

Santiago Ramón y Cajal lo intuyó con una frase que la neurociencia terminaría confirmando: “Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”. La escribió en Reglas y consejos sobre investigación científica. Décadas después, la neuroimagen permitió observar esa escultura. En 2000, Eleanor Maguire y su equipo comprobaron que los taxistas de Londres, obligados a memorizar un laberinto de calles, presentaban diferencias en el hipocampo relacionadas con su experiencia de navegación. En 2004, Bogdan Draganski y sus colaboradores detectaron cambios transitorios en la materia gris de adultos que habían aprendido a hacer malabares.

Y la plasticidad no desaparece con la edad. Una investigación dirigida por Martin Lövdén mostró que un entrenamiento cognitivo intensivo podía modificar indicadores de la materia blanca también en adultos mayores. El cerebro cambia porque vivir es cambiar. Lo que practicamos se fortalece. Lo que dejamos de practicar puede debilitarse. Cada tecnología redistribuye nuestras capacidades: potencia unas, externaliza otras y convierte algunas en prescindibles. La pregunta, por tanto, no es si la Inteligencia Artificial va a modificar nuestra mente. Ya lo está haciendo. La verdadera pregunta es qué capacidades queremos ampliar y cuáles no estamos dispuestos a perder.

La reestructuración cognitiva desde mi percepción personal

Mi primera reacción ante la IA fue de asombro y desasosiego. Los patrones mentales que me habían permitido desenvolverme profesionalmente durante décadas dejaron de servirme. Para elaborar un plan estratégico o una política pública había aprendido a seguir una secuencia: reunir información, verificarla, analizar el contexto, identificar problemas, contrastar fuentes, establecer objetivos, diseñar actuaciones y evaluar resultados. Ese trabajo podía ocupar semanas o meses. De pronto, una máquina era capaz de ejecutar una parte importante de esas tareas en minutos.

Cuando comenzaron a popularizarse los modelos con capacidades avanzadas de razonamiento, vi desplegarse en la pantalla secuencias de análisis que me parecían sobrecogedoras. Mi primera exclamación fue tan espontánea como inquietante: “¡Razona mucho más rápido y mejor que yo!”. Un modelo de lenguaje no razona como un ser humano y lo que muestra en pantalla no es necesariamente una radiografía literal de sus procesos internos. Pero esta precisión conceptual no eliminó el golpe emocional. Frente a mí había una herramienta capaz de recorrer en segundos caminos intelectuales que yo había tardado años en aprender. Y mi cerebro, que es plástico pero también extraordinariamente hábil para ahorrar esfuerzo, comenzó a delegar.

La psicología denomina cognitive offloading o descarga cognitiva al uso del entorno para reducir el trabajo mental: escribimos una nota para no recordar una cita, utilizamos una calculadora o confiamos al GPS la ruta. Los experimentos de Betsy Sparrow, Jenny Liu y Daniel Wegner mostraron que, cuando esperamos encontrar una información en Internet, tendemos a recordar mejor dónde localizarla que la información misma. Otros trabajos de Sam Gilbert han estudiado cómo decidimos descargar nuestras intenciones en recordatorios externos.

Delegar no es necesariamente negativo. La escritura es una forma de memoria externa y nadie propondría abandonarla. El problema surge cuando entregamos a la máquina no solo el almacenamiento o la rutina, sino la formulación del propósito, la construcción del criterio y la responsabilidad sobre el resultado. En mi caso, la reorganización no estuvo exenta de confusión. Experimenté bloqueos, ansiedad y la sensación de que algunas de mis antiguas destrezas perdían valor. Era como si hubieran construido una autopista sobre los caminos que yo había recorrido durante toda mi vida. Podía avanzar mucho más rápido, pero antes tenía que aprender a conducir de nuevo.

Lo que la ciencia sabe y lo que todavía debe demostrar

La investigación sobre los efectos cognitivos de la IA generativa está comenzando. En 2025, un equipo del MIT Media Lab dirigido por Nataliya Kosmyna comparó la actividad cerebral de personas que escribían ensayos sin herramientas, con buscadores o con ayuda de un modelo de lenguaje. Los participantes que utilizaron el LLM mostraron, en aquella tarea, una conectividad cerebral más débil y más dificultades para recordar y reconocer como propio lo que habían escrito.

Por tanto, este trabajo no demuestra que ChatGPT atrofie el cerebro. Sí enciende una alarma razonable: cuando la máquina realiza la mayor parte del esfuerzo, nuestra implicación cognitiva puede disminuir. Una investigación presentada en la conferencia CHI de 2025, basada en 319 profesionales, encontró que una mayor confianza en la IA se asociaba con una menor percepción de esfuerzo crítico. Al mismo tiempo, otros experimentos muestran la cara opuesta: la IA pueden mejorar la creatividad individual, especialmente en quienes partían de niveles más bajos, aunque también puede homogeneizar los resultados colectivos.

La conclusión no puede ser más clara: la IA no nos hace automáticamente más inteligentes ni más torpes. Amplifica el modo en que decidimos utilizarla. Puede ser un copiloto que nos obliga a pensar mejor o un piloto automático que nos convierte en pasajeros. Puede ayudarnos a explorar posibilidades o acostumbrarnos a aceptar la primera respuesta. Puede expandir nuestra creatividad o encerrarnos en el promedio estadístico de todo lo que ya se ha dicho. El código importa, pero también importa nuestra disciplina mental.

Cambio de paradigma

Aquel desasosiego inicial me ayudó a comprender que no estaba ante una herramienta nueva, sino ante un nuevo paradigma. Thomas Kuhn explicó en La estructura de las revoluciones científicas que un paradigma entra en crisis cuando su marco ya no permite responder satisfactoriamente a las nuevas preguntas. Entonces no basta con mejorar las respuestas: es necesario cambiar el mapa desde el que preguntamos.

Eso es exactamente lo que está ocurriendo. La cuestión ya no es cómo hacer más deprisa lo que hacíamos antes. Es qué podemos hacer ahora que antes resultaba imposible. No se trata de pedir a la IA que perfeccione nuestras viejas tareas, sino de utilizarla para formular preguntas nuevas, diseñar organizaciones diferentes y crear formas inéditas de valor. Todo cambio de paradigma desencadena, además, un proceso de destrucción creativa, en el sentido formulado por Joseph Schumpeter. Desaparecen tareas, profesiones y empresas, mientras nacen otras actividades que todavía no sabemos nombrar. Ahí veo el peligro, pero también la oportunidad.

He llamado a este movimiento la Gran Migración hacia la Inteligencia Artificial. Como las manadas que cruzan el río Mara, millones de personas y organizaciones abandonan un ecosistema cuyos pastos comienzan a agotarse. Algunos se paralizarán en la orilla. Otros se arrojarán al agua sin preparación. Y otros aprenderán a leer la corriente, construir puentes y cruzar con inteligencia. La pregunta ya no es si vamos a migrar. La pregunta es cómo lo haremos y qué parte de nosotros queremos conservar durante la travesía.

Liberación de tiempo y modificación del horizonte de lo posible

La IA libera tiempo, pero el tiempo liberado no se convierte automáticamente en libertad. Podemos emplearlo en pensar mejor o llenarlo con más tareas. Podemos utilizarlo para crear o permitir que la productividad nos encadene a una cinta transportadora todavía más rápida. Cuando la IA reduce de meses a días la elaboración de un proyecto, aparece ante nosotros un territorio nuevo: tiempo para formular preguntas, contrastar alternativas, conversar con otras personas, imaginar escenarios y perseguir posibilidades que antes descartábamos por falta de recursos.

Ahí aparece la lámpara de Aladino. Todos guardamos algún sueño en el cajón de las fantasías imposibles: escribir un libro, crear una empresa, investigar un problema, diseñar un producto, componer música o poner en marcha un proyecto social. Muchas de esas aspiraciones exigían antes un capital, unos conocimientos o una infraestructura fuera de nuestro alcance.

La IA no nos regala el edificio de un hotel ni instala la cocina de un restaurante. Pero puede proporcionarnos gratuitamente una parte considerable de la infraestructura invisible: investigación, planificación, diseño, traducción, comunicación, programación, simulación y apoyo administrativo. Es como disponer de un equipo intelectual que trabaja a nuestro lado y multiplica nuestra capacidad de actuar. Sin embargo, la lámpara no interpreta por sí sola nuestros deseos. Tenemos que aprender a pedir.

No hablo de memorizar manuales de prompts. Hablo de recuperar el arte de conversar que Sócrates convirtió en método: la mayéutica. Formular una pregunta, profundizar, contrastar, descubrir contradicciones y volver a preguntar hasta alumbrar una posibilidad que al principio no veíamos. Y junto a la mayéutica necesitamos la hermenéutica: el arte de interpretar. Debemos aprender a leer las respuestas de la IA, identificar sus supuestos, descubrir sus errores, verificar sus afirmaciones y ponerlas en relación con nuestro contexto y nuestros valores.

Conversar con una IA no es pulsar un botón. Es construir progresivamente un espacio de conocimiento compartido en el que la persona aporta propósito, experiencia, criterio y responsabilidad, mientras la máquina aporta velocidad, memoria operativa y capacidad de combinación. Cuando esa relación funciona, cambia nuestro estado de ánimo. El miedo da paso a la curiosidad; la curiosidad, a la confianza; la confianza, a la inspiración. Llega el momento ¡wow!: el instante en el que comprendemos que podemos hacer algo que hasta ayer parecía fuera de nuestro alcance.

Para la adaptación cognitiva a la IA siguen siendo válidos los principios de Piaget

Jean Piaget entendió la inteligencia como un proceso de adaptación. En The Origins of Intelligence in Children explicó dos movimientos complementarios: asimilamos lo nuevo cuando logramos incorporarlo a nuestros esquemas existentes y nos acomodamos cuando tenemos que modificar esos esquemas porque ya no sirven. El proceso comienza con un conflicto cognitivo. Algo no encaja. El viejo mapa deja de explicar el territorio. Entonces intentamos asimilar la novedad y, cuando no es suficiente, cambiamos nosotros.

Eso es exactamente lo que he vivido con la IA. Primero intenté utilizarla para hacer lo mismo de siempre. Después comprendí que debía modificar mis procesos de trabajo. Finalmente, empecé a cambiar mi identidad profesional, mi forma de aprender y mi manera de imaginar el futuro. La adaptación no consiste en aceptar pasivamente la tecnología. Consiste en reorganizarnos sin renunciar a dirigir el proceso. La acomodación no debe convertirse en sometimiento.

Mens et Manus

Mens et Manus —mente y mano— es el lema del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Para el MIT simboliza la fusión del conocimiento con el propósito práctico. Para mí también es una defensa frente al riesgo de delegarlo todo.

Cada mañana, antes de encender el ordenador, dedico unos minutos a enfrentarme a una hoja en blanco con un lapicero. Escribo qué quiero hacer, por qué quiero hacerlo y qué resultados espero alcanzar durante la jornada. Ese gesto aparentemente antiguo pone en funcionamiento la mano, la atención, la memoria, la imaginación y el sentido. En ese momento no permito que la IA formule mi propósito.

Primero pienso. Después converso con la máquina. Finalmente, regreso al papel para comprobar si el resultado sigue conectado con aquello que quería conseguir. La IA puede ayudarme a recopilar datos, ordenar información, comparar alternativas, corregir un texto o construir escenarios. Pero hay funciones que me niego a delegar: decidir qué merece la pena, establecer el propósito, conferir sentido, ejercer el criterio y asumir la responsabilidad. Este es mi método para evitar que la descarga cognitiva se convierta en apagón neuronal: delegar las tareas que consumen tiempo sin entregar las capacidades que me permiten seguir siendo timonel de mi vida.

La IA va a transformarnos, pero nosotros debemos decidir en qué

La Inteligencia Artificial, como todas las tecnologías poderosas, va a transformar nuestra manera de pensar y, probablemente, aspectos funcionales y estructurales de nuestro cerebro. La plasticidad no distingue entre progreso y retroceso: refuerza aquello que practicamos. Si ejercitamos la curiosidad, el pensamiento crítico, la imaginación y la conversación profunda, la IA puede expandirnos. Si practicamos la obediencia, la prisa, el copiar y pegar y la aceptación automática de respuestas, también aprenderemos eso.

La batalla decisiva no se libra entre seres humanos y máquinas, sino dentro de cada uno de nosotros: entre la comodidad de delegar y la voluntad de crecer. Después de cuatro años de uso intensivo, no siento que la IA me haya sustituido. Siento que me está obligando a reconstruirme, reinventarme y refundarme. Algunas de mis antiguas capacidades han perdido protagonismo; otras se han vuelto más importantes que nunca. Ahora necesito recordar menos datos, pero debo formular mejores preguntas. Puedo producir más rápido, pero tengo que juzgar con mayor rigor. Dispongo de más respuestas, pero necesito mucho más criterio para elegir entre ellas.

Y, por encima de todo, debo volver cada día a las preguntas esenciales: ¿Quién soy ahora? ¿En quién quiero convertirme? ¿Qué puedo ofrecer a los demás?

Hemos entrado en una era sin retorno. En ella, la capacidad de hacernos preguntas valiosas será más importante que memorizar respuestas enlatadas. Tendremos que convertirnos en nuevos seres para habitar un mundo nuevo, sin dejar que la tecnología nos robe aquello que nos hace humanos. Somos la primera generación que tiene al alcance de la mano una herramienta capaz de ayudarnos a materializar muchos de los sueños que nuestros antepasados tuvieron que abandonar. Pero la lámpara no funciona sola. Hay que frotarla con inteligencia, propósito, disciplina y coraje. A mí ya me ha cambiado, no soy la misma persona.

Adelante!!!

*Nota. Para profundizar más en el artículo, accede a los siguientes enlaces:

Las dos disciplinas clave para dominar la inteligencia artificial

Preguntar bien e interpretar críticamente las respuestas convierte la IA en una herramienta de expansión mental, no en un sustituto del pensamiento.


Los procesos de adopción de la inteligencia artificial y las emociones que nos provoca

La adopción de la IA también es emocional: exige superar el miedo y avanzar hacia la curiosidad, la confianza y el aprendizaje.


La Gran Migración a la inteligencia artificial

La Gran Migración también sucede en nuestro cerebro, obligado a abandonar antiguos patrones y construir otros adecuados al nuevo paradigma.


La lámpara de Aladino: para cumplir tus sueños

La IA amplía lo posible, pero solo genera verdadero valor cuando ponemos su poder al servicio de un propósito.


Cerebro en modo avión y apagón neuronal

Delegar sin criterio puede debilitar nuestras capacidades; utilizar activamente la IA puede fortalecerlas y ampliar nuestro potencial.


Cómo evolucionará la IA generativa: plagiando el lenguaje humano

Al conversar con la IA mediante el lenguaje, también transformamos nuestra manera de pensar, interpretar y crear.


El nuevo ascensor social de la inteligencia artificial

La IA potencia a quienes piensan críticamente, pero puede debilitar a quienes renuncian a su propio criterio.


La gran destrucción creativa de la inteligencia artificial

La destrucción creativa también ocurre en nuestra mente: desaparecen rutinas cognitivas y nacen nuevas formas de pensar y trabajar.


La ola que viene

La verdadera barrera ante la nueva ola tecnológica no es la edad, sino la rigidez mental y la resistencia a aprender.

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