El coronavirus está poniendo en evidencia al sistema educativo.

La Educación está en crisis. 

La COVID-19 ha desafiado al sistema educativo dejando entrever la fragilidad del mismo. 

Una vez más, el sistema educativo español golpea y hace pagar a los estudiantes sus fallos y errores estructurales, su incapacidad y su completa incompetencia. 

La educación virtual está mal diseñada y no es eficaz, no está preparada para sustituir a las clases de carácter presencial, pudiendo calificarse de ineficaz, insuficiente, caótica, inútil, inepta e inadaptada -al menos en la mayoría de nuestras universidades públicas-.

El problema de fondo es que vivimos en un mundo digital caracterizado por la tecnología y la dimensión virtual en todas las facetas de la vida. Pero, al mismo tiempo, convivimos con un sistema educativo analógico que apenas ha evolucionado en los últimos siglos. Los estudiantes somos personas digitales que estamos en una institución analógica, regida por autoridades y docentes con mentes analógicas.

Una emergencia como el coronavirus, ha sacado a relucir todas las miserias del sistema y ha puesto de manifiesto que no tenemos un plan B para aprender de manera virtual. Y el problema no es de herramientas y tecnologías -plataformas de formación, herramientas para comunicación síncrona y asíncrona…-, pues toda la tecnología necesaria para aprender ya está inventada y la usamos cada día.

El problema es que nuestro modelo educativo basado en el profesor que ofrece contenidos al estudiante para que este los memorice y repita en un examen, está agotado. Y cuando se cierran las aulas, el profesor reproduce este patrón a través de la formación on-line, eso sí, incrementando los pedidos y la carga de trabajo al estudiante, como parapeto de la incompetencia.

Y es que la utilización de la tecnología en la educación no consiste en que el profesor utilice un video-proyector en clase para leer diapositivas. Eso es lo mismo que dictar una clase magistral. Cuando esto se proyecta en la formación on-line, no es otra cosa que reproducir los viejos y obsoletos patrones de la educación a través de Internet.

Los estudiantes nos sentimos indefensos ante la ausencia de profesores que nos guíen y nos inspiren en nuestro aprendizaje, una carencia que se agudiza cuando las clases desaparecen.

Al final, todo esto va a condicionar mi cuatrimestre. De esto y de unos exámenes finales indeterminados en fecha y en contenidos. A la orden del día se encuentran las discusiones sobre a dónde trasladar los exámenes finales presenciales, -como si esta fuese la cuestión más relevante en educación, unos exámenes finales- aunque esto suponga arrebatar a los estudiantes su período vacacional.

El período de cuarentena no está siendo un descanso para nadie. La situación está siendo compleja para todos. Nadie sabe qué tiene hacer y la incertidumbre nos desborda.

Las facultades, los rectorados y la acción docente no pueden ampararse en la libertad de cátedra como patente de corso, pues pone en evidencia la incompetencia de una educación incapaz de dar respuestas en los momentos de crisis. Las instituciones, desbordadas completamente por la situación, están jugando con el futuro, el equilibrio emocional y la salud mental de los estudiantes.

Para mí, la situación no está siendo tan crítica, hay estudiantes que están en situaciones mucho peores. Por suerte tengo todas mis necesidades básicas cubiertas, ningún miembro de mi familia se encuentra enfermo, tengo un ordenador con el que puedo acceder todos los días al campus virtual y mi salud mental se mantiene estable.

Pero, ¿Qué sucede en aquellas casas en las que no entra ni un euro al día? ¿Qué ocurre con aquellos que antes de la pandemia ya sufrían económicamente? ¿O con aquellos que no tienen los recursos económicos necesarios para cubrir decentemente sus necesidades fisiológicas? ¿O en aquellas casas donde hay familiares muy enfermos? ¿Qué sucede con aquellos que tiene que elegir entre el acceso a internet o comer? ¿O con los que viven en lugares donde apenas hay cobertura? ¿Qué pasa con los que no tienen un dispositivo electrónico para poder acceder a la enseñanza virtual? Y como estos, infinidad de casos.

Siento decirlo, pero vuestros exámenes finales no son ni la última de las prioridades en una situación como esta. Una vez más, la enseñanza demuestra que el aprendizaje no importa, no es el objetivo.

El sistema basado en otorgar una nota al alumno en función de la memorización de unos contenidos que se “escupen” en un examen final, donde el estudiante es sometido a una tensión que pone a prueba su seguridad y su propia salud, está quebrado. Esto no aguanta más tiempo en pie y mucho menos ante una situación como esta.

No tenía que irrumpir una pandemia para poner en evidencia estos errores, porque todos los estudiantes los llevábamos sufriendo en nuestras carnes desde hace tiempo -aunque la situación que vivimos haya agravado aún más la frustración-.

Incluso ante esta situación, la resistencia al cambio continúa intacta por autoridades y docentes, perseverando en una incompetencia que amenaza a toda una generación de jóvenes “atrapados” en las universidades. Estamos en riesgo de ser personas nulas a la hora de desenvolvernos en un mundo digital.

Hay algo más que me gustaría comentar:

OS NEGÁIS AL APROBADO GENERAL 

Creo que es innegable que el aprobado general es una medida injusta.

Principalmente nos colocamos en esta posición cuando nos encontramos en la situación que antes expresé -todas mis necesidades básicas están cubiertas, tengo los recursos necesarios para continuar con la “enseñanza virtual”, la situación familiar y en el hogar es buena…-. Pero de nuevo, nuestra “agradable” situación nos arrebata la poca humanidad y solidaridad que nos quedaba, olvidando a los que no se encuentran en las mismas condiciones que nosotros.

Entiendo a todas aquellas personas que querían destacar con sus notas y que nunca se conformarían con un simple aprobado. Incluso puedo llegar a entender la rabia que sienten los que trabajan y consideran injusto tener las mismas “calificaciones” que aquellos que merecen un insuficiente.

Si algo me han enseñado las pocas clases que he recibido este cuatrimestre de Filosofía Política es que, la política y los valores dependen y cambian en función del contexto. Y el contexto es crítico.

Cuando la situación es desesperada hay que tomar medidas drásticas, que eviten males mayores. Eso sí, procurando velar por la máxima consecución del “bien común”.

Necesitamos que las autoridades educativas tomen sus decisiones en base a un criterio humanístico y psicológico.

¡El virus nos está aniquilando, no lo hagáis vosotros también!

Tengo la esperanza de que las lecciones que nos deje la COVID-19, inicien un camino para una transformación en profundidad de nuestro sistema educativo. El que tenemos no aguanta ni un día más.

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