El futuro no es lo que era, el pasado no ocurrió de la forma que nos contaron y el presente no es como creemos.

La deformación que tenemos de la imagen del mundo y del transcurrir del tiempo histórico y los acontecimientos es tan grande que condiciona nuestra capacidad para tomar decisiones y conferir cursos de acción a nuestras vidas. Necesitamos una interpretación fundada del pasado y el presente para dirigirnos con buen tino al futuro, que nos ayude a encontrar respuestas a preguntas como, qué es el ser humano, qué puedo hacer, qué puedo esperar, cómo debo comportarme, qué puedo aprender, en quién me puedo convertir, qué puedo ofrecer a los demás. Sin una visión en conjunto y de perspectiva del discurrir del tiempo y sus patrones no podemos desarrollar un espíritu crítico, observar las tendencias, plantear escenarios plausibles, tomar decisiones fundadas o emprender y liderar acciones con criterio.

La enseñanza de la historia responde a los intereses del poder reinante y su perpetuación.

Nuestro conocimiento de la historia es muy limitado y sesgado. La poca historia que nos enseñan en las escuelas del mundo es de muy baja calidad y no deja de ser una interpretación interesada por parte del poder o la ideología dominante, un relato manipulado (burdo o sutil) que responde a planteamientos nacionalistas, económicos o religiosos de una clase dominante.

En muchos lugares del mundo, desde el adoctrinamiento de los libros de texto, nos convertimos en seres sectarios e irreflexivos para encajar en un orden social y económico que perpetúa el establishment, frenando nuestra creatividad, desarrollo del talento y potencial para transformar la realidad.

Así aprendemos historias locales y nacionales y vidas idealizadas de héroes y santos, que nos crean la ficción de pertenecer a un grupo privilegiado y formar parte de una misión universal o divina. Desde estos constructos fantasiosos, acabamos creyéndonos seres especiales para encajar a la perfección en estructuras nacionalistas y sectarias, cayendo directamente en la arrogancia de creernos superiores a las personas de otras creencias, lugares y culturas. Y esto nos impide mirar al otro como diferente, valioso y respetable, perdiéndonos la posibilidad de trabajar juntos desde la diferencia.

La historia y su manipulación es la herramienta más poderosa para perpetuar el statu quo, convirtiendo en proscrito, canalla y traidor al que osa contradecir el relato oficial de la élite dominante en ese tiempo.

Los vencedores, lo primero que hacen es cambiar los libros de historia, modificando la categoría de los héroes y los tiranos, y estableciendo nuevas etiquetas para lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo moderno y lo cutre, lo moral e inmoral. Así, la historia se convierte en un relato manipulado, un acto aberrante de aculturación y aborregamiento colectivo que embota el pensamiento crítico y genera sociedades sumisas y maleables.

El estudio de la historia, que debería ser un ejercicio apasionante para descubrir los hechos pretéritos, aprender los errores cometidos y ayudarnos a tomar mejores decisiones, se convierte en una disciplina insufrible, un ejercicio memorístico de personajes, fechas y datos aliñados con anécdotas, hechos patrios, hagiografías y condenas al ostracismo de los disidentes con el discurso oficial.

Por eso, el pasado no ocurrió como nos lo contaron, privándonos de la perspectiva necesaria para poder habitar satisfactoriamente el presente y diseñar con trazo firme el futuro. Las élites vencedoras en cada país inventan su propia historia para servir a sus propios intereses, sometiéndonos a un estado de imbecilidad y minoría de edad que nos impide ver el mundo desde la perspectiva global y sus interrelaciones, perdiéndonos la riqueza que nos podrían aportar los demás desde sus cosmovisiones y puntos de vista diferentes.

En Europa, por ejemplo, víctimas de la manipulación de la historia, hemos ido por el mundo de arrogantes, creyéndonos el centro de gravedad del universo, sin darnos cuenta del valor intrínseco de otras civilizaciones tan antiguas, valiosas y complejas como la nuestra, perdiéndonos la oportunidad de trabajar juntos y colaborar en torno a un propósito compartido.

Sin una visión clara y en perspectiva del fluir del tiempo pasado que incluya las bases del pensamiento, las manifestaciones culturales, los cambios históricos y sus procesos, la observación de cómo las costumbres se convierten en normas morales y leyes, o cómo se gestan y enquistan  los conflictos; no podemos encarar con garantías el presente y menos diseñar el futuro con sentido y propósito.

El presente no es como nos cuentan.

Desde la manipulación de los hechos pasados es muy fácil deformar el presente de manera interesada para manejar nuestras voluntades, condicionar nuestros pensamientos y dirigir nuestros actos.

Cuando uno vive dentro de una historia oficial, es incapaz de tener una visión en perspectiva de lo que esta ocurriendo en el presente, convirtiéndonos personas manipulables y carentes de juicio crítico. 

Los medios de comunicación tradicionales, internet y las redes sociales, en lugar de proporcionarnos una ventana desde donde asomarnos a la realidad del presente y gozar de una mirada en perspectiva, contribuyen a la polarización y el maniqueísmo, escorándonos y reforzándonos en nuestras creencias limitantes e impidiéndonos ver el mundo en su conjunto y con su riqueza de matices.

Cuando el relato del pasado ya nos lo han instalado en la mente, pasamos a pensar en modo automático, escuchando solo lo que encaja con ese cuento. Al final, nuestra mirada queda reducida a un relato acrítico, parcial y simplista donde solo aceptamos lo que nos refuerza y rechazamos el resto. 

Aunque hemos pasado de los medios de masas a una masa de medios, como afirma Urbano García, nuestra sociedad está más desinformada y polarizada que nunca, visibilizándose en la proliferación de las fake news, que por otro lado había existido siempre, pero que no era tan patente y visible.

Visto esto, no debería causarnos extrañeza que un porcentaje significativo de la población se declare terraplanista, supremacista, antivacunas, negacionista del holocausto o del cambio climático. 

El futuro se construye en torno a relatos que dan sentido a la vida de la gente.

Sin una visión holística del pasado y el presente, no tenemos ninguna opción de ser actores en la construcción del futuro, un papel que por lo general se apropian los que nos escriben la historia, que son los mismos que nos manipulan el presente. Y cuando no somos conscientes de esto, estamos condenados a vivir y trabajar para hacer realidad los sueños de otros, en lugar de ser artífices y protagonistas de nuestra propia vida.

El poder más grande del ser humano reside en su capacidad para crear futuro, una tarea que debería ser indelegable, pues constituye la fuente principal de producción de valor personal y colectivo. Cualquier persona, trabajando con otras, se puede convertir en una agente de transformación, una creadora de futuro, un demiurgo.

Los poderes dominantes, en lugar de promover la faceta transformadora del individuo, que se impulsa desde una educación que cultiva la creatividad, la innovación, el talento, el emprendimiento y el liderazgo, hacen lo contrario, limitando estas funciones y cercenando su potencial.

La función más elevada que puede ejercer un ser humano es construir un relato poderoso del futuro que dé sentido a la vida de la gente, una capacidad que da poder personal si se construye desde una interpretación bien fundada del pasado y el presente, capaz de dibujar las tendencias desde las derivas sociales y el conocimiento de las fronteras de la ciencia y la tecnología.

Aunque el futuro no lo podemos adivinar, sí podemos construir un relato seductor y plausible de cómo sucederá para estimular a los otros a que lo hagan realidad, ahí reside el poder ontológico del lenguaje y la fuerza profética del relato. 

Si quieres convertirte en un agente del cambio, estudia historia de otra manera, pon las luces largas de la mente, mira al mundo en perspectiva, analiza el presente desde todas sus aristas. Y sobre todo, proyecta el futuro, asomándote a las fronteras del conocimiento, analizando tendencias y trazando tus propios cursos de acción.

El ser humano es relatodependiente y gregario, para conferir sentido a su vida necesita una historia de quién es y de dónde viene, y un cuento con sentido de adónde se dirige. Las élites que detentan el poder lo conocen, y por eso se esfuerzan en que no desarrollemos nuestra propia interpretación del pasado y elpresente, sirviéndonos en bandeja a la vez su visión del futuro para que la hagamos realidad por ellas y para ellas. 

Y todo esto no es una mirada conspiranoica de la realidad, son los mecanismos básicos de poder y dominación que funcionan en la organización humana, cuyo conocimiento es esencial para convertirnos en agentes de cambio y transformación del mundo.

Adelante!!!

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Un comentario en “El futuro no es lo que era, el pasado no ocurrió de la forma que nos contaron y el presente no es como creemos.

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